ella es bióloga marina volviendo a su pueblo costero para salvar el arrecife. el es el hijo del empresario que quiere construir el resort que lo destruiría. se odiaban en el colegio.diez años después la química no se fue
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Huir no siempre es cobardía
La camioneta negra seguía ahí a las 2:13 AM.
Marina metió el pasaporte, las fotos originales y una muda de ropa en una mochila. No se permitió pensar en lo que dejaba atrás. La casa de su madre, el laboratorio, el olor a sal del muelle 3. Si pensaba, no se iba.
El mensaje de Mateo llegó justo cuando apagaba la luz: _"Estoy en la calle de atrás. Sal por la ventana del baño. Hay una reja rota."_
Ella no preguntó cómo lo sabía. A los 17 él conocía todas las salidas de esa casa.
Saltó a la calle con la mochila golpeándole la espalda. Mateo estaba ahí, con una sudadera oscura y la cara tensa. No dijo nada. Solo le tomó la muñeca y tiró de ella hacia el callejón.
Corrieron dos cuadras sin hablar. Las botas de Marina hacían demasiado ruido.
"Hay dos tipos", susurró él cuando se detuvieron detrás de la iglesia. "Uno con una cámara. El otro tiene radio. No son de la policía".
Marina asintió. Lo sabía. Los hombres de Ricardo no usaban placas. Usaban miedo.
"¿Y ahora?" preguntó ella.
"Ahora nos vamos por el manglar". Señaló hacia el este, donde el agua se metía entre las raíces. "Tengo una lancha ahí. Si llegamos al embarcadero viejo, salimos de la bahía en 20 minutos".
"¿Y después?"
"Después decidimos si peleamos o nos escondemos". La miró. "Yo voto por pelear. Pero no sin ti viva".
Ella no discutió. No había tiempo.
Se metieron al agua fría del manglar hasta las rodillas. Las raíces les arañaban las piernas. El aire olía a lodo y a algo podrido. Marina pensó en los 17 años y en cómo todo había empezado igual: huyendo, en la oscuridad, con Mateo jalándola de la mano.
"¿Te acuerdas?", dijo ella sin querer.
"De todo", respondió él sin voltear. "Incluso de que te caíste aquí mismo y te reíste en lugar de llorar".
Llegaron a la lancha. Vieja, con motor de dos tiempos que tosió tres veces antes de encender.
Mateo soltó las amarras y se puso al timón.
"Agárrate".
Salieron de la bahía cortando la oscuridad. San Cristóbal se quedaba atrás, con sus luces amarillas y sus problemas. Por primera vez en días, Marina pudo respirar sin sentir que alguien le pisaba el pecho.
"¿A dónde vamos?" preguntó cuando el pueblo fue solo un punto.
"A Isla Negra". Mateo no la miraba. "Tengo una cabaña ahí. De mi abuelo. Nadie va en temporada baja. Tenemos 48 horas antes de que Ricardo mueva a sus abogados".
"¿Y Diego?"
"Diego va a decir que nos fuimos para protegernos. Eso le da tiempo de meter la denuncia federal sin que Ricardo la bloquee". Mateo finalmente la miró. "Confía en mí. Por una vez".
Marina no respondió. Confiar en él era lo que la había metido en esto hace diez años. Y también lo que la había traído de vuelta.
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La cabaña era una caja de madera con olor a humedad y sal. Una cama, una mesa, una estufa de gas. Nada más.
Mateo encendió la lámpara de queroseno y la dejó sobre la mesa. La luz amarilla le cortó la cara en sombras y luz. Se veía más joven así. Más parecido al chico que ella había besado en la playa.
"Hay agua caliente si quieres bañarte", dijo él, dándole la espalda. "Yo duermo afuera. En la hamaca".
"Vas a congelarte".
"Ya me congelé antes".
Marina se quitó la sudadera mojada y la colgó. Se quedó en camiseta y pantalones. Diez años de gimnasio y buceo se notaban. Mateo lo notó. No dijo nada, pero sus dedos se cerraron en un puño a los lados.
"Gracias", dijo ella de repente.
"¿Por qué?"
"Por no dejarme sola. Otra vez".
Él se volteó.
"No me ibas a dejar irme sin decir algo, ¿verdad?"
"No". Se acercó a la mesa. "Dijiste que ibas a explicarme por qué lo hiciste. El rumor. Lo de la secundaria".
Mateo se pasó una mano por la cara.
"Porque tenía miedo, Marina".
"¿Miedo de qué?"
"De que te fueras". La palabra salió rota. "Te besé en la fiesta. Y al día siguiente me miraste como si hubiera sido un error. Diego me dijo que si te arruinaba la beca, te quedabas. Que si te quedabas, tal vez me dabas otra oportunidad".
Marina se quedó sin aire.
"Yo no te miré así porque me arrepintiera. Te miré así porque mi papá me dijo esa mañana que lo habían despedido del muelle. Que nos íbamos a quedar sin casa si no vendía el terreno a tu papá".
Mateo se quedó quieto.
"¿Qué?"
"Tu papá compró el terreno de mi familia, Mateo. El mismo terreno donde ahora quiere el resort. Mi papá firmó porque le pagó el doble y le prometió trabajo a mi hermano". Se rió sin humor. "Yo no te odié por el rumor. Te odié porque pensé que lo sabías. Que habías usado eso para humillarme".
El silencio fue pesado. Peor que el de la sala del ayuntamiento.
Mateo se sentó en la orilla de la cama como si las piernas no le sostuvieran.
"Mi papá nunca me dijo eso".
"Claro que no". Marina se sentó frente a él. "Él no te dice las cosas que te harían dudar de él".
Diez años de odio se deshacían en esa frase.
Mateo levantó la vista. Sus ojos estaban brillando. No por el queroseno.
"Entonces todo este tiempo..."
"Todo este tiempo peleamos por algo que ni siquiera fue nuestra culpa". Marina se pasó una mano por la cara. "Somos idiotas, Mateo".
"Los peores".
Se rieron al mismo tiempo. Una risa baja, cansada, que se rompió cuando sus miradas se encontraron.
El espacio entre ellos desapareció sin que ninguno se moviera.
Mateo no preguntó. No pidió permiso. Se inclinó y la besó.
No fue como a los 17. No fue rápido, ni torpe, ni lleno de miedo. Fue lento. Como si tuviera miedo de romperla. Como si tuviera miedo de que ella se apartara.
Marina no se apartó.
Le puso las manos en el pecho y se acercó más. Diez años de rabia y de ganas se mezclaron en ese beso. Sabía a sal, a queroseno, a arrepentimiento y a algo que se parecía demasiado a casa.
Cuando se separaron, los dos estaban respirando mal.
"Marina", susurró él, con la frente pegada a la suya.
"No digas nada", respondió ella. "Si lo dices, lo arruinas".
"No voy a decir que te amo".
"Bueno".
"Porque ya lo sabes".
Marina cerró los ojos. Lo sabía. Lo sabía desde que lo vio en el muelle con el café en la mano.
"Vamos a dormir", dijo ella, levantándose antes de hacer algo de lo que se arrepintiera. "Mañana peleamos con Ricardo. Y con mi pasado. Y con el tuyo".
Mateo asintió. Se levantó y salió a la hamaca sin discutir.
Desde la puerta, Marina lo vio acomodarse. Se veía derrotado. Y al mismo tiempo, en paz.
Ella apagó la lámpara.
En la oscuridad, se permitió decirlo en voz baja.
"Yo también, Mateo".
Afuera, el mar respondió con una ola.