Rosalind Lancaster lleva diez años atormentada por una pesadilla que se repite una y otra vez.
Una boda.
Un hombre de ojos color malva.
Una noche de terror.
Y una muerte tan cruel que aún puede sentir el dolor al despertar.
Convencida de que aquellos sueños son recuerdos de una vida pasada, Rosalind ha jurado no volver a casarse jamás. Sin embargo, la presión de su familia aumenta cada día, y un matrimonio arreglado con un hombre mucho mayor parece inevitable.
Cuando su mejor amiga le propone un trato inesperado, Rosalind cree haber encontrado la solución perfecta: contraer un matrimonio temporal con Damien Blackwood, el frío y poderoso heredero de una de las familias más influyentes del país. Él necesita una esposa para reclamar un importante fideicomiso; ella necesita escapar de un destino que detesta.
Es un acuerdo simple.
Un año de matrimonio.
Sin amor.
Sin sentimientos.
Sin interferir en la vida del otro.
Pero convivir con Damien resulta mucho m
NovelToon tiene autorización de N. Garzón para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 8
Damien
Cuando Rosalind y su madre abandonaron la residencia, pensé que por fin tendría una tarde tranquila.
Me equivoqué.
—¡Damien Blackwood!
La voz de mi madre resonó por toda la casa.
Me giré lentamente.
—¿Sí, madre?
Ella me observaba con los brazos cruzados.
Una postura que conocía muy bien.
Nunca significaba nada bueno.
—Tuve que mentirle a esa pobre chica.
—No exageres.
—Claro que no exagero.
Me señaló con un dedo acusador.
—Jamás me dijiste que era la misma joven con la que Stefan quería casarse.
Suspiré.
—Porque no lo sabía.
—¿Cómo que no lo sabías?
—Stefan nunca mencionó su nombre.
Mi madre parecía debatirse entre creerme o arrojarme un jarrón.
—¿Dónde fue que la conociste?
—En un café.
—Eso no responde nada.
—Es amiga de Victoria Sterling.
—¿La esposa de tu amigo Alberto?
—Héctor.
—Lo mismo da.
—No, no da lo mismo.
—Nunca me cayó bien.
—Es amigo mío, no tuyo.
Mi madre abrió la boca.
La cerró.
Y volvió a abrirla.
—No seas contestón.
—No soy contestón.
—Damien...
—Madre...
—¡Damien!
Decidí retirarme antes de que la conversación se volviera más larga.
Tomé algunos documentos y me dirigí al despacho.
—¿Y vas a dejar la conversación así?
—No tengo nada más que decir.
—¡Igual que tu padre!
—Gracias.
—¡No era un cumplido!
Cerré la puerta antes de escuchar el resto.
---
Apenas tuve tiempo de sentarme cuando alguien entró sin llamar.
Stefan.
Por supuesto.
Venía furioso.
Su expresión lo decía todo.
—Te comprometiste con Rosalind Lancaster.
No era una pregunta.
Serví dos vasos de coñac.
Le ofrecí uno.
Lo ignoró.
—Sí.
—¿Por qué?
Tomé un sorbo.
—Porque necesitaba una esposa.
—No te hagas el idiota.
—Entonces formula una mejor pregunta.
En dos pasos llegó hasta mi escritorio.
Me tomó de las solapas del traje.
—¿Sabías que quería casarme con ella?
Aparté sus manos.
—Suéltame, Stefan.
Su mandíbula se tensó.
—¿Lo sabías?
—No.
Lo observé directamente.
—Y aunque lo hubiera sabido, jamás dijiste que te gustaba.
—Porque no era necesario.
—Claro que lo era.
Volví a sentarme.
—Durante años dijiste que Rosalind Lancaster era una bruja pálida.
Stefan frunció el ceño.
—No exageres.
—Que vestía demasiado de negro.
—Tal vez.
—Que era arrogante.
—Lo es.
—Que nunca aparecía en eventos sociales.
—Porque nunca aparece.
—Y ahora resulta que quieres casarte con ella.
Stefan guardó silencio.
Sonreí.
—Interesante.
—No saques conclusiones absurdas.
—Entonces explícame.
Se pasó una mano por el cabello.
—Tiene el mejor estatus social de nuestra generación.
Solté una carcajada.
—Claro.
—¿Qué?
—Nada.
Tomé otro sorbo.
—Hay cientos de mujeres de buena familia.
—No como ella.
Aquello sí llamó mi atención.
Porque Stefan jamás insistía tanto.
—Haz uso del apellido Blackwood.
—No es tan sencillo.
—Lo es.
—No para mí.
Lo observé unos segundos.
—Qué extraño.
—¿Qué?
—Jamás pensé verte alterado por una mujer.
Sus ojos se oscurecieron.
—Y yo jamás pensé verte comprometido.
—La vida está llena de sorpresas.
Stefan apretó los dientes.
—Si no quieres casarte, ¿por qué ella?
Pensé en Rosalind.
En sus respuestas absurdas.
En sus comentarios sarcásticos.
En la forma en que discutía por cualquier tontería.
Y, para mi desgracia, sonreí.
—Porque es interesante.
Stefan se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Y me hace reír.
Su expresión fue casi cómica.
Parecía más enfadado que antes.
Sin decir otra palabra, salió del despacho dando un portazo.
Observé la puerta.
—Qué temperamento.
---
A la mañana siguiente me encontré en un lugar donde jamás habría querido estar.
La futura sede de mi boda.
Mi madre y la señora Lancaster caminaban emocionadas por el jardín.
Rosalind parecía tan entusiasmada como yo.
Es decir, nada.
Mientras ellas discutían flores, manteles y arreglos, encontré algo mucho más interesante.
Negocios.
El propietario del lugar era dueño de varias hectáreas cercanas a la costa.
Justo donde yo llevaba meses planeando una inversión.
—Señor Hargrave.
—Señor Blackwood.
—He revisado sus terrenos.
El hombre arqueó una ceja.
—¿Y?
—Quiero comprarlos.
La sorpresa fue evidente.
—¿Comprarlos?
—Para construir un hotel.
—Eso sería extremadamente costoso.
—También extremadamente rentable.
Tomé algunos planos de mi portafolio.
—El ferrocarril llegará hasta esa zona en menos de dos años.
Hargrave observó los documentos.
—¿Está seguro?
—Completamente.
—Eso cambiaría el turismo.
—Exactamente.
Durante casi media hora discutimos cifras, materiales y tiempos de construcción.
Finalmente el hombre sonrió.
—Acepto.
Extendí la mano.
—Excelente.
El negocio estaba cerrado.
Y había sido infinitamente más entretenido que cualquier conversación sobre centros de mesa.
---
—No tenías que venir.
Levanté la vista.
Rosalind estaba a mi lado.
—Solo vine por un negocio.
—Qué romántico.
—Lo sé.
—¿Y ahora qué haces?
—Esperar que termine esta tortura.
Ella soltó una pequeña risa.
—Pero si esto es exactamente igual a ti.
—¿Qué significa eso?
—Ordenado. Silencioso. Lleno de personas tomando decisiones aburridas.
—Y tú estás aquí.
—Porque estoy organizando nuestro funeral sentimental.
La miré.
—¿Nuestro qué?
—Nuestra boda.
—Ah.
—Es prácticamente lo mismo.
Negué con la cabeza.
—Dramática.
—Realista.
—Exagerada.
—Divertida.
—Molesta.
—Encantadora.
La ignoré.
Ella sonrió.
—Quiero que sepas algo.
—Tengo miedo de preguntar.
—Voy a escoger el pastel más dulce que exista.
—Qué tragedia.
—Y el champán más caro.
—Eso sí me gusta.
—Lo sabía.
—Eres predecible.
—Y tú aburrido.
—Adiós, Rosalind.
—Adiós, Damien.
Me alejé escuchando su risa.
Y por alguna razón, aquella risa permaneció en mi cabeza durante el resto del día.
---
Por la tarde fui a la Villa Blackwood.
La casa donde viviríamos después de la boda.
Los trabajadores terminaban los últimos arreglos.
La mansión era enorme.
Silenciosa.
Aislada.
Exactamente como me gustaba.
Recorrí los pasillos observando los antiguos retratos familiares.
Dentro de unos meses uno nuevo sería añadido.
Rosalind Blackwood.
La idea resultaba extraña.
Muy extraña.
Me detuve frente a una pared vacía.
Probablemente colocarían allí su retrato.
Sonreí.
Ojalá su propio cuadro la asustara.
Seguí caminando hacia los jardines traseros.
El enorme laberinto de rosas estaba descuidado.
Las ramas crecían sin orden.
Las flores invadían los senderos.
—Arréglenlo.
Los jardineros asintieron.
Observé el laberinto durante unos segundos más.
No sabía por qué.
Pero había algo inquietante en aquel lugar.
Algo familiar.
Como si estuviera esperando.
Y por primera vez en mucho tiempo, una extraña sensación recorrió mi espalda.
La sensación de que algo estaba a punto de cambiar.
Y no precisamente para mejor.
en su propia casa, con su familia...
aquí hay un gatote bien encerrado... 😰😱😭
esto está de Lokos 😰😱
hay no que 💩😰😱