Hay una razón por la que el Emperador Celestial jamás tomó una emperatriz.
No fue porque no pudiera amar.
Fue porque la perdió.
Treinta mil años después...
ella despierta sin recordar quién es.
Y él está dispuesto a poner de rodillas a los siete reinos para conseguir que vuelva a mirarlo como antes.
El problema es que ella ya eligió al hombre equivocado.
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Capítulo 13 : La iniciativa
Encontrarlo resulta mucho más difícil de lo que imaginaba.
Cada vez que pregunto por él, alguien responde exactamente lo mismo.
Está ocupado.
Está reunido.
No puede recibir visitas.
Empiezo a sospechar que todo el Purgatorio ha firmado un pacto para impedir que me acerque al Primer Emperador Celestial.
La última pista me la da uno de los guardianes.
—Su Majestad se encuentra en las termas sagradas.
—¿Puedo pasar?
El hombre casi se atraganta.
—¿Perdón?
—Solo quiero hacerle una pregunta.
—Nadie puede entrar mientras el Emperador se encuentra allí.
Asiento despacio.
—Entiendo.
Espero exactamente diez segundos.
Después rodeo el lugar.
No he llegado hasta aquí para aceptar un "no".
Las termas están completamente en silencio.
El vapor asciende desde el agua cristalina y convierte el lugar en un paisaje difuso, casi irreal.
Lo encuentro de espaldas.
Permanece dentro del agua, con los ojos cerrados y los brazos apoyados sobre el borde de piedra. El vapor apenas deja entrever la amplitud de sus hombros y las antiguas cicatrices que cruzan su espalda.
No parece un emperador.
Parece un hombre agotado.
—Sabía que terminarías encontrándome.
Su voz rompe el silencio antes de que pueda decir una palabra.
Cruzo los brazos.
—Entonces también sabías que no iba a rendirme.
Azrael abre los ojos y gira apenas el rostro hacia mí.
—No deberías estar aquí.
Lo encuentro de espaldas, dentro del agua. El vapor apenas deja distinguir su silueta.
No se gira.
—Eso ya me lo has dicho otras veces.
—Y nunca me haces caso.
—Empiezo a pensar que es culpa tuya.
Él deja escapar un suspiro.
—Nirvana.
—No.
—Debes irte.
Cruzo los brazos.
—No hasta que respondas una pregunta.
Permanece inmóvil.
—¿Cuál?
Trago saliva.
Había ensayado esta conversación toda la mañana.
Ahora las palabras parecen esconderse.
—¿Por qué me dijiste que llevabas treinta mil años aprendiendo a vivir sin tocarme?
El silencio pesa más que nunca.
La única respuesta es el sonido del agua.
Por fin habla.
—Es muy pronto para que lo sepas.
Niego con la cabeza.
—Siempre dices lo mismo.
Da medio paso hacia la orilla, pero mantiene la distancia.
—Porque es verdad.
Lo miro fijamente.
—Entonces explícame otra cosa.
Él espera.
—¿Por qué siento esta necesidad de estar cerca de ti?
Mi voz tiembla un poco.
—¿Por qué duele cuando te vas?
Azrael cierra los ojos durante un instante.
Cuando vuelve a abrirlos, ya no parece un emperador.
Solo un hombre agotado.
—También es muy pronto.
Suelto una risa incrédula.
—¿En serio?
No responde.
Empiezo a acercarme.
Un paso.
Luego otro.
Él no retrocede.
Solo me observa con una mezcla de calma y preocupación.
—¿Qué estás haciendo?
—Dejando de aceptar respuestas a medias.
Quedo frente a él.
Lo bastante cerca para que el vapor dibuje una cortina entre los dos.
Él baja la voz.
—Nirvana...
—No.
Levanto una mano y la apoyo suavemente sobre su pecho.
Siento el latido firme de su corazón bajo mi palma.
Él contiene el aire.
No me aparta.
Pero tampoco se mueve.
—Mírame —susurro.
Lo hace.
Hay demasiadas cosas en sus ojos. Dolor, Alivio,Miedo.
Y una ternura que nunca había visto en nadie.
—Dime que no sientes nada.
Su respuesta tarda en llegar.
—No puedo.
El mundo parece detenerse.
No pienso.
No analizo.
Simplemente acorto la poca distancia que queda entre nosotros y lo beso.
Es un beso breve.
Torpe.
Impulsivo.
Como si hubiera nacido de todas las preguntas que ninguno de los dos ha sabido responder.
Durante una fracción de segundo, Azrael permanece inmóvil.
Después sus manos se cierran a los costados como si luchara contra el impulso de acercarse.
Cuando finalmente responde al beso, lo hace apenas un instante.
Con una delicadeza que duele más que cualquier rechazo.
Entonces se aparta.
Apoya la frente contra la mía y cierra los ojos.
Respira hondo.
—No sabes cuánto he esperado para volver a hacer eso...
Su voz apenas es un susurro.
—...y precisamente por eso no debería haber ocurrido.
Abro los ojos.
—¿Te arrepientes?
Él niega muy despacio.
—Jamás.
Hace una pausa.
La más larga de todas.
—Lo que temo...es el precio que puede tener para ti.
Antes de que pueda preguntarle a qué se refiere, el sonido de unos pasos rompe el silencio.
Los dos levantamos la cabeza al mismo tiempo.
Alguien se acerca y por primera vez desde que lo conozco, veo a Azrael verdaderamente preocupado.