Una noche de alcohol erróneo, una suite a oscuras y una pasión salvaje que Sasha Castro no debió vivir. Al amanecer, el misterioso hombre desapareció, dejándole lagunas mentales y un embarazo de gemelos que la obligó a madurar a golpes.
Cinco años después, la rebelde indomable es una madre leona. Pero su mundo se desmorona: su hijo Oliver se debate entre la vida y la muerte por una leucemia agresiva. Nadie en su familia es compatible. El niño necesita la sangre de su padre biológico, un hombre cuyo rostro ella ni siquiera recuerda.
Para salvarlo, el clan Castro inicia una cacería implacable que desentierra un nombre: Ethan Vance, un frío y hermético CEO multimillonario. Él ignora que fue víctima de una trampa del pasado... y que es padre.
El tiempo se agota. Sasha debe arrastrar al implacable magnate a su red antes de que el secreto estalle, sin saber que el peligro que acecha al CEO amenaza con destruirlos a todos.
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CAPITULO 11. UNA MANCHA EN LA PIEL
La semana posterior al cumpleaños de los niños pasó entre el ajetreo habitual de la fábrica y las rutinas del hogar. Aunque Sasha intentaba concentrarse en las planificaciones que Daniel le encomendaba, su mente regresaba una y otra vez a la quietud inusual de Oliver. El pequeño seguía acudiendo al colegio, pero ya no corría detrás de Ian al bajar del coche familiar. Se limitaba a caminar despacio, sosteniendo la mano de su madre con un agarre que a Sasha se le antojaba extrañamente débil.
Aquella noche de jueves, la casa de campo estaba sumida en una paz apacible. La tormenta primaveral golpeaba con suavidad los cristales del piso superior, creando una atmósfera cálida que invitaba al descanso. Después de preparar la cena y asegurarse de que Ian se metiera en la cama tras agotar su última reserva de energía, Sasha entró en la habitación de Oliver para ayudarle a ponerse el pijama de franela azul.
El niño estaba sentado en el borde del colchón, con la mirada fija en sus pequeños pies descalzos. Su palidez bajo la luz tenue de la lámpara de noche se veía aún más acentuada, y sus ojos oscuros, habitualmente profundos, reflejaban un cansancio impropio de un niño de cinco años.
—Vamos, mi amor, arriba esos brazos —dijo Sasha con voz suave, ofreciéndole una sonrisa cariñosa para transmitirle seguridad mientras le retiraba la camiseta del colegio.
Fue en ese preciso instante cuando el corazón de Sasha se detuvo en seco en medio de su pecho.
Bajo la luz amarillenta de la bombilla, la piel pálida del torso y los brazos de Oliver mostraba una serie de pequeñas manchas moradas y azuladas. Eran hematomas de forma irregular, algunos del tamaño de una moneda, esparcidos por la parte interna de sus antebrazos y cerca de las costillas. Sasha dejó caer la prenda al suelo, arrodillándose de inmediato frente a su hijo pequeño con una opresión en la garganta que la dejó sin respiración.
Con dedos extremadamente delicados, temblando por una mezcla de pánico e instinto maternal, rozó una de las marcas moradas en el brazo del niño.
—Oliver... mi vida, ¿qué es esto? —preguntó Sasha, haciendo un esfuerzo titánico para que el terror que la atenazaba por dentro no se reflejara en su tono de voz—. ¿Te has caído en el patio de juegos? ¿Estabas jugando a los piratas con tu hermano y te diste un golpe?
El pequeño Oliver levantó la vista muy despacio, parpadeando con desgana. Observó las manchas en su propio brazo como si no tuvieran importancia y luego miró a su madre con esa quietud dulce que siempre la conmovía.
—No me caí, mami —respondió Oliver con su vocecita suave, casi un murmullo—. No me he dado ningún golpe. Esas manchitas salieron solas esta mañana cuando me estaba vistiendo.
—¿Te duelen, mi amor? ¿Si te aprieto un poquito aquí, te molesta? —insistió Sasha, presionando con una suavidad extrema el borde de una de las marcas.
Oliver negó con la cabeza de forma lenta, apoyando sus manos pequeñas sobre los hombros de su madre.
—No me duele nada, mami. Solo tengo mucho sueño. Me duelen un poquito las piernas, como cuando corremos mucho, pero no tengo ganas de correr.
Sasha le puso el pijama de franela con una prisa desesperada, intentando ocultar el temblor de sus manos. Lo arropó bajo las mantas, depositando un beso largo y tierno en su frente pálida. Notó que la piel del niño se sentía un poco caliente, una fiebre sutil, casi imperceptible, que terminaba de encajar en el rompecabezas de su angustia.
Salió de la habitación en absoluto silencio y cerró la puerta con suavidad. Al quedarse sola en el pasillo en penumbras, Sasha se apoyó contra la pared de madera, deslizándose lentamente hasta quedar sentada en el suelo, con el rostro oculto entre las manos. Las lágrimas de un miedo atroz, un pánico primitivo que no respondía a ninguna ecuación lógica de las que había aprendido en la escuela nocturna, desbordaron sus ojos almendrados.
Su instinto de madre, ese que se había forjado a golpes de madurez y sacrificio durante los últimos cinco años, le gritaba que algo muy grave estaba ocurriendo en el cuerpo de su pequeño Oliver. Esas manchas no eran el resultado de un juego infantil accidentado; eran una advertencia silenciosa.
Salió del pasillo y bajó las escaleras a toda velocidad hacia el salón, buscando su bolso. Con los dedos temblando de forma descontrolada, sacó su teléfono móvil y buscó el número de su madre. Katerina siempre había sido su guía, la mujer que sabía cómo mantener la mente fría en mitad de cualquier tormenta familiar.
Tardaron solo dos tonos antes de que la voz madura y protectora de Katerina respondiera al otro lado de la línea.
—¿Sasha? Mi vida, ¿pasa algo? Son casi las once de la noche —dijo su madre con un tono que denotaba que se había espabilado en un segundo al ver el nombre de su hija pequeña en la pantalla.
—Mamá... necesito que vengas —sollozó Sasha, incapaz de seguir conteniendo el llanto que le partía el pecho—. Es Oliver. Está muy pálido, tiene una fiebre baja y... tiene el cuerpo lleno de unos moratones extraños que dice que le salieron solos. Mamá, tengo miedo. Mañana por la mañana quiero llevarlo a urgencias de la clínica médica de la familia. Por favor, no me dejes sola en esto.
Al otro lado del teléfono, el silencio de Katerina duró apenas una fracción de segundo, reemplazado de inmediato por la firmeza incondicional de la abuela lista para proteger a los suyos.
—No estás sola, Sasha. Olvídate de los informes de la fábrica y del trabajo con Daniel para mañana. Tu padre y yo salimos hacia tu casa ahora mismo en el coche. Pasaremos la noche contigo y mañana a primera hora entraremos juntos por esa puerta del hospital. Mantén la cabeza alta, mi niña. Mañana descubriremos qué tiene Oliver y lo resolveremos como siempre lo hace esta familia.
Sasha colgó el teléfono, apretándolo contra su pecho mientras observaba la lluvia golpear el cristal del salón. El lunes por la mañana del juicio de sus padres parecía una lección lejana; ahora, la verdadera batalla de su vida estaba a punto de comenzar en las salas de un hospital, obligándola a enfrentarse a un diagnóstico que cambiaría el destino de toda la dinastía familiar.