Daniela lo tiene todo: belleza, carisma y un futuro brillante como la mejor estudiante de su clase. Pero la perfección es una fachada frágil. Cuando un secreto familiar sale a la luz, el mundo que conocía se desmorona, dejándola atrapada en una red de mentiras y una traición devastadora de la persona que más amaba. Frente a un destino que ya no reconoce, Daniela deberá tomar una decisión radical: aceptar la derrota o transformarse en alguien que nadie esperaba.
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Capítulo VI El único refugio seguro.
Mientras Daniela sentía el dolor más agudo de su vida bajo la lluvia, en la calidez de la mansión Talavera, Diego y Amanda celebraban su compromiso rodeados de lujo y falsas sonrisas.
—Es un honor que formes parte de nuestra familia —declaró Benjamín Talavera, el patriarca, elevando su copa con solemnidad.
Daniela, en su afán por distanciarse de la sombra de su padre y del peso de su herencia, había optado por usar el apellido de su madre biológica, Santos, ocultando su verdadera identidad bajo un perfil de profesional independiente.
—Gracias, señor —respondió Diego, esbozando una sonrisa que no lograba alcanzar sus ojos—. Su hija es la mujer más extraordinaria que he conocido; el honor es mío al tenerla como mi prometida y futura esposa.
—Así es. Mi hija es hermosa y sumamente inteligente; eres un hombre afortunado por haber ganado su corazón —intervino Natalia Méndez, la madre de Amanda y madrastra de Daniela.
Natalia era una mujer gélida y calculadora. Había logrado escalar hasta el corazón de la familia Talavera usando las mismas artimañas que ahora parecía aplaudir en su hija y en su nuevo yerno.
—De eso no hay dudas. Amanda es hermosa y, seguramente, mis nietos tendrán la belleza de su madre y la inteligencia de su padre —intervino Marina Spencer, la madre de Diego.
A Marina no le agradaba Amanda como esposa para su hijo; siempre había considerado que la joven, al igual que su madre, carecía de la clase necesaria para pertenecer a su círculo. Marina había conocido bien a la madre biológica de Daniela, una mujer que, a diferencia de la actual esposa de Benjamín, era el ejemplo vivo de la elegancia y la sofisticación.
—Bueno, déjame decirte, mi querida Marina, que la inteligencia es claramente una herencia materna —comentó Natalia, derramando su veneno con una sonrisa ensayada.
Las miradas entre ambas mujeres se cruzaron como hojas de afeitar. Benjamín, ajeno o simplemente indiferente a la hostilidad femenina, carraspeó para retomar el control de la conversación.
—Lo importante es que este compromiso une a dos de los apellidos más influyentes de la región —sentenció el patriarca—. Aunque me pregunto... ¿dónde está Daniela? Es típico de ella ignorar un evento familiar de esta magnitud por quedarse en ese hospital de mala muerte.
Diego se tensó ligeramente al escuchar el nombre de Daniela, pero rápidamente recuperó la compostura, apretando con suavidad la mano de Amanda.
—Ya la conoces, papá —añadió Amanda con un tono de falsa lástima—. Daniela siempre ha preferido la compañía de sus pacientes antes que la de su propia sangre. Supongo que su "independencia" es más importante que la felicidad de su hermana.
—Es una lástima —mintió Diego, llevando la mano de Amanda a sus labios—. Pero esta noche es nuestra, y no permitiré que nada, ni nadie, opaque este momento.
Mientras el grupo reía y chocaba sus copas de cristal, un relámpago iluminó el ventanal de la mansión, seguido de un trueno que pareció sacudir los cimientos de la casa. Ninguno de los presentes sospechaba que, en ese mismo instante, Daniela Santos —la hija y novia que acababan de desechar— estaba siendo arrastrada a un mundo de sombras donde el apellido Talavera no significaba nada, y donde su única esperanza de sobrevivir era el hombre herido que la abrazaba en la oscuridad de una camioneta en marcha.
Leonardo se dejó caer contra el respaldo del asiento, con el rostro perlado de sudor frío. La adrenalina comenzaba a abandonar su cuerpo, dejando espacio a un dolor desesperante que le nublaba la vista. Sin embargo, no soltaba la mano de Daniela. Sus dedos, largos y fuertes, apretaban los de ella con una mezcla de posesividad y urgencia.
—Andrés, sal de la vía principal. Usa la ruta de las granjas, no quiero cámaras ni patrullas —ordenó Leonardo con un hilo de voz, pero manteniendo la autoridad.
—Entendido, jefe. Estamos a quince minutos de la casa de seguridad —respondió Andrés, maniobrando con agresividad entre los charcos.
Daniela, que seguía temblando, bajó la mirada hacia su propia mano, atrapada por la de Leonardo. El contraste era devastador: la mano de un hombre que acababa de disparar para salvarla, frente a la mano de Diego, que seguramente en ese momento sostenía la de su hermana.
—¿Por qué me miras así, doctora? —susurró Leonardo, notando su escrutinio.
—Te estás abriendo los puntos —dijo ella, tratando de recuperar su faceta profesional para no desmoronarse—. Si no te detengo la hemorragia ahora, entrarás en shock hipovolémico antes de llegar.
Daniela buscó en el suelo del vehículo el maletín médico que Andrés había rescatado del apartamento. Con manos expertas, aunque temblorosas por la impresión, comenzó a desabotonar la camisa de Leonardo. La venda blanca estaba ahora empapada en un rojo intenso y brillante.
—Déjalo... —gruñó él, aunque su cuerpo lo traicionaba con un espasmo de dolor—. Preocúpate por ti. Estás empapada y blanca como un fantasma.
—Cállate, Leonardo. Soy médico, no tu trofeo —replicó ella con una chispa de su antiguo fuego, presionando la herida con una gasa limpia—. Mi vida se acaba de caer a pedazos, mi familia me ha borrado de su mapa y mi prometido está celebrando con mi hermana. Lo único que me queda es mi ética, así que déjame hacer mi trabajo.
Leonardo la observó mientras ella trabajaba. A pesar del caos, de la lluvia y del hecho de que acababa de perderlo todo, Daniela no se rendía. Sus ojos, antes llenos de una alegría ingenua, ahora tenían una profundidad sombría, una madurez forjada por el trauma en apenas unos minutos.
—Tu familia son unos idiotas —soltó Leonardo, cerrando los ojos mientras sentía la presión de las manos de Daniela sobre su carne herida—. Pero ese es el problema de la luz, doctora... siempre atrae a las polillas y a los parásitos como ese ex tuyo.
—No hables de él —pidió ella con la voz quebrada.
—Tienes razón. No vale la pena —Leonardo hizo un esfuerzo sobrehumano, se incorporó un poco y la obligó a mirarlo a la cara—. Escúchame bien, Daniela. Ellos creen que te han quitado todo, pero no saben que te han liberado. Ahora no eres la "hija de" ni la "novia de". Ahora eres mía, y bajo mi protección, voy a enseñarte cómo se siente tener el poder de devolver cada golpe que te han dado.
Daniela lo miró, aterrada y fascinada a la vez. El hombre que tenía frente a ella era el diablo ofreciéndole un pacto, y en el silencio de la camioneta, rodeada de enemigos y traiciones, el infierno de Leonardo Sterling empezaba a parecerle el único refugio seguro en el mundo.