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Obsesión por la Niñera

Obsesión por la Niñera

Status: Terminada
Genre:Romance / Matrimonio contratado / Mafia / Niñero / Romance de oficina / Completas
Popularitas:258
Nilai: 5
nombre de autor: Cintia _Escritora

Clara es una joven valiente que, tras la muerte de su padre y frente a las dificultades económicas de su familia, ve en un trabajo como niñera la oportunidad de cambiar la vida de todos. Es contratada para cuidar de Pedro, un niño pequeño y frágil, en la lujosa e imponente mansión de Enrico, un hombre rico, autoritario y enigmático.

Al principio, Enrico impresiona a Clara con su mirada intensa, sus reglas estrictas y su actitud distante, transmitiendo poder y control en cada gesto. Pero, a medida que Clara se acerca a Pedro, ganándose su confianza y demostrando dedicación y cariño, surge una tensión silenciosa entre ella y Enrico. Entre enfrentamientos y momentos de vulnerabilidad, nace la semilla de un sentimiento inesperado, delicado y peligroso, pues Enrico es tan intenso como misterioso.

NovelToon tiene autorización de Cintia _Escritora para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Me despierto con un sonido amortiguado... es... un gemido.

¡Pedro!

Me giro rápidamente hacia un lado, él se retuerce en la cama, con la carita roja, el cuerpo demasiado caliente. Pongo la mano en su frente y siento el calor subir por mis dedos.

—Dios mío... estás ardiendo.

Miro el reloj en la pared. Tres y veinte de la mañana.

Cojo el termómetro de la caja de medicinas y espero los segundos que parecen horas. Cuando pita, siento que el estómago se me hunde: 39,5°C.

—Calma, Pedrinho... calma, estoy aquí... susurro, intentando mantener la voz firme.

Lleno la bañera con agua tibia. Cojo a Pedro en brazos, le doy un baño tibio, y le pongo ropa más fresca.

Vuelvo a la caja de medicinas, cojo el antitérmico que el médico dejó indicado y preparo la dosis. Él lo traga despacio, refunfuñando, con el cuerpo sudado.

Espero. Diez minutos. Quince. Veinte.

Nada.

La fiebre no baja. Y él empieza a temblar.

Mi corazón se dispara.

No se puede esperar más.

Sin pensarlo dos veces, salgo del cuarto descalza y cruzo el pasillo hasta el cuarto del Sr. Enrico. Llamo a la puerta, pero no oigo respuesta. Llamo más fuerte.

Nada.

—¿Sr. Enrico? Llamo intentando no gritar, pero estoy desesperada.

Nada.

—¿Sr. Enrico?

Decido abrir la puerta. La luz del pasillo ilumina el cuarto y él se despierta asustado y perdido.

—¿Qué? ¿Qué pasa?

Pregunta confuso y parpadeando para ajustar la visión a la luz.

Sólo entonces me doy cuenta de que está sólo en calzoncillos.

Se ve el volumen incluso sin estar excitado.

No se puede negar... es guapísimo. Tiene un cuerpo perfecto, la piel morena, el cuerpo fuerte y definido. Por un segundo... un segundo idiota... me quedo paralizada. La imagen de él medio somnoliento, el pelo revuelto, la respiración aún pesada.

Pero enseguida sacudo la cabeza, intentando concentrarme.

—Pedro tiene fiebre muy alta. Hablo rápido.

—Le he dado un baño, le he puesto ropa fresca, le he dado la medicina, pero no baja. Está temblando.

Él se despierta completamente, como si hubiera recibido una descarga.

—¿Cuánto?

—Casi cuarenta grados.

—Maldita sea.

Se pasa la mano por la cara, respira hondo y habla con voz firme:

—Vístete, voy a coger las llaves.

Corro al cuarto, me pongo un chándal y me recojo el pelo. Cuando vuelvo, él ya está con pantalones de chándal y camisa oscura, cogiendo la chaqueta.

Me mira por un instante, el tipo de mirada que corta el aire.

—Vamos.

De camino al coche, él lleva a Pedro en brazos. El niño apoya la carita sudada en el pecho de su padre, aún temblando, y Enrico lo abraza con cuidado, pero firme. Se ve en su rostro el pánico disfrazado. El hombre frío y controlador parece otro ahora.

Entro en el asiento de atrás, sujetando a Pedro en mi regazo, mientras el coche avanza por la carretera. Afuera, todo es silencio. Dentro del coche, sólo el sonido del motor y el ruido de la respiración pesada de Enrico.

—¿Estaba bien antes de dormir? Pregunta, con los ojos fijos en la carretera.

—Sí. Jugó un poco, se duchó, cenó bien... todo normal.

—Esto no puede pasar.

—La fiebre pasa, Señor Enrico. Es el cuerpo reaccionando.

Él aprieta el volante con fuerza.

—No admito fallos.

Le miro con rabia.

—Esto no es un fallo. Es un niño, no una máquina.

Él no responde. Pero su mandíbula se contrae. Y, aún así, percibo, entre líneas, que el miedo habla más alto que el orgullo.

Cuando llegamos al hospital, él salta del coche y corre, aún con su hijo en brazos. Los médicos vienen rápido. Yo les sigo, intentando no perder a Pedro de vista.

Llevan al niño a una sala de atención.

Me quedo fuera, esperando. Me siento, con las manos sudando, el corazón acelerado.

De repente, él viene hacia mí.

—¿Está bien? Pregunto ansiosa.

—Deberías haberme despertado antes. Dice en tono áspero.

—¡Me desperté y vi que no estaba bien, hice los procedimientos y luego fui a llamarle!

—¡Tardaste!

Me levanto de la silla, con la sangre hirviendo.

—¿Quiere saber qué? No puede culparme, no puedo controlar cuándo un niño va a tener fiebre, ¡así que adelante! Hablo, casi llorando de rabia.

—¡Pero no se atreva a culparme por negligencia porque hice todo lo posible para resolverlo!

Él da un paso atrás, como si mis palabras le hubieran golpeado.

Y, entonces, dice con esa frialdad cortante:

—Estoy diciendo que deberías estar más atenta.

—¿¿ATENTAAA?? Grito y todos nos miran.

El mundo se congela.

Mi pecho se aprieta.

—¡No me culpe! Amo a Pedro como si fuera mío.

La voz falla. Y antes de que pueda contenerme, las lágrimas resbalan.

Intento disimular, giro la cara. Pero él lo ve.

Y su mirada cambia.

El hombre arrogante, rígido, parece desaparecer por un instante.

Él duda, como si no supiera qué hacer.

Después se acerca despacio.

—Clara... yo... empieza, pero se detiene en medio. Respira hondo, aprieta los ojos y susurra

—Lo siento. Estoy nervioso.

Es la primera vez que oigo esto de él.

Nos quedamos allí, en silencio, lado a lado, sentados en la sala fría del hospital. El reloj marca las cuatro y media de la mañana.

El médico sale de la sala.

—Ya hemos controlado la fiebre. Fue una virosis, pero llegó a deshidratarse un poco. Vamos a mantenerlo en observación hasta mañana por la mañana.

Siento que las piernas me fallan de alivio.

—Me alivia que esté bien.

Cuando entramos en el cuarto, él duerme tranquilo, con el rostro menos rojo. Enrico se sienta en el sillón al lado de la cama, exhausto. Yo me quedo de pie, observando al niño, aún con el corazón acelerado.

—Deberías descansar. Dice, con la voz ronca.

—¿Y usted? Pregunto.

—Yo... no puedo.

Le miro. Por primera vez, le veo sin esa armadura de frialdad.

Los ojos cansados, la mandíbula relajada, el peso de la preocupación evidente.

—Sabe... hablo bajo. A veces, no se trata de controlar todo. A veces se trata sólo de estar juntos, incluso sin saber qué hacer.

Me mira fijamente por un instante demasiado largo.

El tipo de mirada que parece atravesarte.

Después, simplemente asiente.

El silencio entre nosotros ya no es hostil. Es... extraño. Un tipo de entendimiento que surge de la nada.

Me siento al lado de él. Nos quedamos allí, mirando a Pedro dormir.

Y, por primera vez, le veo respirar hondo, como si el aire hubiera vuelto a sus pulmones después de mucho tiempo.

Y yo también respiro.

Sin darnos cuenta, nuestras manos se tocan por un segundo en el borde de la cama. Él se retira, como si hubiera recibido una descarga. Yo también.

Pero algo cambia.

No hay interés, no hay intención, sólo una presencia compartida en medio de la madrugada, en un hospital silencioso.

Y es allí, en aquel momento improbable, que me doy cuenta:

Detrás del hombre duro, existe un padre que ama desesperadamente.

Y quizás, sólo quizás... un corazón que empieza a abrirse.

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