La historia sigue a Anna, una joven cuya vida ha sido planificada como una transacción comercial por su madre, una mujer ambiciosa que ve en el matrimonio de su hija la salvación de su estatus. Anna, buscando un último respiro de rebeldía, se entrega a una noche de pasión con Sebastián, un extraño de mirada peligrosa y reputación cuestionable.
El conflicto estalla cuando Anna descubre que el "desconocido" de esa noche no solo es el hermano de su futuro marido, sino el hombre que habitará bajo su mismo techo.
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felicidad
—Dime que es por él —gruñó con la voz rota por el deseo—. Dime que cuando cierras los ojos te imaginas que es él quien te toca así, ¡miénteme, Anna! Porque si no lo haces, voy a creer que finalmente te he ganado.
—!Te dije que no!— dije empujándolo, Sebastián paró enseguida y se detuvo en la puerta.
—Y los jornaleros... no les prohibí ir. Solo les dije que si necesitaban algo más que medicinas, como trabajo o ayuda económica, me lo dijeran. Pero la gente siempre piensa que los Sáenz queremos algo a cambio. No supe cómo explicarles que solo quería ayudarlos... por ti. Porque sé que eso es importante para ti.
Yo me deje caer en la cama, temblando por lo que había sentido.
En cuestión de segundos escuché el auto de Sebastián salir de la casa a toda velocidad.
Las lágrimas volvieron a inundar mis ojos, esta vez mezcladas con confusión y un nudo en la garganta que no lograba deshacer. Me arrodillé en la cama, abrazándome a mis rodillas mientras el sonido del motor del auto se desvanecía en la distancia.
Por ti...
No podía sentir nada por el, pues me acusaba de querer solo dinero engañarlo, cuando el había aceptado un trató con mi madre a cambio de dinero mi boda con el, podía notar su odió en sus ojos.
...A la mañana siguiente......
Me levanté muy temprano y me dí un baño y me puse un pantalón de mezclilla y botas, blusa blanca, algo cómodo para poder ir a ver a los trabajadores.
El agua fría de la ducha no logró borrar la sensación de las manos de Sebastián sobre mi piel, ni tampoco el eco de sus palabras. ¿Realmente lo había hecho por mí? ¿Había intentado acercar a la gente al consultorio solo para verme sonreír? Una parte de mí quería creerlo, pero la otra recordaba el desprecio con el que me acusó de ser una interesada.
Salí de la habitación con el corazón blindado. Bajé las escaleras y el silencio de la mansión me pareció más opresivo que de costumbre.
—¿El patrón volvió anoche, Rocío? —pregunté, tratando de sonar indiferente mientras me ajustaba mi sombrero.
Rocío, que estaba limpiando el gran jarrón del vestíbulo, me miró con una mezcla de tristeza y preocupación.
—No, mi señora. El auto no ha entrado en toda la noche. Pero dejó órdenes antes de irse... —titubeó ella.
—¿Qué órdenes? —sentí que el aire se me escapaba.
—Dijo que hoy nadie la molestara. Que los capataces tienen la orden de enviar a cualquier persona con un rasguño directamente a usted. Y que si usted necesitaba salir de la hacienda... tiene la camioneta gris a su disposición, con las llaves puestas.
—Rocio, por favor acompáñame, a hablar con la gente, para que tengan la confianza de ir a mi consultorio.— dije desconcertada por las nuevas órdenes que había dado Sebastián.
Rosa no dijo nada solo salió detrás de mi y pude notar que el jefe de seguridad ya estaba a una distancia considerable de mi.
Ambas subimos a unos caballos y llegamos donde estaban todos los jornaleros.
El jefe de seguridad, cumpliendo la promesa de Sebastián, detuvo su caballo a unos cincuenta metros, dándonos el espacio que tanto había reclamado.
Los hombres se quitaron los sombreros al vernos llegar. Sus rostros estaban curtidos por el sol y marcados por la fatiga.
—¡Buenas tardes a todos! —dije con voz clara, bajándome del caballo antes de que Rocío pudiera ayudarme. Quería estar a su nivel—.
Mi nombre es Anna. Sé que muchos me ven como la mujer del patrón, pero antes que eso, soy médico.
Un murmullo recorrió al grupo. Me acerqué a un hombre que tenía un vendaje improvisado y sucio en la mano.
—No vengo a vigilarlos, ni a pedirles nada a cambio. El consultorio que ven allá abajo es de ustedes. Si sus hijos tienen fiebre, si sus mujeres necesitan atención o si ustedes se lastiman trabajando, por favor, vayan. No habrá listas, ni cobros, ni represalias. Tienen mi palabra de mujer y de doctora.
El hombre de la mano herida me miró con incredulidad.
—¿El patrón sabe esto, señora? Él nunca hace nada por nada.
—El patrón fue quien dio la orden de que nadie los molestara mientras estuvieran conmigo —respondí, y al decirlo, sentí una extraña punzada de culpa en el pecho—. Él... él quiere que este lugar funcione, que estén sanos al igual que sus familias para que trabajen con mucha energía.
Rocío intervino, reforzando mis palabras con la confianza que ellos le tenían a ella. Poco a poco, la tensión se disipó y algunos empezaron a hacerme preguntas. Me sentí útil, sentí que por fin estaba logrando algo real en medio de este caos.
Al regresar al consultorio estaba realmente contenta un par de mujeres embarazadas llegaron.
Por primera vez veían a sus bebés en un ultrasonido.
Ver las caras de aquellas mujeres cuando escucharon el latido rítmico de sus bebés por primera vez fue algo que me sanó el alma. Sus ojos se llenaron de lágrimas y, por un momento, me olvidé de que estaba en una jaula de oro. El sonido del corazón —un eco rápido y constante— llenaba el pequeño consultorio, recordándome por qué había estudiado medicina: para proteger la vida
Está muy sano —les decía, mientras deslizaba el transductor sobre sus vientres—. Miren, esa pequeña mancha ahí... es su mano.
Las mujeres se fueron agradecidas, dejándome una sensación de paz que no había sentido en semanas. Pero la paz en la vida de un Sáenz siempre es el preludio de una tormenta.