La vida de Ela se medía en fórmulas perfectas, aromas limpios y la calidez de una familia que lo tenía todo. Su padre, el fundador de una de las firmas de cosmética y skincare más exitosas del país, siempre creyó que el éxito se construía con integridad. Se equivocó. El éxito también atrae a los depredadores.
Cuando un influyente y despiadado conglomerado decide absorber la empresa familiar a cualquier precio, la negativa de su padre sella su destino. En una noche que Ela jamás podrá borrar de su mente, unos hombres irrumpen en su hogar. El castigo a la rebeldía de su padre es una tortura lenta y sistemática, ejecutada ante los ojos de Ela y de su madre, hasta que el último aliento de vida lo abandona.
Pero el horror no termina con la muerte.
En un último acto de protección, su padre nombra a Ela como la única heredera universal de la compañía. Al descubrirlo, los mismos verdugos inician una cacería implacable para obligarla a firmar la cesión de derechos. Sometida a un acoso físico
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EL FRÍO EN EL CRISTAL
La lluvia golpeaba el parabrisas con una violencia rítmica, pero para Ela, el único sonido real era el de su propio corazón latiendo desbocado en el pecho.
Desde la pantalla de su tableta, la transmisión de las cámaras de seguridad del piso veinte se había congelado de golpe debido al reinicio forzado por el mantenimiento de los servidores. El punto rojo que representaba a Julián había desaparecido del radar.
—Contesta, Julián... contesta —susurró Ela, apretando el auricular con los dedos fríos.
Nada. Solo estática.
De pronto, la puerta de servicio del muelle de carga se abrió de golpe y una silueta empapada emergió a toda prisa bajo la tormenta. Julián corría tambaleándose, abrazando con fuerza su chaqueta impermeable como si en ella llevara su propia vida. Tenía la gorra perdida, el cabello pegado a la frente y el pánico pintado en el rostro.
Abrió la puerta del copiloto con un tirón violento y se desplomó en el asiento, salpicando agua y jadeando como un animal acorralado.
—¡Arranca! ¡Arranca ya, Susana! ¡Maldita sea, muévete! —rugió, golpeando el tablero con la palma de la mano.
Ela metió la primera marcha y aceleró, haciendo que las llantas patinaran sobre el asfalto mojado antes de incorporarse a la avenida a oscuras. Mientras conducía con la mirada fija en el frente, observó de reojo a su esposo. Julián temblaba, no de frío, sino de una histeria desatada. En su mano derecha sostenía una navaja sucia con un hilo de sangre que la lluvia que entraba por la ventana empezaba a diluir.
—¿Qué pasó allá arriba? —preguntó Ela, manteniendo la voz lo más firme y calmada posible, interpretando a Susana hasta el final—. ¿Por qué tardaste tanto? Te dije que Kang estaba en el edificio.
—¡Me atrapó! —gritó Julián, pasándose la mano temblorosa por el rostro—. El maldito infeliz entró a la oficina cuando estaba cerrando la caja fuerte. Forcejeamos... me reconoció.
Ela sintió que el estómago se le caía al vacío.
—¿Te reconoció? Julián, estás loco. Si sabe quién eres, llamará a la policía. Nos van a arrestar a los dos.
—No va a llamar a nadie —siseó Julián, esbozando una sonrisa enferma y desquiciada que le heló la sangre a Ela—. Le di un tajo en el brazo para que me soltara. Pero antes de irme... le dejé un regalo. Le dije la verdad.
Ela clavó los frenos en un semáforo en rojo, haciendo que el auto derrapara levemente. Giró la cabeza para mirar a Julián con los ojos abiertos por el terror real.
—¿Qué le dijiste, Julián?
—Le dije que tú fuiste la que planeó todo —escupió él, mirándola con una mezcla de triunfo y locura—. Le dije que mi dulce Susana fue la que me dio los códigos de acceso, la que me esperó aquí abajo con el motor encendido. Le dejé claro que lo usaste, que te burlaste de él en su propia cara para conseguir este archivo. Si yo caigo, Susana... tú caes conmigo. Aquí somos socios en el crimen.
La respiración de Ela se detuvo.
Las palabras de Julián resonaron en su mente como campanas de iglesia en un funeral. Kang lo sabe. Sabe que "Susana" lo engañó. Sabe que la mujer a la que le abrió su corazón, la que besó en la montaña, la que creyó que era su único refugio limpio en un mundo podrido, era el cerebro detrás del robo de sus secretos más oscuros.
Ela sintió una punzada de dolor tan aguda en el pecho que por un segundo le costó respirar. No era el miedo a ser atrapada; era la devastadora certeza de haber destruido la fe del único hombre que la había mirado con verdadera ternura en toda su vida.
—¿Por qué hiciste eso? —susurró Ela, apretando el volante con tanta fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
—Para protegerme, mi amor —dijo Julián, estirando la mano para acariciarle la mejilla con un dedo húmedo y frío, un gesto que a Ela le causó una repulsión insoportable—. Ahora Kang sabe que si va a la policía, tu nombre y tu reputación saldrán a la luz pública. No se atreverá a denunciarme si eso significa arrastrarte a ti también al fango. Y mira... mira lo que conseguí.
Julián abrió la cremallera de su chaqueta y sacó la carpeta de cuero lacrada y la memoria USB blindada.
—Aquí está. La auditoría secreta. El seguro de vida contra el viejo patriarca. A partir de mañana, Althea es nuestra.
Ela miró el metal frío de la memoria USB. Había logrado su objetivo. Tenía las pruebas para destruir al holding y al asesino de su padre. Pero al mirar el reflejo de su rostro reconstruido en el cristal de la ventana, empapado por la lluvia exterior, se preguntó si el precio de su venganza no había sido, finalmente, su propia alma.
Mientras tanto, en el piso veinte del edificio Althea, el silencio había regresado, pero era un silencio sepulcral, cargado de muerte.
Kang permanecía de pie en el centro de su oficina en penumbra. El hilo de sangre de su antebrazo había empapado la manga de su camisa blanca, goteando lentamente sobre la alfombra gris. No le importaba el dolor físico. Sus ojos, apagados y desprovistos de toda la luz que Susana había encendido en ellos, miraban el vacío de la calle abajo.
El utilitario gris ya no estaba. Ella se había ido, llevándose consigo la última pizca de humanidad que a él le quedaba.
La puerta de la oficina se abrió con suavidad. La silueta elegante de Victoria apareció bajo el marco, sosteniendo un paraguas cerrado. Sus ojos recorrieron la escena: la caja fuerte abierta, la sangre en el suelo y la mirada vacía del CEO.
—Parece que ha habido un accidente aquí, señor Kang —dijo Victoria con una voz suave y melodiosa, desprovista de toda sorpresa.
Kang no se giró. Su voz, cuando habló, fue un susurro de hielo puro que hizo que incluso la experimentada Victoria sintiera un escalofrío en la nuca.
—Ella me usó —dijo Kang.
—Todos usamos a alguien en este mundo, querido —respondió Victoria, dando un paso al frente—. La pregunta es... ¿qué vas a hacer ahora que sabes que la pista de baile siempre estuvo maldita?
Kang giró la cabeza lentamente. La luz de un relámpago recortó sus facciones, ahora endurecidas, desprovistas de piedad. El hombre que estaba dispuesto a quemar su propio imperio por amor había muerto esa noche. En su lugar, el implacable CEO de Althea había regresado.
—Voy a cazarlos —sentenció Kang—. A los dos. Y cuando los tenga de rodillas, desearán que esa oficina hubiera sido lo único que les robé.