La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico
NovelToon tiene autorización de Maria Guanipa para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LA PISTA DE CENIZA
Hay un instante de silencio absoluto justo antes de que el rayo toque tierra. Un segundo en el que el aire se comprime, el viento se apaga y el mundo parece contener la respiración, sabiendo que lo que viene después es solo fuego y destrucción.
Ela empujó las puertas de madera esmerilada de la academia El Compás de Seda. El gran salón de baile, habitualmente lleno de la calidez de la música y el brillo de los espejos, se sentía esta tarde como una cripta abandonada. Las luces estaban apagadas, salvo por la luz grisácea de la tarde lluviosa que se colaba por los altos ventanales, dibujando rectángulos pálidos sobre el suelo pulido.
Caminó lentamente hacia el centro de la pista, donde tantas veces había guiado y sido guiada. En su bolsillo, el metal frío de la memoria USB original —el verdadero archivo de Althea— pesaba como un yunque.
Escuchó el clic del picaporte.
No se sobresaltó. No miró hacia atrás. El aroma a tabaco caro y el sutil perfume de la lluvia que entraba por la puerta principal le anunciaron su llegada antes de que sus pasos resonaran en la madera.
Kang entró. Su abrigo de lana oscura estaba húmedo por la llovizna exterior. Su brazo izquierdo, vendado de manera compacta bajo la tela de la chaqueta, permanecía rígido a un costado de su cuerpo. Pero lo que verdaderamente helaba la sangre era su rostro. Las facciones que una vez se habían suavizado bajo la luz de la montaña ahora parecían talladas en piedra volcánica. Sus ojos oscuros, desprovistos de todo brillo, se clavaron en Ela.
—Viniste —dijo Kang. Su voz no era un rugido de furia; era un susurro seco, plano, el tono de un juez que ya ha dictado sentencia.
—Sabía que vendrías a buscarme, Kang —respondió Ela, girándose lentamente para enfrentarlo. Sostuvo su mirada con una serenidad que le costó cada gramo de su fuerza de voluntad—. Este lugar siempre fue nuestro escenario. Era justo que terminara aquí.
Kang avanzó tres pasos, deteniéndose justo en el borde de la pista de baile. El espacio entre ambos era una trinchera invisible.
—¿Quién eres, Susana? —preguntó él, pronunciando el nombre con una amargura que cortaba el aire—. ¿O acaso ese nombre también es parte de la coreografía? Mi suegro investigó tu historial. Tu pasado en el extranjero, tus credenciales... todo es impecable. Demasiado impecable para una simple maestra de baile. ¿Quién te envió a destruirme?
Ela dejó escapar una sonrisa triste, una mueca de melancolía real que agrietó por un segundo su máscara de acero.
—Nadie me envió, Kang. Yo vine por mi cuenta. Y no quería destruirte a ti. Quería destruir al holding. Quería destruir a los monstruos que financiaron la muerte de mi padre y el borrado de mi vida.
—¿Tu padre? —la ceja de Kang se alzó milimétricamente, la sospecha luchando con la confusión en su mente.
—Hace cinco años, la fábrica de cosméticos orgánicos del norte del país ardió en llamas —dijo Ela, su voz temblando ligeramente por el recuerdo, pero manteniéndose firme—. La policía dictaminó que fue un accidente eléctrico. Pero el holding Althea compró los terrenos al día siguiente por una fracción de su valor y utilizó las patentes para lanzar su línea estrella. Mi padre era el dueño, Kang. Él murió en ese incendio. Y yo... yo sobreviví para reconstruirme la cara y volver por lo que nos robaron.
Kang guardó un silencio sepulcral. La revelación encajó con una precisión matemática en los rincones oscuros de su propia memoria. Recordó los documentos de la auditoría de contingencia, las transacciones sospechosas de su suegro en esas fechas exactas, los "daños colaterales" de los que el viejo patriarca solía jactarse en privado.
Sintió un golpe de náusea moral, pero la traición personal seguía quemándolo por dentro.
—Si querías justicia, pudiste haberme pedido ayuda —dijo Kang, su voz quebrando por primera vez la gélida fachada—. Estaba dispuesto a darte todo, Susana. Iba a dejar mi apellido, mi puesto, mi herencia por ti. Iba a entregarte las pruebas yo mismo. ¿Por qué tenías que usarme? ¿Por qué tenías que burlarte de mí en mi propia cara?
Ela dio un paso hacia él. Las lágrimas, esta vez reales y calientes, resbalaron por sus mejillas.
—Porque el amor es el camuflaje más perfecto, Kang —susurró ella, con el corazón roto—. Y porque en el juego de Althea, los hombres como tú no escuchan a las víctimas. Solo reaccionan ante las pérdidas. Si te hubiera dicho la verdad al principio, me habrías visto como una amenaza, no como un refugio. Tenía que hacer que me amaras para que bajaras la guardia.
—Lo lograste —siseó Kang, dando un paso rápido y acortando la distancia entre ambos de un golpe. Su mano derecha subió al cuello de Ela, apretándola no con violencia física, sino con una desesperación salvaje que hacía temblar su propio cuerpo—. Me convertiste en el mayor idiota de este país. Me hiciste creer que había algo real en este mundo podrido.
—Lo que sentimos en la montaña fue real, Kang —dijo Ela, sosteniendo su rostro con ambas manos, ignorando la tensión de sus dedos en su cuello—. El dolor que siento ahora por haberte lastimado es real. Pero mi venganza es más grande que nosotros dos.
Kang la miró a los ojos, buscando la mentira, buscando la actriz que Julián le había descrito. Pero solo encontró a una mujer rota, sosteniendo las cenizas de su pasado con las manos ensangrentadas. Lentamente, la presión de sus dedos en el cuello de ella se aflojó, transformándose en una caricia dolorosa sobre su mejilla.
—Es demasiado tarde para lamentarse —dijo Kang, apartando la mano con un esfuerzo supremo, recuperando el frío en sus ojos—. Julián tiene la memoria USB. Cree que puede chantajear a mi suegro. No sabe que los hombres de la seguridad privada de Althea ya están en camino a su casa. Mi suegro no va a negociar con él; lo va a borrar del mapa. Y a ti también.
Ela sacó la memoria USB real de su bolsillo y la sostuvo en alto, bajo la tenue luz gris de la tarde.
—Julián no tiene nada, Kang. La memoria que robó anoche está vacía. Solo contiene pistas de música de la academia. Las verdaderas pruebas del incendio, del lavado de dinero y de la culpabilidad de tu suegro están aquí, en mi mano.
Kang miró el pequeño dispositivo metálico. La llave para destruir su imperio, la soga para el cuello de su suegro y la libertad que tanto había anhelado estaba allí, flotando en el aire entre ambos.
—Si me entregas eso... —comenzó Kang, su voz volviéndose tensa.
—No te lo voy a entregar, Kang —lo interrumpió Ela, dando un paso atrás, sus ojos felinos brillando con una determinación inquebrantable—. Voy a ir a la fiscalía general esta misma noche. Voy a arrastrar al holding Althea al infierno, incluso si eso significa que tú caigas con ellos.
De pronto, un sonido estridente rompió la atmósfera del salón. El teléfono de Kang comenzó a vibrar en el bolsillo de su abrigo. Él lo sacó sin apartar la mirada de Ela. Al ver la pantalla, sus cejas se juntaron en una línea de pura alarma.
—¿Qué pasa? —preguntó Ela, intuyendo el peligro.
—Es el localizador de la casa de Julián —dijo Kang, su voz volviéndose de hielo—. El protocolo de seguridad del holding se ha activado. Mis hombres ya entraron a tu propiedad.
En ese mismo instante, el sonido de neumáticos derrapando sobre el asfalto mojado y el chirrido de frenos se escuchó justo fuera de la academia. Varias siluetas oscuras, vestidas con abrigos tácticos, comenzaron a descender de dos furgonetas negras directamente hacia la entrada principal de El Compás de Seda.
El tiempo de las palabras se había terminado. El cazador y la presa estaban ahora atrapados en la misma red, y la tormenta exterior acababa de entrar por la puerta.