A solo tres semanas de pronunciar el «sí, quiero» ante el altar, la vida de Valery Lezcano vuela en pedazos. Su prometido, Adrián, se ha esfumado la noche anterior, escapando con quien solía ser su mejor amiga. Expuesta al escarnio público y con el orgullo roto frente a cientos de invitados, Valery se prepara para el peor colapso de su vida. Pero el desastre toma un giro inesperado cuando Marcos Sánchez da un paso al frente.
Marcos, el implacable, gélido y peligrosamente atractivo hermano mayor de Adrián, no está dispuesto a permitir que el apellido familiar se hunda en el fango. Con una mirada calculadora y una propuesta audaz, le ofrece un trato salvaje: casarse con él en ese mismo instante, unir sus fuerzas y orquestar una fría e implacable venganza contra los traidores.
El plan roza la perfección absoluta. Adrián se verá obligado a ver a su ex prometida del brazo del único hombre al que siempre ha temido y envidiado.
NovelToon tiene autorización de Miliarias para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 4
El silencio en la habitación principal del ático era casi reverente, roto únicamente por el suave rumor del aire acondicionado y el lejano latido de la ciudad bajo la noche. Valery salió del enorme cuarto de baño sintiendo que la piel le escocía suavemente tras una ducha caliente que no había logrado borrar la tensión de sus músculos.
Se miró de reojo en el espejo de la antesala. Vestía una delicada camisola de seda color champaña que se deslizaba sobre sus curvas como agua. Los finos tirantes de encaje apenas sostenían la prenda, dejando al descubierto sus hombros, su espalda y gran parte de su pecho, donde el suave sube y baja de su respiración delataba su agitación interna. Sentirse tan expuesta en un territorio ajeno la hacía sentir extrañamente vulnerable, pero también peligrosamente viva.
Al entrar al dormitorio principal, la única iluminación provenía de los ventanales de piso a techo. La luz de la luna y los destellos de los rascacielos de la ciudad bañaban la enorme cama matrimonial, vistiendo las sábanas de un gris metalizado y sombras profundas.
Marcos ya estaba allí.
Estaba recostado contra el alto respaldo de cuero de la cama, con una tableta en las manos y la mirada fija en unos informes financieros. Llevaba únicamente unos pantalones de pijama oscuros. Sin la formalidad del traje de etiqueta, su torso desnudo se revelaba imponente: una anatomía de líneas firmes y marcadas, hombros anchos y una piel bronceada que parecía absorber la luz de la luna. Al escuchar el leve roce de los pies descalzos de Valery sobre la alfombra, él levantó la vista.
Los ojos oscuros de Marcos se clavaron en ella. Valery experimentó un vuelco en el estómago al ver cómo la mirada de su ahora esposo descendía con una lentitud deliberada por todo su cuerpo, recorriendo el trayecto de la seda champaña hasta sus piernas descubiertas. El aire en la habitación pareció espesarse en un segundo.
—La cama es tuya —dijo él, su voz barítona sonando más profunda y rasposa en la penumbra—. Yo suelo trabajar hasta tarde, así que no te interrumpiré.
—Gracias —susurró ella, tratando de que su voz no delatara el temblor que de repente se había apoderado de sus rodillas.
Con movimientos medidos, Valery se deslizó bajo las sábanas de algodón egipcio de la enorme cama. El tejido estaba fresco, pero el espacio a su lado irradiaba un calor magnético que la empujaba a mantenerse en el borde opuesto. Se recostó de lado, dándole la espalda a Marcos, fijando la vista en la inmensidad de la ciudad a través del cristal.
Intentó cerrar los ojos y dormir, pero su mente se convirtió en un torbellino caótico. La traición de Adrián, los susurros despectivos de los invitados, la imagen de su ex mejor amiga Sienna sonriendo con malicia... Una ola de rabia pura, mezclada con la humillación que había contenido durante horas, comenzó a subirle por el pecho. Sentía una impotencia tan abrumadora que sus manos se cerraron en puños sobre las sábanas, y un temblor involuntario empezó a sacudir sus hombros. No quería llorar. Se negaba a derramar una sola lágrima por el cobarde que la había dejado plantada, pero la frustración física era imposible de controlar.
De repente, la pantalla de la tableta de Marcos se apagó, sumiendo la habitación en una oscuridad casi absoluta.
Valery contuvo el aliento, tratando de disimular sus espasmos de rabia, pero el colchón se hundió levemente bajo el cambio de peso. El sutil pero embriagador aroma a sándalo y cuero se acercó con lentitud.
Antes de que pudiera reaccionar, un brazo fuerte y cubierto de vello suave se deslizó con delicadeza por debajo de su cuello, mientras que la otra mano de Marcos se posó firmemente en su cintura, rodeándola por detrás. Con un movimiento fluido y seguro, Marcos tiró de ella hacia atrás, acortando la distancia hasta que la espalda de Valery impactó de lleno contra su pecho desnudo.
El contacto directo fue un shock de calor puro.
—Shh... Déjalo ir, Valery —susurró él contra su oído. Su aliento cálido le acarició la nuca, enviando un escalofrío directo a su vientre—. No vale la pena que te consumas por él. Ya no estás sola en esto.
Valery se tensó, intentando apartarse levemente.
—Marcos, el contrato... la distancia... —alcanzó a decir con la voz entrecortada, aunque la verdad era que el calor de su cuerpo era lo único que estaba logrando calmar el frío glacial de su rabia.
—Al diablo el contrato por esta noche —respondió él, su agarre en su cintura volviéndose un poco más firme, posesivo, pero increíblemente protector—. Estás temblando. Deja que te sostenga. Solo eso.
Valery cerró los ojos y, por primera vez en veinticuatro horas, se rindió. Dejó caer su peso contra el pecho de Marcos. La sensación de su espalda moldeándose a la perfección contra los firmes músculos pectorales de él era de una intimidad abrumadora. Podía sentir el latido constante, fuerte y pausado de su corazón, un metrónomo perfecto que poco a poco empezó a sincronizarse con el suyo.
La mano de Marcos en su cintura comenzó a moverse con lentitud, trazando círculos perezosos sobre la seda de la camisola. El roce de sus dedos largos y cálidos contra la tela generaba una fricción eléctrica que encendía la piel de Valery a cada paso. El calor de su pecho contra su espalda se filtraba a través de la delgada prenda, disolviendo la tensión de sus hombros y plantando, en su lugar, una semilla de atracción prohibida, ardiente y absolutamente incontrolable.
—¿Por qué haces esto, Marcos? —preguntó ella en un susurro que apenas compitió con el silencio—. Podrías haber dejado que me las arreglara sola. No tenías por qué casarte conmigo.
La mano de Marcos se detuvo por un segundo justo debajo de sus costillas, antes de reanudar sus lentas caricias.
—Porque odiaría ver que algo tan hermoso como tú termine destruido por alguien que no sabe lo que tiene —declaró él, con una honestidad tan cruda y ronca que le oprimió el pecho a Valery.
Ella tragó saliva, girando levemente la cabeza sobre la almohada. El movimiento la dejó a escasos centímetros del rostro de Marcos en la penumbra. Sus ojos se encontraron de nuevo, brillando con una chispa de deseo latente que ya no podían ocultar bajo el pretexto de un pacto de negocios. La respiración de ambos se volvió pesada, entrecortada, llenando el espacio entre sus labios con un calor compartido.
La mano de Marcos abandonó su cintura para subir lentamente por su costado, rozando la curva de su cadera y deteniéndose en su mejilla. Su pulgar delineó sus labios, húmedos y entreabiertos, con una suavidad que contrastaba con la fuerza que emanaba de todo su ser.
—Esta es una idea muy peligrosa, Sra. Sánchez —murmuró él, su mirada fija en la boca de Valery con una intensidad que la hizo jadear.
—Lo sé —susurró ella, inclinándose instintivamente un milímetro más hacia él, buscando el roce de su piel—. Pero creo que ya es muy tarde para tener miedo al peligro.
Marcos no respondió con palabras. En su lugar, estrechó el abrazo, hundiéndola aún más contra su cuerpo cálido mientras acariciaba su cabello. No la besó, respetando el último límite que los mantenía a salvo del abismo, pero la promesa implícita en la forma en que la sostenía quedó grabada en la oscuridad.
Esa noche, protegida por el calor del hermano mayor del hombre que la había traicionado, Valery no volvió a temblar de rabia. Pero mientras se quedaba dormida al ritmo de la respiración de Marcos, supo que la verdadera tormenta no vendría de la mano de Adrián, sino de la implacable atracción que acababa de nacer entre aquellas sábanas.