Victoria no huyó por falta de amor, sino por instinto de supervivencia. Al descubrir que el hombre que amaba, Dante Moretti, era el heredero de un imperio manchado de sangre, decidió que sus hijos no nacerían en una jaula de oro rodeada de enemigos. Cinco años después, bajo una identidad falsa y en la humildad de un pueblo costero, Victoria cría a León y Cristo. Los gemelos son el vivo retrato de Dante: poseen su mirada gélida y un temperamento indomable que ella lucha por suavizar.
Dante, consumido por la amargura y la creencia de que Victoria lo abandonó por traición, ha pasado media década buscándola. Cuando una filtración de seguridad en su organización revela el paradero de su "única debilidad", Dante llega dispuesto a cobrar venganza. Sin embargo, el impacto de ver a dos pequeños guerreros con sus propios ojos cambia las reglas del juego. Ahora, Victoria debe volver al mundo que odia para proteger a sus hijos, mientras Dante descubre que el mayor peligro para su familia no está
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Capitulo 8
El silencio en la cabaña era una navaja de doble filo. Victoria retrocedió hasta que su espalda chocó contra la pared de madera, justo debajo de un cuadro enmarcado con un dibujo de los gemelos. Dante avanzó, invadiendo su espacio personal con la confianza de un depredador que conoce cada centímetro de su territorio.
Él levantó una mano, rozando con el dorso de sus dedos la mejilla de Victoria. Fue un contacto mínimo, pero para ella se sintió como una quemadura de hielo. Dante cerró los ojos un segundo, inhalando el aroma de ella: ya no era el perfume francés de cinco mil dólares que él le compraba, sino un olor terrenal a jabón de coco y esfuerzo.
—Estás tan cerca, Victoria... —susurró él, su voz vibrando en el espacio mínimo que los separaba—. Y a la vez pareces a un abismo de distancia.
Victoria giró la cara con violencia, rechazando el contacto. Sus ojos, empañados por una mezcla de rabia y una traicionera nostalgia, se clavaron en los de él.
—No me toques. No tienes derecho —siseó ella. El corazón le golpeaba las costillas, no solo por miedo, sino por la forma en que su cuerpo, estúpidamente, parecía recordar la calidez de aquel hombre—. Ese Dante, el que yo amaba, murió la noche que decidió que mi familia era prescindible. Tú solo eres el fantasma que heredó su rostro.
Dante apretó la mandíbula, y por un instante, la máscara de frialdad se agrietó. Su mano se cerró en un puño a centímetros de la cabeza de ella, golpeando la madera.
—No te vas a ir sin nosotros, ¿verdad? —preguntó ella, desafiante—. Eso es lo que quieres.
Recuperar tus "propiedades".
—No son propiedades, son mi sangre —replicó él, su rostro ensombrecido—. Y tienes razón. No me muevo de este pueblo sin los tres. Puedes venir por las buenas, manteniendo la paz para ellos, o puedes obligarme a ser el hombre que tanto temes. Tú eliges, Victoria. Pero el tiempo de las súplicas se acabó cuando vi a León mirarme con mis propios ojos.
La tensión entre ambos era casi física, una cuerda tensada al punto de ruptura. Él quería rodearla, reclamarla y castigarla por los años de silencio; ella quería herirlo tanto como él la había herido a ella. En ese espacio reducido, el odio era tan palpable como el deseo que quemaba bajo la superficie.
Tras la puerta: Los pequeños estrategas
Mientras en la sala el aire ardía, en la habitación de los gemelos el ambiente era gélido y calculador. León y Cristo estaban pegados a la madera de la puerta, escuchando cada inflexión de voz, cada movimiento.
León tenía el rostro endurecido. No había lágrimas, solo una determinación que le hacía parecer diez años mayor. Se alejó de la puerta y caminó hacia su mochila escolar.
—Mamá tiene miedo —susurró Cristo, cuyos ojos analizaban la situación con una rapidez asombrosa—. Ese hombre es fuerte. Tiene hombres afuera.
—No importa —respondió León, sacando un pequeño bote de canicas pesadas y una cuerda de saltar que Victoria le había comprado—. Es un intruso. Y los intrusos que hacen llorar a mamá no salen de aquí caminando.
Cristo asintió. No cuestionó la valentía de su hermano; él aportaría la lógica.
—Si ponemos la cuerda en el pasillo, tropezará —dijo Cristo, señalando el umbral—. Cuando caiga, yo usaré el spray de pimienta que mamá guarda en el cajón de la entrada. Tú usas tu resortera.
—No vamos a dejar que se la lleve —sentenció León, ajustando la goma de su resortera con una frialdad mecánica—. Me da igual quién sea. Si la toca otra vez, le daré donde duele.
Los niños se movieron con una eficiencia inquietante. No había juegos en sus rostros.
Estaban aplicando la "lógica" que León había mencionado en la escuela. Cristo comenzó a desparramar las canicas cerca de la entrada de la cocina, asegurándose de que quedaran ocultas bajo la alfombra delgada. León se posicionó tras la cómoda, con una piedra lisa cargada.
Eran los hijos de Dante Moretti en su estado más puro: protegiendo su territorio, eliminando la amenaza, sin importar el tamaño del enemigo.
La colisión inminente
En la sala, Dante sintió un escalofrío. Su instinto de supervivencia, forjado en mil emboscadas, le gritó que algo no estaba bien. Se apartó de Victoria, quien lo miraba con los labios apretados y los brazos cruzados.
—Escucha eso —dijo Dante, frunciendo el ceño.
—¿Qué? —preguntó Victoria, confundida.
—El silencio. Es demasiado perfecto.
Dante caminó hacia la habitación de los niños, con la intención de comprobar que estuvieran bien antes de dar la orden final a Marco. Victoria intentó detenerlo, pero él la apartó suavemente.
—¡No entres ahí, Dante! —gritó ella.
Él no escuchó. Puso la mano en el pomo de la puerta y la giró.
En el momento en que la puerta se abrió, el caos se desató. Dante dio un paso y su bota de diseño italiano resbaló sobre la marea invisible de canicas. El hombre más poderoso de la mafia tambaleó, perdiendo el equilibrio. En ese instante, Cristo salió de las sombras con el pequeño spray de defensa, pero antes de que pudiera activarlo, una piedra disparada con una puntería quirúrgica golpeó a Dante justo en el hombro, obligándolo a retroceder y caer de rodillas.
León salió de su escondite, con la resortera lista para un segundo tiro, sus ojos grises brillando con una furia ancestral.
—¡Fuera de mi casa! —gritó el niño,
posicionándose frente a su madre.
Dante, desde el suelo, no sintió rabia. Sintió un impacto emocional que lo dejó sin aliento. Miró a sus hijos: el estratega que había preparado la trampa y el ejecutor que no había dudado en disparar. Eran letales. Eran valientes. Eran suyos.
Victoria corrió hacia los niños, abrazándolos, temiendo la reacción de Dante. Pero él se quedó allí, de rodillas, mirando a León.
—Bien jugado —murmuró Dante, con una sonrisa sangrienta y orgullosa apareciendo en su rostro—. Pero para derribar a un Moretti, vas a necesitar algo más que piedras, cachorro.
Dante poniéndose en pie, limpiándose el polvo del traje, mientras Victoria comprende que, al atacar al intruso, sus hijos acaban de demostrarle a Dante que son exactamente lo que él necesita para asegurar su legado. Ya no solo los quería por sangre; ahora los admiraba por su instinto.
casi me termino las uñas 😂
Y están los niños sus hijos..
Ella se equivocó el también.
Su amor está ahí , a pesar de todo .
El que perdona , es el que más ama..