Isadora Valença creía estar viviendo el sueño de toda mujer: comprometida, viviendo con Henrique Lacerda, con la boda planeada y un futuro perfectamente organizado. Estaba segura de que estaba a punto de comenzar la mejor etapa de su vida.
Todo se derrumba cuando Catarina Prado, la exnovia que abandonó a Henrique en uno de los momentos más difíciles de su vida, reaparece diciendo que está gravemente enferma. Frágil, llorosa y rodeada de suplicas de lástima, Catarina ocupa demasiado espacio nuevamente. Y Henrique, usando la cruel excusa de que ella “está muriendo”, empieza a cruzar límites que nunca deberían tocarse.
Isadora comienza a ser humillada, ignorada y relegada a un segundo plano. Hasta que llega el golpe final: Henrique utiliza todo lo que habían preparado para su boda —la ceremonia, los invitados, los símbolos— para montar un falso matrimonio con su ex, todo en nombre de la compasión.
Con el corazón destrozado y la dignidad herida, Isadora acepta una propuesta inesperada: un matrimonio arreglado con Miguel Montenegro, un hombre frío, poderoso y rodeado de misterios. Un acuerdo sin promesas de amor, solo respeto.
Lo que comenzó como una huida se transforma en un nuevo comienzo. Lejos de quien la menospreció, Isadora descubre su fuerza, reconstruye su autoestima y aprende que el amor no puede nacer de la humillación.
Y cuando el pasado intenta regresar, ella ya no es la novia que aceptaba todo en silencio.
Ahora, es ella quien decide.
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Capítulo 24
Isadora se dio cuenta de que algunas noches no piden sueño.
Piden silencio. Piden presencia consigo misma. Piden escucha.
Estaba sentada en el balcón, con las piernas encogidas, observando la ciudad dormirse poco a poco. Las luces se encendían y se apagaban a ritmos diferentes, como historias que seguían caminos propios. Había algo inquieto en su pecho, pero no era ansiedad.
Era intuición.
Miguel tardó más de lo habitual aquella noche. Cuando finalmente entró en el apartamento, el cuerpo cargaba un cansancio diferente. No físico. Emocional.
—Aún estás despierta —dijo, al verla.
—Sí —respondió—. ¿Quieres compañía o silencio?
Miguel se detuvo por un instante, sorprendido por la pregunta.
—Compañía —dijo, después de algunos segundos—. Si no es molestia.
Isadora se levantó y dejó espacio en el sofá del balcón. Miguel se sentó a su lado, manteniendo una pequeña distancia, como si aún estuviera decidiendo cuánto podía permitirse.
—Estás diferente después del evento —comentó ella, sin acusación.
Miguel se pasó la mano por el rostro.
—Lo estoy —admitió—. Aquello me removió más de lo que esperaba.
Isadora no apresuró la conversación. Había aprendido que algunas verdades solo aparecen cuando no son forzadas.
—No me gusta sentirme visto —dijo Miguel, de repente—. No de verdad.
Ella giró el rostro hacia él.
—¿Por qué?
Él respiró hondo, como quien abre una puerta que siempre mantuvo cerrada.
—Porque, cuando me ven, suelen querer algo —dijo—. Control, estatus, protección. Nunca permanencia.
Isadora sintió el peso de la confesión.
—¿Y conmigo? —preguntó, bajo.
Miguel sostuvo la mirada de ella.
—Contigo es diferente —respondió—. No intentas usarme como escudo. Ni como premio.
Ella asintió lentamente.
—Porque yo ya hice eso una vez —dijo—. Me escondí detrás de alguien para no lidiar conmigo misma. No lo hago más.
Miguel sonrió de lado, pero había algo quebradizo en aquella sonrisa.
—Crecí aprendiendo que sentir era debilidad —dijo—. Que el amor era algo que se administraba, no algo que se vivía.
Isadora se acercó un poco más.
—¿Y hoy?
—Hoy me doy cuenta de que pasé la vida entera evitando exactamente lo que me haría entero —respondió.
El silencio se instaló. No era incómodo. Era denso.
—Nunca le conté esto a nadie —continuó Miguel—. Ni a mi familia. Ni a las mujeres con las que estuve. Pero… —dudó—. Cuando era joven, amé a alguien. De verdad.
Isadora sintió el corazón oprimirse, pero no retrocedió.
—¿Y qué pasó?
—Ella quiso más de lo que yo sabía ofrecer —dijo—. Y yo huí. Dije que no era el momento. Que el trabajo venía primero. Que los sentimientos estorbaban.
Él cerró los ojos por un instante.
—Ella se fue —completó—. Y yo usé eso como prueba de que los vínculos no duran.
Isadora tocó la mano de él, con cuidado.
—Tal vez ella se fue porque tú no te quedaste —dijo, sin dureza.
Miguel abrió los ojos, encarándola.
—Tal vez —concordó—. Y eso me asusta ahora. Porque contigo… —se detuvo—. No quiero huir.
Isadora sintió algo alinearse dentro de ella.
—Entonces no huyas —dijo—. Pero tampoco te quedes por miedo.
Miguel respiró hondo.
—No sé exactamente qué es esto —admitió—. Pero sé que no quiero perderlo.
Isadora no respondió de inmediato. Se levantó y se puso frente a él, obligándolo a alzar la mirada.
—Mírame —dijo.
Miguel obedeció.
—No necesito que estés listo para todo —continuó ella—. Solo necesito que estés dispuesto a no empujarme fuera cuando sientas demasiado.
Miguel se levantó lentamente, quedando frente a frente con ella.
—Lo estoy —dijo, con la voz firme—. Lo estoy.
Isadora sintió los ojos aguarse, pero no dejó que las lágrimas cayeran.
—Entonces quédate —dijo—. De verdad.
El beso vino diferente a todos los otros. No fue solo deseo. Fue reconocimiento. Fue entrega consciente.
Las manos de él la sujetaron con más firmeza ahora, como si finalmente hubiera entendido que no necesitaba contenerse para protegerse.
Cuando se alejaron, Miguel apoyó la frente en la de ella.
—No prometo perfección —dijo.
—No quiero perfección —respondió Isadora—. Quiero presencia en los días difíciles.
—Puedo eso.
—Entonces es suficiente.
Aquella noche, Miguel no volvió a su propio cuarto.
No hubo prisa. No hubo urgencia ciega. Hubo cuidado en cada gesto, atención en cada límite respetado y sobrepasado con consentimiento.
Isadora no se sintió pequeña.
No se sintió usada.
No se sintió en deuda.
Se sintió elegida mientras elegía.
Y Miguel no sintió que estaba perdiendo el control.
Sintió que estaba ganando verdad.
Cuando se durmieron, el mundo allá afuera seguía al mismo ritmo. Pero algo había cambiado de forma definitiva dentro de aquel espacio.
No había más acuerdos silenciosos.
Ni defensas intactas.
Había dos personas conscientes del riesgo.
Y, aun así, dispuestas a quedarse.
Porque algunas conexiones no piden garantías.
Piden coraje.