La historia sigue a Anna, una joven cuya vida ha sido planificada como una transacción comercial por su madre, una mujer ambiciosa que ve en el matrimonio de su hija la salvación de su estatus. Anna, buscando un último respiro de rebeldía, se entrega a una noche de pasión con Sebastián, un extraño de mirada peligrosa y reputación cuestionable.
El conflicto estalla cuando Anna descubre que el "desconocido" de esa noche no solo es el hermano de su futuro marido, sino el hombre que habitará bajo su mismo techo.
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Una noche
Esa noche volví a casa estaba cansada Pero contenta.
- Buenas noches mi señora su baño está listo, gusta algo en especial para cenar.— pregunto Rocío.
— Solo un poco de fruta y me gustaría saber el menú que se les da a los jornaleros.— dije subiendo por las escaleras.
— Si mi señora en un momento le doy el libro del menu de los empleados.— me dijo Rocío.
Entre a la habitación y mire en el armario de Sebastián pase mis dedos por sus trajes que despedían su perfume, abrí uno de sus cajones donde estaban sus corbatas y note una foto entre ellas, la tomé y la mire ahí estaba Sebastián sonriendo abrazando a Isabella, sentí una punzada extraña en el pecho así que la guarde de inmediato y cerré su armario y me senté en la cama.
Me quedé ahí sentada, con el corazón latiéndome con una fuerza incontrolable. El silencio de la habitación, que antes me parecía un refugio, ahora se sentía como un juez. La imagen de esa foto se me había quedado grabada en la retina: la sonrisa de Sebastián no era la sonrisa fría y calculadora que me dedicaba a mí; era la de un hombre que, en algún momento, se sintió seguro y correspondido.
¿Por qué guardaba esa foto en el cajón de sus corbatas?— me pregunté.
—¿Celos, Anna? —me susurré a mí misma, apretando las manos sobre la colcha—. No seas estúpida. No puedes tener celos de un hombre que te ve como una propiedad.
En ese momento, Rocío llamó a la puerta con suavidad.
—Mi señora, aquí tiene la fruta y el libro que me pidió —dijo entrando con una bandeja—. El patrón llamó... dice que se quedará en la ciudad por los negocios que quedaron pendientes.
—¿No vendrá a dormir? —pregunté, y odié que mi voz sonara tan decepcionada.
—Dijo que es mejor así para que usted pueda descansar sin "interrupciones" —Rocío bajó la mirada, dejando el libro sobre la mesita—. ¿Gusta que le ayude con el vestido?
—No, Rocío, gracias. Puedo sola, ya se puede ir a descansar, revisaré la comida y mañana iré a la cocina antes de ir al consultorio.— dije suspirando.
Deje caer mi vestido al suelo del baño y entre en la tina, el agua estaba tibia y cerré mis ojos y ahora entendía que julian tenía razón Isabella, era la ex de Sebastián y el ahora mismo podría estar con ella por eso es que no llegaba a domir.
Salí de la tina, me envolví en una bata de seda blanca y regresé a la habitación, me mire en el espejo y dejé caer la bata al suelo, para mirarme, comparadome tontamente con Isabella.
— ¡Eres hermosa.! — El sonido de la voz de Sebastián me hizo dar un brinco y tomar enseguida la bata.
Apretando la tela contra mi pecho como si fuera un escudo, mientras me giraba para encontrarlo apoyado en el marco de la puerta.
Sebastián no se movió. Se quedó allí, con la camisa desabrochada y el cabello revuelto, observándome con una intensidad que me hizo sentir más desnuda que cuando no llevaba la bata. No había burla en su rostro, solo una especie de fascinación sombría y pesada.
—¿Qué haces aquí? —logré articular, con la voz quebrada—. Rocío dijo que te quedarías en la ciudad
Él soltó una risa seca, sin rastro de alegría, y entró en la habitación cerrando la puerta tras de sí. El olor a whisky pude sentirlo en mi nariz.
—Lo intenté, Anna. Te juro que intenté quedarme lejos —dijo, caminando hacia mí con pasos lentos y pesados—. Pero la idea de que estuvieras aquí sola, pensando lo que te diera la gana de mí, o peor aún... pensando en él, no me dejó en paz.
—Hueles a ella —le espeté, aunque mis fuerzas flaqueaban—. Viniste a decirme que soy hermosa después de haber estado con otra. ¿Eso es lo que haces, Sebastián? ¿Vienes a marcar tu territorio después de divertirte fuera?
Él apretó la mandíbula y se inclinó, atrapándome entre su cuerpo y el tocador.
—No la toqué, Anna. No pude —siseó contra mis labios—. Porque cada vez que ella intentaba acercarse, yo recordaba el sabor de tu boca en el jardín. Porque preferiría mil veces estar aquí, peleando contigo, que estar en una cama con alguien que no eres tú.