En un mundo donde los recuerdos pueden venderse, Kael Arden trabaja comprando aquellos que otros están dispuestos a olvidar para siempre. Pero cada vez que revive un recuerdo, también siente el amor, la alegría, el miedo o el dolor de quien lo vivió.
Todo cambia cuando adquiere un recuerdo imposible: el asesinato de un hombre... diez días antes de que ocurra.
Mientras intenta impedir ese futuro, Kael conocerá a Lyra, una joven incapaz de olvidar un solo instante de su vida. Juntos descubrirán que algunos recuerdos no pertenecen al pasado, sino al futuro, y que hay quienes están dispuestos a cambiar el destino a cualquier precio.
Porque hay recuerdos que pueden salvar una vida... y otros que pueden condenar al mundo.
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Capítulo 14: Las cenizas del futuro
«Quien domina el pasado controla las historias; pero quien domina el futuro, controla las voluntades.»
— Fragmento del Libro de los Mercaderes, Volumen XIV»
Kael observó la máscara abandonada.
"Nunca Olvides".
Aquellas dos palabras no eran una simple advertencia.
Eran una condena.
El techo de la cámara soltó una nueva lluvia de polvo y pequeños fragmentos de roca.
El sonido del altar comenzó a apagarse.
Sus líneas luminosas parpadearon antes de sumirse en un gris opaco.
Como si el corazón de la piedra hubiera dejado de latir tras el encuentro.
Elena le arrebató la máscara de las manos.
—Tenemos que irnos. Ahora.
—Esa gente... —Kael apenas podía articular las palabras—. ¿Eran los Centinelas?
—Son algo mucho peor.
Ella tomó su brazo, tirando de él hacia el túnel oscuro por el que habían llegado.
Kael tropezó, pero recuperó el equilibrio.
El mundo le daba vueltas.
Había pasado veintidós años creyendo que su madre estaba muerta.
Había pasado semanas intentando descifrar el misterio de los recuerdos del futuro.
Y ahora, todo colisionaba en un solo instante.
—¡Espera!
Kael se detuvo a mitad de la escalera de piedra.
Elena se giró, impaciente, con los ojos grises llenos de urgencia.
—No hay tiempo, Kael. El túnel va a ceder.
—Si volvemos al puente, la policía ya estará allí. O el francotirador.
Ella negó con la cabeza.
—Conozco otra salida. Una que el Archivo olvidó hace décadas.
Continuaron ascendiendo.
La respiración de ambos era lo único que llenaba el silencio.
Kael sentía el peso de la pequeña llave de cristal en su bolsillo.
"La verdad", había dicho ella.
Llegaron a una bifurcación en el túnel. Elena giró a la izquierda sin dudar, empujando una pesada reja de hierro oxidada.
El aire frío de la madrugada los golpeó en el rostro.
Habían salido varios kilómetros río abajo.
Lejos del Puente Blanco.
La ciudad comenzaba a desperezarse bajo la luz pálida del amanecer.
Elena se apoyó contra un muro de ladrillo.
Cerró los ojos y dejó escapar un largo suspiro.
Parecía frágil.
Vulnerable.
Exactamente igual a la mujer de la fotografía que Kael guardaba en su apartamento.
—Toda mi vida —comenzó Kael, rompiendo el silencio— me enseñaron que un mercader solo custodia el pasado.
Elena abrió los ojos.
Lo miró con una mezcla de orgullo y dolor.
—El pasado es solo un borrador, hijo mío.
Lo que esa gente busca es reescribir el mañana.
Kael dio un paso hacia ella.
—El hombre de la máscara... dijo que el Primer Recuerdo había despertado.
Las manos de Elena temblaron levemente.
—Cuando los Custodios descubrieron cómo crear memorias de futuros posibles, se dieron cuenta de algo terrible.
La mente humana no está preparada para albergar lo que aún no ha sucedido.
Se fractura. Se rompe.
Kael recordó a Julián en la sala del Archivo.
El hombre que había olvidado a su esposa y retrocedido cincuenta años.
Una mente fragmentada.
—Crearon una sola esfera para contener todos los futuros alternativos —continuó ella.
El Primer Recuerdo.
Pero era demasiado inestable.
Demasiado poderoso.
Decidieron ocultarlo, dividir su resonancia en las mentes de aquellos que tuvieran la empatía suficiente para soportarlo.
Kael sintió que el aire se volvía denso.
Recordó su evaluación de compatibilidad del
Proyecto Aurora.
Sujeto K-07. Empatía emocional: Extraordinaria.
—Yo soy uno de ellos.
No fue una pregunta.
Elena asintió lentamente.
—Por eso firmé la orden para borrar tu memoria cuando eras niño.
Para que la Orden nunca pudiera encontrar ese fragmento dentro de ti.
Si no recordabas tu identidad... el fragmento permanecería inactivo.
Las lágrimas asomaron a los ojos de Kael.
Había pasado su vida sintiéndose vacío.
Pero aquel vacío era su escudo.
—Entonces, al tocar el altar...
—Lo has despertado.
Elena le acarició el rostro. El tacto de su mano era cálido, real.
—Ahora sabrán dónde estás. Y no se detendrán hasta extraerte ese recuerdo, aunque tengan que destrozar tu mente para conseguirlo.
Kael pensó en Lyra.
Ella lo estaba esperando en el apartamento, durmiendo en su sofá.
Lyra, cuyo don era no poder olvidar absolutamente nada.
Lyra, el Sujeto L-03.
Si él estaba en peligro, ella también lo estaba.
Eran las dos caras de la misma moneda.
—Tenemos que ir a mi apartamento —dijo Kael, con la voz cargada de determinación
—. Hay alguien que corre el mismo peligro que yo.
Elena frunció el ceño.
—¿Quién?
—Alguien que nunca olvida.
El rostro de Elena palideció de golpe.
—¿La niña de la trenza? ¿Sigue viva?
—Está conmigo.
Elena miró hacia el horizonte, donde el sol ya comenzaba a elevarse sobre los tejados.
—Entonces la guerra que intenté detener hace veinte años...
Acaba de empezar de nuevo.