Descripción
Maximiliano, un joven de 24 años, hereda la hacienda de su padre, Emiliano. Desde muy pequeño lo veía dirigir con firmeza y respeto a sus empleados, aprendiendo el valor del trabajo, la responsabilidad y el esfuerzo. Ahora, convertido en el nuevo patrón, asume el reto de continuar el legado familiar. Lo que nunca imaginó fue que ese mismo lugar cambiaría su vida para siempre. Cuando una humilde campesina llega a trabajar a la hacienda, sus caminos se cruzan de una forma inesperada. Entre jornadas de campo, dificultades y sentimientos que crecen en silencio, ambos descubrirán que el amor puede florecer donde menos se espera.
NovelToon tiene autorización de Yulexi De Fernández para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 21: Mi primer día en la hacienda
Aurora narra
Después de conocer a don Maximiliano Zúñiga, llegó el momento de comenzar mi trabajo en la hacienda. Aunque por dentro todavía sentía esos nervios de estar en un lugar nuevo, traté de concentrarme en lo que realmente me había llevado hasta Antioquia: conseguir una oportunidad y demostrar que era una mujer trabajadora.
Esa primera noche en la finca casi no pude dormir. Pensaba en mi familia en Boyacá, en mi mamá Rosalba, en mi papá Efraín y en mis hermanos. Me preguntaba cómo estarían, si me extrañarían y si yo sería capaz de adaptarme a una vida tan diferente.
Pero también recordaba las palabras de mi papá:
"Mija, uno tiene que ser valiente cuando la vida le abre una puerta."
Y esas palabras me daban fuerza.
Al día siguiente me levanté muy temprano, como estaba acostumbrada desde niña. En Boyacá aprendí que el campo no espera y que quien quiere salir adelante tiene que madrugar.
Me puse mi ropa de trabajo, mis botas amarillas y salí a conocer mejor la hacienda.
El aire de la mañana era fresco. Se escuchaban los animales, los trabajadores caminando por los potreros y el movimiento de una finca que comenzaba un nuevo día.
Un trabajador se acercó a mí.
—Buenos días, señorita Aurora. ¿Cierto que usted es la nueva que viene de Boyacá?
Yo sonreí.
—Sí, señor. Mucho gusto.
—Bienvenida. Aquí toca trabajar duro, pero verá que uno se acostumbra.
—Eso no me preocupa —le respondí—. En mi tierra también estamos acostumbrados a trabajar juiciosos.
El hombre sonrió.
—Eso me gusta escuchar.
Después apareció Maximiliano.
Cuando lo vi, intenté actuar normal, aunque por dentro todavía me ponía nerviosa. Él llevaba ropa de campo y estaba revisando algunas cosas de la hacienda.
—Buenos días, Aurora —me dijo.
—Buenos días, don Maximiliano.
Él me miró y sonrió.
—Aquí todos nos ayudamos. Quiero que se sienta cómoda y que pregunte si necesita aprender algo.
Asentí.
—Muchas gracias. Yo vengo con ganas de trabajar y aprender.
Maximiliano me explicó cuáles serían mis labores. Me encargaría de ayudar con algunas tareas de la finca, organizar ciertas cosas y colaborar con el cuidado de los animales.
Al principio algunas cosas fueron difíciles porque, aunque yo conocía el campo por haber crecido en Boyacá, cada lugar tenía sus propias formas de trabajar.
Pero no me rendí.
Ese día terminé cansada, con las manos un poco adoloridas, pero feliz porque sentía que estaba haciendo algo importante.
A la hora del almuerzo me senté con algunos trabajadores.
—¿Y cómo le ha parecido Antioquia? —me preguntó una señora que trabajaba allí.
Yo sonreí.
—Muy bonito. Extraño mi Boyacá, eso sí. Uno siempre extraña la tierra de uno.
—Eso es verdad —respondió ella—. Pero verá que aquí también puede encontrar una familia.
Sus palabras me hicieron sentir bienvenida.
Con el paso de los días fui aprendiendo más sobre la hacienda. Aprendí los horarios, conocí a los animales y fui ganándome la confianza de las personas que trabajaban allí.
Maximiliano también comenzó a notar mi esfuerzo.
Una tarde me encontró terminando una tarea mientras otros ya habían terminado.
—Aurora, veo que es muy dedicada.
Me puse un poco nerviosa.
—Pues, don Maximiliano, a mí me enseñaron que si uno consigue un trabajo tiene que hacerlo bien. Mis papás siempre me dijeron que uno debe responder por lo que promete.
Él sonrió.
—Se nota que tiene buenos valores.
Bajé la mirada un poco avergonzada.
Aunque apenas llevábamos pocos días de conocernos, cada vez sentía más curiosidad por él. No solo porque me había parecido un hombre atractivo desde el primer momento, sino porque veía que era una persona responsable y respetuosa.
Pero yo sabía que había llegado allí a trabajar.
No podía dejarme llevar solamente por una emoción.
Mi prioridad era cumplir con mi familia y demostrar que podía salir adelante.
Esa noche, mientras miraba las estrellas desde la hacienda, pensé en todo lo que había cambiado mi vida en poco tiempo.
Había dejado Boyacá buscando una oportunidad y ahora estaba en Antioquia, aprendiendo una nueva forma de vivir.
Lo que yo no sabía era que aquel lugar no solo me daría un trabajo.
También sería el lugar donde mi corazón comenzaría a vivir una historia que jamás había imaginado.