Una noche de alcohol erróneo, una suite a oscuras y una pasión salvaje que Sasha Castro no debió vivir. Al amanecer, el misterioso hombre desapareció, dejándole lagunas mentales y un embarazo de gemelos que la obligó a madurar a golpes.
Cinco años después, la rebelde indomable es una madre leona. Pero su mundo se desmorona: su hijo Oliver se debate entre la vida y la muerte por una leucemia agresiva. Nadie en su familia es compatible. El niño necesita la sangre de su padre biológico, un hombre cuyo rostro ella ni siquiera recuerda.
Para salvarlo, el clan Castro inicia una cacería implacable que desentierra un nombre: Ethan Vance, un frío y hermético CEO multimillonario. Él ignora que fue víctima de una trampa del pasado... y que es padre.
El tiempo se agota. Sasha debe arrastrar al implacable magnate a su red antes de que el secreto estalle, sin saber que el peligro que acecha al CEO amenaza con destruirlos a todos.
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CAPITULO 2. LA COPA DEL DESTINO.
La música en el salón de baile principal continuaba sonando, pero para Sasha todo ese ruido se había convertido en un murmullo lejano y molesto. No podía apartar la mirada de Ethan Vance, que seguía junto al ventanal observando la noche con una solemnidad que le encogía el corazón. Para una chica que siempre había huido de las ataduras, la fría quietud de ese hombre era como un imán.
Sintiéndose de pronto acalorada y un tanto asfixiada por la opresión de las miradas ajenas, Sasha se levantó de la banqueta de piel de la barra. Necesitaba un trago rápido, algo que la ayudara a calmar el temblor de sus manos antes de tener que regresar con su familia. Caminó hacia una de las mesas auxiliares de la zona VIP, donde los camareros dejaban las bandejas con copas preparadas.
Su mente, perdida en el torbellino de sus propios sentimientos de insuficiencia, la traicionó. Alargar la mano hacia la bandeja de cristal fue un acto puramente reflejo. Sus dedos rozaron el cristal tallado de una copa que contenía un licor de tono dorado y ambarino. No se percató de que esa mesa en particular estaba reservada para la comitiva extranjera, ni de que el líquido ya no era puro. Sin pensarlo dos veces, Sasha dio dos sorbos generosos, buscando que el alcohol adormeciera la punzada de angustia que le apretababa el pecho.
Al principio, el licor le supo dulce, con un ligero regusto a frutos secos, pero al cabo de apenas un par de minutos, una extraña sensación comenzó a extenderse desde su estómago hacia todo su cuerpo.
No era la calidez habitual del alcohol. Era un calor abrasador, repentino y violento que le hizo jadear levemente. Las luces doradas del salón comenzaron a distorsionarse, creando halos borrosos ante sus ojos. Sintió que el aire de la estancia se volvía denso, pesado e imposible de respirar. Las pulsaciones de su corazón se aceleraron a una velocidad matemática que la asustó por completo; sentía los latidos retumbando con fuerza en sus oídos.
—Tengo que salir de aquí... —susurró para sí misma, apoyándose un segundo en la pared de mármol para no perder el equilibrio.
La neblina en su mente avanzaba con rapidez, nublando cualquier capacidad de razonamiento. Desesperada por buscar un rincón oscuro y fresco alejado del tumulto, Sasha caminó hacia el pasillo trasero que conducía a los ascensores privados del hotel. Sabía que en el último piso se encontraba la terraza del ático, un lugar que a esa hora de la noche debía estar desierto y expuesto a la brisa fría de la madrugada.
Sus piernas se sentían pesadas, como si caminara sobre arena movediza, y la seda roja de su vestido parecía quemarle la piel. Al llegar al vestíbulo de los ascensores, pulsó el botón de subida con los dedos temblando descontroladamente. La campana dorada del ascensor sonó con un sutil clic y las puertas de metal pulido se abrieron de par en par.
Sasha dio un paso hacia el interior de la cabina, pero se detuvo en seco, aferrándose al marco de la puerta.
El ascensor no estaba vacío.
Ethan Vance permanecía allí dentro, apoyado contra la pared de espejo del fondo. Se había aflojado el nudo de la corbata de seda negra y los dos primeros botones de su camisa sastre blanca estaban desabrochados, dejando al descubierto la base de su cuello musculoso. Su rostro, habitualmente una máscara de hielo tallada a la perfección, lucía ruborizado por la misma oleada de calor violento, y una fina capa de sudor perlaba su frente. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos y distantes, estaban empañados por una neblina densa, inyectados en un deseo oscuro y confuso que el veneno en sus venas estaba desatando.
Él también había bebido de la botella alterada en la mesa VIP.
Las puertas del ascensor se cerraron a la espalda de Sasha de forma automática, encerrándolos en una cabina de mármol y espejos que se sentía como una jaula de cristal a punto de estallar. El espacio, que solía ser amplio, se redujo a la nada ante la intensidad de la cercanía física. Un aroma embriagador a cítricos oscuros, tabaco rubio muy suave y un fondo de ámbar magnético inundó los sentidos de Sasha, desarmando la última pizca de lógica que le quedaba en el cerebro. Era una fragancia masculina, peligrosa y adictiva que se grabó a fuego en su subconsciente.
Ethan alzó la mirada, fijando sus ojos oscuros en la silueta de Sasha. Al verla vestida de rojo carmín, con el cabello oscuro cayendo alborotado sobre sus hombros y la respiración entrecortada por el efecto de la sustancia, el último vestigio de su legendario autocontrol se desvaneció. Un gemido ronco, un sonido animal y desprovisto de toda frialdad ejecutiva, escapó de su gárganta.
Dando un paso al frente que pareció hacer vibrar el suelo del ascensor, Ethan acortó la distancia entre ambos. Su mano derecha, grande, firme y abrasadora, atrapó la cintura de Sasha con una fuerza posesiva que la hizo soltar un jadeo agudo contra su pecho.
—¿Quién eres...? —susurró Ethan con la voz rota, áspera por el deseo y la droga, inclinándose sobre ella hasta que su respiración caliente rozó sus labios—. Quemas... maldita sea, quema por dentro...
Sasha alzó los ojos, atrapada en esa mirada oscura que ya no tenía rastro de soledad, sino un fuego salvaje que la llamaba a gritos. Su propia rebeldía, potenciada por el fármaco que corría por su sangre, la empujó a no retroceder. Apoyó sus manos temblorosas sobre los hombros anchos de Ethan, sintiendo la firmeza de sus músculos bajo la tela del traje, entregándose al abismo de esa cercanía prohibida en la penumbra de la cabina que continuaba subiendo en silencio hacia la noche más oscura de sus vidas.