Seiscientos años de leyenda nos han contado la historia del invicto, del ronin que jamás perdió un duelo. Pero la historia olvidó mencionar la batalla número 62: la que Musashi libró cada noche contra su propia sombra.
Este libro no es una crónica de cortes y acero, sino el mapa de un laberinto mental. Descubre al hombre detrás del mito, aquel que comprendió que vencer a mil enemigos es insignificante comparado con la tarea de dominarse a uno mismo. Aquí no encontrarás al héroe de piedra, sino al ser humano que sangró en silencio, enfrentando demonios que ninguna katana podría cortar.
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El Peso de ser el Mejor bajo el Cielo
Sasaki Kojiro no volvió a moverse. Su cuerpo, que apenas unos minutos antes era un prodigio de gracia y precisión, se convirtió en un fardo pesado sobre la arena de la isla de Ganryu. El carmesí que brotaba de su cabeza se extendió en un abanico irregular, una mancha que el mar de Shimonoseki, con una paciencia milenaria, comenzó a lamer rítmicamente. Las olas llegaban, se teñían de rosa y se retiraban, como si el océano mismo estuviera intentando limpiar la mancha de una tragedia que no comprendía.
En la orilla, el tiempo se detuvo. Los oficiales del clan Hosokawa, hombres que habían visto cientos de ejecuciones y duelos, se quedaron petrificados. No hubo vítores. No hubo aplausos para el vencedor. El silencio era tan denso que el grito de una gaviota a lo lejos sonó como un trueno. Musashi permaneció de pie, con el pecho agitado y el bokken de madera todavía firme en su mano. El sudor le escocía en las heridas abiertas de su cuello, y la sangre del remo goteaba pesadamente sobre la arena blanca, trazando un camino de puntos negros.
Esperó.
Esperó que el universo le enviara una señal. Alguna chispa de orgullo, una ráfaga de alivio, la sensación de que, al haber vencido al "Demonio de las Provincias Occidentales", su propia piel dejaría de picarle. Pero el milagro no ocurrió. Dentro de él, el vacío no se llenó; al contrario, pareció expandirse, reclamando más espacio en sus entrañas.
Se tocó la frente. El corte que Kojiro le había infligido antes de caer seguía manando. Era un dolor punzante, pero extrañamente honesto. Era un dolor físico, localizable, pequeño. No era ese tormento invisible que lo obligaba a caminar de provincia en provincia.
...La Corona de Aire...
Uno de los oficiales, con las vestiduras agitadas por el viento salino, se acercó con pasos vacilantes. No miraba a Musashi; sus ojos estaban fijos en el cadáver de la leyenda que yacía a sus pies.
—Has ganado, Miyamoto Musashi —dijo el hombre, y su voz tembló un poco—. A partir de hoy, eres el mejor bajo el sol. No hay nadie en las islas de Japón que pueda sostenerte la mirada.
Musashi lo escuchó, pero las palabras le parecieron cáscaras vacías. "El mejor bajo el sol". ¿Qué significaba eso? ¿Que ahora era el asesino más eficiente? ¿Que su capacidad para romper huesos era superior a la de cualquier otro ser humano? Se inclinó lentamente, ignorando el dolor de sus rodillas, y recogió la saya de madera que Kojiro había lanzado al mar al inicio del duelo. La depositó con cuidado sobre el pecho del muerto, un gesto de respeto que no sabía de dónde venía. En su mundo de sangre, nunca hubo espacio para la cortesía, pero frente a la paz definitiva de Kojiro, sintió que el acero merecía una funda, aunque el alma ya no tuviera cuerpo.
—Terminó —murmuró Musashi. Y sin esperar permiso, caminó hacia su pequeño bote.
...El Sueño de la Nada...
En el viaje de regreso, Musashi no tomó los remos. Dejó que la marea y las corrientes caprichosas del estrecho decidieran su rumbo. Se sentó en el fondo de la embarcación, abrazando sus rodillas contra el pecho como lo hacía cuando era un niño en el templo de Shorei-an. Miró hacia arriba. El cielo era un azul infinito, salpicado de nubes blancas que se deshilachaban sin prisa.
Todo seguía igual. Las aves seguían buscando peces, el sol seguía quemando, y la gente en tierra seguiría pagando impuestos y cultivando arroz. Había matado al hombre más fuerte de la era, y el mundo no se había detenido ni un solo segundo para reconocerlo.
Se rascó el cuello con furia. La costra estaba allí, dura y seca. Por primera vez en su vida, una idea aterradora cruzó su mente: tal vez la enfermedad no estaba en su piel. Tal vez lo que le picaba era el alma, una parte de él que no sabía cómo existir sin el conflicto, una parte que se alimentaba del choque del acero para sentirse viva.
Cerró los ojos, agotado por el sol y la adrenalina. Esperaba que su mente proyectara la cara de Kojiro, o el brillo de su nodachi, o el sonido del cráneo rompiéndose. Quería que su subconsciente le diera una explicación. Pero no soñó con nada. Solo vio un espacio negro, vasto y silencioso. Un vacío que no era aterrador, sino simplemente infinito.
...El Santo de las Cicatrices...
Cuando puso un pie en tierra firme, no se detuvo a cobrar la recompensa prometida ni aceptó las invitaciones de los dojos locales que ya empezaban a enviar mensajeros. Caminó durante tres días sin rumbo fijo, atravesando aldeas donde su nombre ya corría más rápido que el viento.
La gente se apartaba a su paso. Los campesinos dejaban de labrar y se cubrían los ojos, y los ronin más jóvenes lo miraban con una mezcla de envidia y terror. Susurraban entre dientes:
—Ahí va. El que venció al invencible. El Santo de la Espada.
Musashi los oía y sentía ganas de gritar. ¿"Santo"? ¿Cómo podía ser un santo alguien que recordaba perfectamente el peso del cuerpo de un niño de trece años al que le rompió el cuello en un pinar? ¿Cómo podía ser un santo alguien que tenía las uñas negras de tierra y sangre seca? Los títulos que el mundo le otorgaba eran solo nuevas prisiones, nombres que intentaban domesticar a la bestia que él mismo no lograba comprender.
...La Revelación de la Taberna...
Una semana después, exhausto y con la piel ardiendo bajo el sol de Kokura, entró en una posada mugrienta. Pidió sake. El posadero, un hombre menudo con ojos de rata, reconoció de inmediato las costras del cuello y el porte de gigante de aquel hombre. Le sirvió la jarra con manos temblorosas y se negó a aceptar el pago.
Musashi bebió solo en un rincón oscuro, tratando de lavar el sabor de la sal de sus labios. En la mesa contigua, dos mercaderes de telas discutían con entusiasmo.
—Dicen que Musashi usó magia —decía uno, bajando la voz—. Dicen que el remo que talló estaba bendecido por un tengu y que ni siquiera tuvo que tocar a Kojiro para matarlo.
—Yo oí que ahora va camino a Edo —añadió el otro—. Que va a desafiar al maestro de armas del Shogun y que no dejará a un solo samurái con cabeza en la capital.
Musashi dejó el vaso sobre la madera con un golpe seco. El posadero se encogió, esperando un estallido de violencia. Musashi se puso de pie, su sombra proyectándose larga y amenazadora sobre la pared.
—No voy a ir a Edo —dijo, y su voz sonó como el crujido de la tierra seca—. No voy a ir a ningún lado porque ya no hay ningún lugar a donde la espada pueda llevarme.
Salió a la frescura de la noche. La luna llena colgaba sobre los tejados de Kokura, blanca y fría como el ojo de un muerto. Y por primera vez desde que salió de la provincia de Harima, Musashi se sintió perdido.
...El Comienzo del Segundo Combate...
Esa noche, bajo la luz plateada, entendió la lección más dura de su vida. Matar a Kojiro no lo había curado porque la espada no es una medicina; es un tajo. Cada vez que mataba, solo lograba arrancarse la costra por un momento, obteniendo un alivio de un segundo antes de que la sangre volviera a brotar y la picazón regresara con más fuerza.
Sesenta y un hombres. Sesenta y un veces que había esperado que el final del combate fuera el principio de la paz. Sesenta y un fracasos.
Miró sus manos. Eran manos de asesino, manos que habían sido entrenadas para destruir, para romper la armonía del mundo.
—Ya estuvo —se dijo a sí mismo, y las palabras pesaron más que su bokken—. Ya estuvo de matar.
Con esa resolución, Miyamoto Musashi cerró el libro de su juventud sangrienta. Entendió que su verdadero enemigo no era Kojiro, ni su padre, ni los guerreros de Japón. Su verdadero enemigo era ese vacío que intentaba llenar con violencia.
Había terminado su carrera como el guerrero más fuerte, pero apenas estaba comenzando su combate más difícil: el combate contra sí mismo. El combate que no se ganaba con un palo de madera, sino con un pincel, con el silencio y con la búsqueda de un arte que no necesitara la muerte de otro para existir.