Julián Zaragoza lo tiene todo bajo control, excepto su propia vida. A sus 30 años, es el frío y respetado director de una firma de administración aduanera internacional, viudo y padre soltero de una rebelde joven de 18 años. El estrés corporativo y la rutina lo están asfixiando por dentro.
Entonces conoce a Esther Molina.
Ella tiene 27 años, una hija pequeña a la que proteger y un pasado oscuro que dejó atrás: años atrás, trabajó en un prostíbulo. Cuando Julián descubre su secreto, no la juzga. Ve en ella la vía de escape perfecta.
La propuesta de Julián es tan directa como indecente: una relación puramente física. Sin citas, sin preguntas sobre sus vidas personales, sin involucrar a sus hijas y, sobre todo, sin enamorarse. Un pacto donde la única regla es el placer absoluto para olvidar el mundo exterior.
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La llamada
El mirador estaba completamente desierto, envuelto en una oscuridad densa que solo rompían las luces lejanas de la ciudad portuaria. Dentro del imponente sedán negro de Julián, el ambiente estaba cargado, denso, impregnado de una tensión sexual que había estallado en el segundo exacto en que apagó el motor.
No podíamos esperar al fin de semana. El peligro del día anterior y la presión que ambos cargábamos en nuestras realidades nos habían empujado a buscarnos con una urgencia desesperada.
—Julián... —su nombre se me escapó en un gemido ahogado cuando sus manos grandes y posesivas me jalaron por encima de la consola central, obligándome a sentarme a horcajadas sobre sus muslos.
Llevaba un vestido corto de punto que facilitó las cosas. Julián no perdió el tiempo con preámbulos delicados; sus labios hambrientos devoraron los míos con una furia salvaje, ruda, que me hizo arquear la espalda. Sus manos bajaron al dobladillo de mi prenda, subiéndola por mis caderas desnudas hasta que la piel de mis muslos rozó la tela de su pantalón de vestir. La atracción magnética nos consumía en la penumbra del auto, un encuentro rápido y prohibido que nos quemaba las venas.
Con movimientos expertos y urgentes, Julián deshizo la cremallera de su pantalón. Sentí la impresionante dureza de su deseo golpear directamente contra mi intimidad, que ya estaba empapada de anticipación por él. Me sujetó firmemente por las nalgas, elevándome apenas unos centímetros antes de dejarse caer con una estocada profunda, hundiéndose en mí por completo.
—Dios, Esther... —gruñó contra mi cuello, apretándome con fuerza mientras comenzaba un ritmo rápido y constante.
El placer me nubló la vista. Me aferré a sus hombros perfectos, enterrando mis uñas en su saco de diseñador mientras el vaivén del auto y el sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaban el habitáculo. Estábamos en la cúspide, en ese punto de no retorno donde el mundo exterior se desvanece por completo.
Entonces, un sonido estridente rompió el hechizo.
*Riiing. Riiing. Riiing.*
El teléfono celular dentro de mi bolso, tirado en el suelo del copiloto, comenzó a sonar con insistencia. Intenté ignorarlo, hundiéndome más en el ritmo de Julián, pero la melodía no se detenía. Era el tono específico que tenía asignado para la vecina que cuidaba a Sofía.
El pánico maternal me golpeó como un balde de agua fría, congelando el calor líquido que me recorría el vientre.
—Espera... Julián, detente. Tengo que contestar —articulé con la voz rota, apoyando las manos en su pecho para frenarlo.
Julián contuvo el aliento, con las facciones tensas por la interrupción y los ojos grises inyectados de deseo contenido, pero al notar el terror real en mi rostro, se detuvo de golpe. Me deslicé fuera de él con cuidado, temblando, y alcancé el bolso para presionar el botón de aceptar.
—¿Hola? ¿Doña Marta, qué pasó?
—Esther, menos mal que contestas —la voz de la anciana sonaba angustiada—. Sofía se despertó llorando mucho. Tiene el cuerpo hirviendo, una fiebre muy alta que no le baja con nada y empezó a delirar. Tienes que venir ya.
El mundo se me cayó encima. El piso pareció desaparecer bajo mis pies.
—Voy para allá, voy de inmediato —colgué, con las lágrimas agolpándose en mis ojos y una culpa aplastante quemándome el pecho. ¿Qué clase de madre era, revolcándose en un auto mientras su hija sufría?
Me acomodé el vestido con manos torpes y desesperadas, intentando pasarme al asiento del copiloto, pero Julián me tomó del brazo con firmeza. Su mirada ya no reflejaba lujuria; era la de un hombre que tomaba el control de una crisis en un segundo. Ya se había ajustado el pantalón.
—¿Qué pasa? —preguntó, con voz firme y autoritaria.
—Mi hija... Sofía. Tiene una fiebre muy alta, no le baja. Tengo que irme, Julián, bájame en la avenida, tomaré un taxi...
—No vas a tomar ningún taxi a esta hora —dictaminó, encendiendo el motor del auto con un rugido potente—. Dime la dirección de tu casa.
—No, Julián, el pacto... Dijimos que no te involucrarías en mi vida personal, no puedes ver dónde vivo, no puedes...
—¡Al carajo el maldito pacto, Esther! —rugió, metiendo la primera velocidad y girando el volante con brusquedad—. Tu hija está enferma. Dime la dirección ahora.
La frialdad del trato corporativo se había hecho pedazos. Rompiendo la regla de oro que él mismo había impuesto para protegerse de los sentimientos, Julián pisó el acelerador a fondo, haciendo que las llantas chirriaran en el asfalto del mirador, dispuesto a cruzar la ciudad entera por mí.