Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.
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Capítulo 19 - El barco que cambia de nombre
Los hombres bautizaban los barcos para fingir que el mar podía reconocerlos.
Eduardo había visto nombres de santas sobre cascos dedicados al contrabando, nombres de madres en buques donde ningún marinero recibía compasión y nombres de virtudes pintados sobre madera podrida. El océano los aceptaba a todos con la misma indiferencia. Para él, un barco no era la palabra escrita en la popa, sino la suma de sus cicatrices.
El Esperanza tenía una quemadura antigua junto al ancla de estribor.
La descubrió el segundo lunes de junio, desde la ventana superior de la oficina portuaria. El vapor permanecía en el dique seco mientras cuatro operarios cubrían de negro las letras blancas de su nombre. Sobre la pintura fresca, un rotulista trazaba las primeras curvas de una palabra distinta.
Dragón.
Eduardo apoyó sobre el cristal la copia del manifiesto que había obtenido del archivero. En el documento, el Esperanza continuaba en Lisboa descargando corcho. Delante de sus ojos, sin embargo, estaba en Santa Lucía, cambiando de piel.
—Los registros no mienten —dijo el archivero a su espalda—. Los hombres que los completan sí.
Anselmo Rivas llevaba treinta años anotando entradas y salidas. Tenía las uñas amarillas de tabaco y una memoria que exigía una moneda antes de despertar.
Eduardo colocó otra sobre la mesa.
—¿Cuándo llegó?
—Hace cuatro noches. Sin luces. Declararon avería en la caldera.
—¿Y la tripulación?
—Desembarcó antes del amanecer. Los mismos desgraciados de siempre, aunque el capitán ahora se hace llamar Ferreira.
—¿Cómo se llamaba antes?
Anselmo atrapó la moneda con dos dedos.
—Valdés. Antes de eso, Moreira.
Eduardo extendió tres manifiestos. Pertenecían al Esperanza, al Santa Aurelia y a un carguero hundido dos años atrás bajo el nombre de La Clemencia. Las embarcaciones diferían en tonelaje, bandera y puerto de registro. Sin embargo, compartían nueve tripulantes, un médico de a bordo y la misma caligrafía en las correcciones.
También compartían rutas imposibles.
El Santa Aurelia había salido de Cádiz un martes y registrado su llegada a Madeira la mañana siguiente. Ni con el viento más favorable podía cubrir aquella distancia en menos de tres días. La Clemencia figuraba cargando carbón en Vigo mientras un informe sanitario situaba a cuatro de sus marineros bajo cuarentena en Lisboa.
Los barcos no viajaban. Sus nombres lo hacían por ellos.
—¿Quién autoriza los cambios? —preguntó Eduardo.
Anselmo señaló con la barbilla una firma al pie del manifiesto.
—El notario Salcedo prepara las cesiones. Soria consigue hombres que no hacen preguntas. Su padre consigue que las preguntas tampoco aparezcan después.
Afuera, el rotulista terminó la palabra Dragón y comenzó a pintar de plata las escamas de un emblema junto a la popa. Eduardo reconoció la luna negra atravesada por la criatura. Diane la había reproducido sin saberlo en el dibujo de la tormenta.
Guardó los manifiestos dentro del abrigo.
—Necesito la lista del próximo viaje.
—Todavía no existe.
—Toda tripulación existe antes de convertirse en lista.
Anselmo miró la tercera moneda, pero no la tomó.
—Soria recluta esta noche en el Ancla. Fogoneros, estibadores y dos hombres para cubierta. Zarparán después del veintisiete.
—¿Destino?
—Lisboa en los papeles. Donde ordenen cuando pierdan de vista la costa.
Eduardo descendió al muelle.
El alquitrán se ablandaba bajo el sol y devolvía un olor oscuro, casi animal. Los martillazos del dique se mezclaban con gritos de vendedores, poleas y cadenas arrastradas. Pasó junto al casco sin levantar la cabeza. Desde cerca, la pintura nueva no conseguía ocultar el relieve de las letras anteriores. Bajo Dragón de Plata, la palabra Esperanza seguía respirando como un cadáver mal enterrado.
Un muchacho cargaba sacos al otro lado del dique.
Eduardo reconoció a Iván por la cicatriz sobre la ceja y por la forma de girarse cada vez que alguien pronunciaba el nombre de Soria. No parecía un soñador dispuesto a conocer el mar. Parecía un hombre contando los minutos que lo separaban de una puerta.
Diane estaría detrás de aquella urgencia.
La idea surgió con una precisión que Eduardo detestó. Imaginó el mapa escondido dentro del libro, la página arrancada y las rutas que ella habría recorrido con el dedo. Imaginó a Iván ocupando el lugar que él nunca había pedido y que, sin embargo, le irritaba perder.
Podía recomendarlo a Soria.
El muchacho entraría al Dragón de Plata con una razón legítima, escucharía nombres en los puertos y observaría cargamentos que los inspectores solo conocían sobre el papel. Si el barco había intervenido en los traslados de Micaela, un hombre entre la tripulación encontraría más que Eduardo desde cualquier despacho.
Además, Iván se alejaría de Diane.
Eduardo sintió vergüenza antes de terminar el pensamiento. Intentó separarlo del resto de la estrategia, como se retira una mancha de una página para conservar limpias las cifras. No pudo. La utilidad de Iván y su ausencia ofrecían la misma solución con dos rostros.
—Señor Valcárcel.
Soria apareció entre unas cajas de maquinaria. Era bajo, ancho de cintura y llevaba un pañuelo rojo alrededor del cuello. Su sonrisa mostraba un diente de oro.
—No esperaba verlo ensuciarse los zapatos por aquí.
—Necesito hablar del próximo viaje.
Soria miró alrededor antes de conducirlo detrás de un almacén.
—Don Guillermo dijo que no debían quedar Valcárcel en los documentos.
—Por eso hablo con usted y no con el capitán.
—El barco estará listo el veintisiete.
—Quiero un hombre mío a bordo.
Soria perdió una parte de la sonrisa.
—Su padre elige a los oficiales.
—No será oficial. Un trabajador del muelle. Iván Robles.
El reclutador observó por encima del hombro de Eduardo.
—Ya preguntó por el puesto. Joven, fuerte y demasiado enamorado. Esa clase trabaja hasta romperse si cree que al final habrá una casa esperándolo.
Eduardo cerró la mano dentro del bolsillo.
—No debe saber que lo he recomendado.
—¿Y qué espera de él?
—Nada todavía. Trátelo como a los demás.
—A los demás les cobro las botas, la comida y el aire que respiran si consigo ponerlo en una factura.
—A él no. Cargue sus gastos a esta cuenta.
Entregó una tarjeta sin el apellido Valcárcel. Soria la examinó a contraluz.
—Un marinero protegido despierta preguntas.
—Entonces cóbrele y devuelva el dinero al final. Debe creer que se lo ha ganado.
Soria guardó la tarjeta.
—Habla como su padre.
Eduardo lo sujetó por la solapa antes de decidir hacerlo. El diente de oro desapareció detrás de los labios.
—No vuelva a confundirme con él.
Lo soltó. Soria alisó la tela sin protestar.
—El muchacho estará en la lista.
Eduardo regresó al dique. Iván ya no estaba. En el lugar donde había trabajado quedaba una cuerda enrollada, húmeda por el agua del muelle. Pensó en advertirle. Podía contarle que las condiciones eran fraudulentas, que el barco cambiaba de nombre y que los hombres de Guillermo borrarían su existencia con la misma facilidad que una palabra sobre un casco.
Pero si lo advertía, perdería la única entrada que había encontrado en siete años.
Si callaba, utilizaría a la persona que Diane amaba.
La culpa no le ofreció una tercera opción.
Aquella noche, Beatriz entró en su habitación cuando el reloj acababa de marcar las once. Traía una caja de sombreros atada con cuerda y el rostro pálido.
—La hermana Amalia respondió —dijo.
Eduardo cerró las cortinas. Beatriz colocó la caja sobre la cama y retiró un sombrero viejo. Debajo había una hoja de contabilidad, dos recibos de conventos y una cinta infantil desteñida por el sol.
—No pudo escribir nombres —explicó—. Copió gastos de una casa religiosa que recibía dinero de un intermediario de Guillermo.
Eduardo acercó la lámpara. Los pagos cubrían alimento, ropa, una consulta por fiebre y el traslado de una niña identificada únicamente con la inicial M. Las fechas correspondían a los meses posteriores a la desaparición de Micaela.
El último recibo incluía un pasaje marítimo.
—Cádiz a Funchal —leyó.
—La llevaron a Madeira —dijo Beatriz—. Permaneció allí al menos seis semanas.
Eduardo sostuvo el papel con ambas manos. Durante siete años había buscado una niña en conventos, hospicios y casas de la península. El mar, al que había interrogado como una frontera, acababa de convertirse en camino.
—¿Cuándo?
Beatriz señaló la fecha.
Era la misma semana en que el Santa Aurelia había completado una travesía imposible hasta Madeira. El mismo barco cuyos marineros trabajaban ahora bajo el nombre Dragón de Plata.
—Eduardo —dijo ella al ver su expresión—, ¿qué has hecho?
Él pensó en Iván, en Soria y en el camarote estrecho donde un muchacho enamorado dormiría sin saber quién había pagado sus botas.
—He colocado a un hombre dentro del barco.
—¿Uno de confianza?
La pregunta obligó a Eduardo a recordar el primer encuentro bajo el roble, cuando Diane le había exigido que no utilizara a Iván para herirla. Entonces creyó que bastaría con respetar su cuerpo, su empleo y sus cartas. No había comprendido que una persona también podía ser empujada mediante oportunidades cuidadosamente colocadas delante de su necesidad.
—No conoce la misión —admitió—. Cree que ha conseguido trabajo.
—Entonces no has colocado a un hombre. Has colocado un cebo.
Eduardo no intentó defenderse. Afuera, el viento golpeó una rama contra la ventana con el ritmo irregular de unos nudillos que no se atrevían a entrar.
Eduardo contempló la cinta infantil. Conservaba un dibujo casi borrado: pequeñas hojas azules abiertas en forma de abanico.
—No —respondió—. Uno que tiene motivos para odiarme cuando descubra la verdad.