Hana apenas tenía diecisiete años cuando la sacaron de la aldea donde creció para llevarla con su verdadera familia en Eldoria. Le prometieron un hogar, un nombre y un futuro. En cambio, recibió un sótano sin comida, una hermana adoptiva que le robó al prometido y unos padres que jamás la miraron a los ojos. Cuando Sofía y Evan ordenaron su asesinato, su cuerpo acabó en el fondo de un barranco.
Pero la sangre de Hana despertó algo en una cueva oculta: el alma de la Reina Amerta, soberana de un reino antiguo, cruzó siglos y dimensiones para habitar ese cuerpo destrozado. Con los recuerdos de ambas vidas, la furia de la víctima y la astucia de una emperatriz, Hana regresa a la mansión familiar dispuesta a recuperar todo lo que le fue arrebatado.
Lo que nadie sabe es que el Emperador Alaric también cruzó al mundo moderno buscándola, y el tiempo se le agota. Tres años. Es lo único que le queda antes de desaparecer para siempre.
Entre secretos familiares, traiciones que salen a la luz, una aldea ferozmente leal y reliquias imperiales que brillan al reconocer a su dueña, Hana descubrirá que la venganza es solo el principio. Lo que realmente está en juego es un amor que ni la muerte ni el tiempo pudieron borrar.
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Episodio 7
La fiesta de compromiso entre Evan y Sofía terminó entrada la noche. La lujosa cena entre las dos familias parecía rebosante de felicidad, salvo por el señor Falcón, padre de Evan, que se mostraba más callado que de costumbre desde la aparición de Hana. Un destello de culpa se asomaba en su rostro; no podía dejar de pensar en el estado de la muchacha que debería haberse convertido en la prometida de su hijo.
—Señor Falcón, he notado que lleva callado todo el día. ¿Le ocurre algo? —preguntó la vieja Haysa, abuela materna de Hana.
El hombre esbozó una sonrisa amarga y prefirió guardarse lo que sentía. Sus ojos habían visto con claridad que nadie allí se preocupaba por Hana. Pero recordaba a la muchacha cubierta de heridas, encerrada ahora en el sótano.
—Es cierto, ¿qué te pasa? No pareces el de siempre —añadió Haysa, algo desconcertado por la actitud de su amigo.
—Ejem —el señor Falcón depositó la cuchara con cuidado. Entrelazó los dedos con la cabeza baja, sopesando si debía expresar lo que le latía en el pecho.
Alzó el rostro despacio y recorrió con la mirada a cada uno de los presentes.
—A decir verdad, no he dejado de pensar en Hana. Su desaparición no me parece tal como la describieron esas personas. Me resulta extraño ver su cuerpo lleno de heridas. Y ahora mismo está encerrada en el sótano. ¿Estará bien? ¿Por qué no la llevan a un hospital? Deberíamos investigar primero qué le sucedió a Hana. Me resulta imposible creer que ella haya hecho lo que le imputan —expuso el señor Falcón, y todos quedaron en silencio, incluidos su esposa y su hijo.
Nadie pronunció una sola palabra. Evan lanzó una mirada furtiva a Sofía, temeroso. Su padre sentía más aprecio por Hana, pese a que venía de una aldea y carecía de estudios.
—Todo es culpa mía. Yo no debí haber reemplazado a Hana en el compromiso con Evan. Debimos esperar a que Hana volviera y no precipitarnos con esta fiesta. Todos terminaron malinterpretándome, pero yo solo quería salvar la imagen de la familia. No tenía otra intención. Cuando Hana se recupere, le devolveré a Evan y me iré de la vida de todos ustedes —dijo Sofía, fingiendo llorar con amargura.
El señor Falcón se sintió incómodo; no había sido su intención culpar a nadie. Solo sentía compasión por Hana, que merecía atención médica y no un calabozo.
—Ya, no llores. Nada de esto es culpa tuya. Nosotros tampoco sabemos qué le pasó a Hana. Solo que esa gente dijo que se había ido con un hombre porque no quería comprometerse con Evan —la consoló Ethan.
Mientras tanto, Alan, el hermano mayor, observaba todo sin decir palabra. En ese momento, él era el sucesor de la familia Haysa. Quien empuñaba la lanza del poder en aquel clan.
—Así es, cariño. No te culpes a ti misma. Este es el día de su felicidad; deberíamos estar celebrando —añadió la madre de Evan, en total desacuerdo con su marido.
—Yo tampoco sé qué le ocurrió a Hana, pero las pruebas que me mostraron me hicieron imposible aceptarlo —dijo Evan, fingiendo desasosiego.
Alan arrugó el entrecejo; siempre había intuido que algo se cocía entre esos dos. Hasta entonces jamás se había comunicado con Hana. Ni siquiera se dignaba a mirarla. Y sin embargo, en secreto, siempre la había vigilado.
—Ya basta. Tú eres la perjudicada aquí. Deberías haberte casado con otro hombre que te gustara, pero por el bien de la familia te sacrificaste. Tu padre te dará una compensación. Pide lo que quieras, solo dilo —soltó Haysa con toda ligereza.
Los ojos de Sofía se iluminaron; este era el momento que llevaba esperando. Hacía mucho tiempo que deseaba la villa de la plantación de té que pertenecía a la abuela.
—¿En serio? ¿Lo que sea? —preguntó, radiante.
—Por supuesto, cariño. Tú eres nuestra consentida —dijo Helena mientras le estrechaba la mano a Sofía.
Evan sonrió al ver a su novia así, lo mismo que su madre. El único que seguía pensando en Hana era el señor Falcón.
—Sí, Sofía. Tu abuela tampoco quiere que salgas perjudicada. Pide lo que desees. Un bolso, joyas, lo que sea —agregó la vieja Haysa.
Sofía se entusiasmó aún más y le lanzó una mirada a Alan, que permanecía en silencio. Fingió pensar, haciendo que todos esperaran. Alan, el hermano mayor de Hana, observaba sin decir nada. Detectaba gestos sospechosos en la pareja recién comprometida.
—Entonces quiero la villa de la plantación de té. ¿Puedo tenerla? Hace mucho tiempo que quiero vivir ahí —dijo Sofía sin el menor pudor.
¡Tump!
¡Pam!
Continuará…