Valeria Montenegro lo tenía todo: éxito profesional, riqueza, una familia amorosa, un matrimonio estable y una vida perfecta a los ojos de todos. Pero por dentro, su alma se consumía en un vacío profundo y doloroso. Atrapada en una existencia ordenada y predecible, sentía que solo existía, no vivía. Buscaba desesperadamente pasión, emoción y un sentido que nunca encontró en su mundo humano, incluso cuando tomó la valiente decisión de romper con todo para buscar su propio camino. Sin embargo, el destino tenía otros planes. Una noche de tormenta, un accidente fatal le arrebató la vida justo cuando estaba a punto de empezar de nuevo. En sus últimos momentos, su alma gritó un deseo desesperado: "Haré lo que sea, iré a donde sea, con tal de sentir algo real, aunque sea oscuridad, aunque sea muerte".
Su petición fue escuchada.
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Capítulo 1: La jaula de oro
Mi nombre era Valeria Montenegro, tenía veintiocho años y, según todo el mundo, tenía la vida perfecta. Vivía en el último piso de uno de los edificios más altos de la ciudad, una estructura de cristal y acero que yo misma había diseñado. Desde mi ventana, podía ver el mundo extenderse a mis pies: calles llenas de luces, coches que parecían juguetes, personas que se movían como hormigas, corriendo siempre hacia ningún lugar. Yo era arquitecta, una de las más jóvenes y reconocidas de mi generación. Ganaba dinero suficiente para no tener que mirar nunca los precios, vestía ropa de diseñadores famosos, viajaba en primera clase y vivía rodeada de lujos que mucha gente solo podía soñar.
Estaba casada con Alejandro Vargas, un hombre que cualquier mujer desearía. Era alto, guapo, de sonrisa fácil y modales impecables. Venía de una familia adinerada, tenía su propia empresa de inversiones y me trataba con una amabilidad y un respeto que parecían sacados de una novela antigua. Nos habíamos casado tres años atrás, en una ceremonia que fue portada de revistas de sociedad. Todos decían que hacíamos la pareja ideal, que éramos el ejemplo perfecto de éxito y felicidad. Y sin embargo, mientras yo me miraba en el espejo de cuerpo entero de mi vestidor, rodeada de seda, terciopelo y joyas, lo único que veía era una prisionera. Una prisionera en una jaula de oro.
Me quité los pendientes de diamantes y los dejé caer sobre la mesa de caoba, haciendo un sonido seco y triste. Mi reflejo me devolvía la imagen de una mujer hermosa, de cabello castaño oscuro y ojos marrones profundos, piel suave, figura esbelta y elegante. Pero si mirabas más allá de la apariencia, si te fijabas bien en mis ojos, podías verlo: ese vacío. Esa sensación constante de que algo faltaba, de que todo esto era solo una representación, una obra de teatro en la que yo interpretaba un papel que no era el mío.
—¿Valeria? ¿Estás lista? —la voz de Alejandro sonó desde la puerta, suave, educada, siempre perfecta.
Me giré y le sonreí, esa sonrisa que había aprendido a usar, la que llegaba a mis labios pero nunca a mis ojos.
—Sí, ya bajo.
Él entró, se acercó y me dio un beso en la frente. Un beso suave, correcto, sin calor, sin pasión. Así era todo entre nosotros desde hacía mucho tiempo. Al principio, cuando nos conocimos, hubo chispa, hubo emoción. Pero poco a poco, la rutina se había comido todo. Nos habíamos convertido en buenos compañeros, en socios de vida, en dos personas que se querían, sí, pero que ya no se deseaban. Dormíamos en la misma cama, pero cada uno en su lado, separados por una distancia que parecía de kilómetros. Hablábamos de negocios, de la familia, de las cenas a las que íbamos, pero nunca de lo que sentíamos, de lo que soñábamos, de lo que nos dolía.
—Esta cena es importante —me recordó él, mientras me ofrecía su brazo—. Estarán los inversores del nuevo proyecto. Necesito que estés encantadora, como siempre.
—Lo estaré —respondí, mientras tomaba mi bolso y salíamos hacia el ascensor.
Mientras bajábamos, mi mente viajó lejos de allí, hacia las únicas personas que realmente me hacían sentir yo misma. Mis padres, María y Julián. Eran gente sencilla, humilde, que había trabajado toda su vida para darnos todo a mí y a mi hermano. Vivían en un barrio antiguo, en una casa pequeña llena de plantas y fotos, donde siempre olía a café recién hecho y a pan dulce. Ellos estaban orgullosos de mí, lo sabía. Para ellos, yo era la niña que había logrado todo, que había salido adelante. Pero a veces, cuando me miraban, veía en sus ojos una pequeña sombra, una pregunta silenciosa que nunca hacían: ¿Eres feliz, hija?
Y luego estaba Lucas, mi hermano pequeño. Tenía veinticuatro años, estudiaba medicina y era mi persona favorita en todo el mundo. Él sí me conocía. Él sabía que detrás de la mujer exitosa y seria, había alguien que soñaba con cosas más grandes, con emociones más fuertes. Él era el único con el que podía ser yo misma, reírme hasta que me doliera el estómago o llorar cuando el peso de esta vida se hacía demasiado pesado.
—Te ves horrible, hermana —me había dicho la semana pasada, mientras tomábamos un café en su pequeña habitación llena de libros—. Tienes esa cara de "soy perfecta, pero me muero por dentro" que pones cuando estás a punto de explotar.
—No digas tonterías —le había respondido yo, dándole un golpe suave en el brazo—. Estoy bien.
—Mientes —había insistido él, mirándome con esos ojos que eran iguales a los míos—. Te estás apagando, Vale. Y eso me asusta. Porque te conozco, y sé que cuando te apagas de esta forma, es porque tu alma está gritando pidiendo algo que no tienes.
Y tenía razón. Mi alma gritaba. Gritaba desde hacía años. Yo quería aventura, quería peligro, quería pasión, quería sentir que mi corazón latía tan fuerte que doliera. Quería vivir cosas que me hicieran sentir viva de verdad, no solo existir. Pero en esta vida ordenada, segura, predecible, todo eso estaba prohibido. Todo eso era un riesgo, algo que "no quedaba bien", algo que no encajaba con la imagen de la señora de Vargas.
También estaban mis amigas, Sofía y Camila. Ellas eran mi refugio. Nos conocíamos desde la universidad, y aunque nuestras vidas habían tomado caminos distintos, seguíamos siendo inseparables. Salíamos a cenar una vez al mes, y en esas noches, yo podía ser yo. Ellas también veían lo que me pasaba.
—Deberías dejarlo —me había dicho Sofía una vez, mientras nos tomábamos un vino y veíamos la ciudad desde la terraza de un restaurante—. Alejandro es un hombre estupendo, sí, pero te está matando poco a poco. Te está convirtiendo en una pieza de museo, hermosa pero inmóvil.
—¿Y qué quieres que haga? —le había contestado yo, con tristeza—. Tengo todo lo que se supone que una mujer debe querer. Si lo dejo, todo el mundo pensará que estoy loca. Que no sé valorar lo que tengo.
—¡Al diablo con lo que piense el mundo! —había exclamado Camila, siempre la más impulsiva—. Tú no estás aquí para complacer a nadie, Vale. Estás aquí para ser feliz. Y tú no lo eres.
Pero era fácil decirlo. Era difícil hacerlo. Porque yo no sabía qué era la felicidad. No sabía si era capaz de encontrarla. Había construido esta vida piedra a piedra, había luchado por ella, había llegado a la cima. Y ahora que estaba aquí, me daba cuenta de que la vista no era tan bonita como me habían prometido.
La cena transcurrió como todas las demás. Mesas largas, manteles blancos, copas de cristal, conversaciones vacías sobre negocios, sobre política, sobre viajes. Yo sonreía, yo saludaba, yo decía las frases correctas en el momento correcto. Todos me felicitaban por mis proyectos, por mi elegancia, por mi marido. Y yo sentía que me ahogaba un poco más cada minuto que pasaba.
Alejandro me tomaba la mano a veces, con ese gesto posesivo que tenía, como si quisiera recordarme delante de todos que yo era suya. Y yo me dejaba hacer, porque no sabía cómo decirle que pertenecerle a él era lo que más me dolía, porque no me sentía mía ni siquiera a mí misma.
Cuando por fin terminó todo, ya era de noche. Una noche oscura, pesada, llena de nubes negras que amenazaban con descargar una tormenta terrible. Nos despedimos de todos, y mientras caminábamos hacia el coche, Alejandro me habló de nuevo, con esa calma que me ponía los nervios de punta.
—Fue una velada perfecta, cariño. Como siempre. Creo que conseguiremos la inversión.
—Me alegro —dije yo, abriendo la puerta del coche y subiendo.
Él se sentó al volante, pero antes de arrancar, se giró hacia mí. Había algo en su mirada, algo que no entendí al principio.
—Valeria… he estado pensando. Ya llevamos tres años casados. Tenemos estabilidad, tenemos dinero, tenemos todo. Creo que ha llegado el momento.
—¿El momento de qué? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. Él me lo había dicho muchas veces.
—De tener hijos —dijo él, con una sonrisa esperanzada—. Una familia completa. Quiero ver a nuestros hijos corriendo por esa casa enorme. Quiero ser padre. Y tú serás la madre más maravillosa del mundo.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la noche. Hijos. Una familia. Eso era lo que se esperaba de mí, sí. Era el paso siguiente, el final de este camino perfecto que yo había construido. Pero la sola idea me aterraba. No porque no quisiera ser madre, sino porque sentía que traer una vida a este mundo, a esta vida vacía y ordenada, sería lo peor que podría hacer. No quería traer a nadie a una jaula de oro.
—Alejandro… ya hemos hablado de esto —dije, con voz suave pero firme—. Todavía no es el momento. Tengo muchos proyectos, muchas cosas que hacer.
—Siempre es lo mismo —respondió él, y por primera vez en mucho tiempo, escuché cansancio en su voz—. Siempre hay algo más importante. Siempre hay una excusa. ¿Cuándo será el momento, Valeria? ¿Cuándo te darás cuenta de que esto es lo que importa? ¿Que esto es la vida real?
No le respondí. Miré por la ventana, viendo cómo las primeras gotas de lluvia empezaban a chocar contra el cristal, dejando estelas borrosas. La lluvia caía con fuerza, cada vez más fuerte, convirtiendo el mundo exterior en una mancha gris y oscura.
—Llévame a casa, por favor —pedí, bajando la voz.
Él suspiró, puso el coche en marcha y salimos de allí. El silencio se instaló entre nosotros, un silencio pesado, lleno de cosas no dichas, de vidas que no coincidían. Mientras avanzábamos por la carretera, viendo cómo los faros de los coches contrarios se acercaban y se alejaban, yo pensé en todo. Pensé en mis padres, en Lucas, en mis amigas, en mi trabajo, en este matrimonio. Pensé en lo que tenía y en lo que me faltaba.
Y por primera vez, con toda la claridad del mundo, me di cuenta de algo aterrador: yo estaba muerta. No físicamente, claro. Mi corazón latía, mis pulmones respiraban, mis pies caminaban. Pero mi alma… mi alma llevaba mucho tiempo muerta. Estaba enterrada bajo capas de expectativas, de reglas, de "deberías" y de "es lo correcto".
—¿Qué harías —le pregunté de repente a Alejandro, sin mirarlo, con la voz casi ahogada por el ruido de la lluvia— si yo desapareciera? Si un día me fuera y no volviera. Si ya no estuviera aquí.
Él me miró de reojo, sorprendido por mi pregunta.
—¿De qué hablas, Valeria? No digas tonterías. Tú estás aquí. Y siempre estarás.
—¿Estás seguro? —insistí, mirando la oscuridad que nos rodeaba—. ¿Estás seguro de que nadie puede desaparecer? ¿De que todos estamos donde debemos estar?
Alejandro no respondió. Se concentró en la carretera, que se estaba volviendo peligrosa, resbaladiza, casi invisible bajo el agua que caía a cántaros. Y yo me quedé con mis pensamientos, con esa sensación extraña, esa premonición helada que me recorría la columna vertebral.
"No es justo",pensé, mientras cerraba los ojos un momento, dejando que el sonido de la tormenta me envolviera. "No es justo vivir toda una vida sin sentir nada. No es justo tenerlo todo y no tener nada. Si pudiera cambiarlo… si pudiera renacer… haría cualquier cosa. Cualquier cosa por sentir algo de verdad. Aunque fuera dolor. Aunque fuera oscuridad. Cualquier cosa antes que este vacío eterno".
No sabía que esas palabras, ese deseo desesperado de mi alma, estaban siendo escuchados. No sabía que en algún lugar más allá de la vida y de la muerte, alguien llevaba mil años esperando justo eso. Alguien que estaba cansado de la soledad, igual que yo. Alguien que tenía el poder de conceder deseos, aunque el precio fuera más alto de lo que nadie podría imaginar.
La lluvia golpeaba con fuerza, el viento rugía, y yo, Valeria Montenegro, viajaba hacia mi destino, sin saber que ese viaje era el último de mi vida humana. Y el primero de una eternidad que cambiaría todo lo que yo creía saber sobre el amor, sobre la vida y sobre la muerte.