Ella y su ansiedad renacen en un nuevo mundo..
*Está novela pertenece a un mundo mágico*
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Cultivo 1
Durante la siguiente hora, Elia prácticamente olvidó que estaba hablando con un duque.
Lo cual era un logro enorme.
Porque normalmente su ansiedad le recordaba cada treinta segundos que estaba frente a una de las personas más importantes de Sunderland.
Pero los cultivos eran más interesantes.
Mucho más interesantes.
Y cuando algo despertaba su curiosidad, el resto del mundo tendía a desaparecer.
—¿Cuánta producción obtienen de esta zona?
Preguntó mientras observaba un terreno.
—Depende del año.
Respondió Albert.
—¿Y las pérdidas por heladas?
—Menores que antes.
[¿Menores cuánto?]
[¿Cinco por ciento?]
[¿Diez?]
[¿Quince?]
Albert sonrió levemente.
Porque aquella mujer era incapaz de escuchar una respuesta sin generar veinte preguntas nuevas.
Y sinceramente... comenzaba a gustarle.
No las preguntas.
Bueno, también las preguntas.
Le gustaba verla pensar.
Porque la mayoría de las personas escondían sus pensamientos.
Filtraban palabras.
Elegían cuidadosamente qué mostrar.
Elia hacía exactamente eso al hablar.
Educada.
Sensata.
Amable.
Pero Albert conocía la otra parte.
La tormenta.
La velocidad absurda a la que funcionaba su mente.
Y aquello era fascinante.
A veces incluso divertido.
Porque podía estar diciendo:
—Entiendo.
Mientras por dentro ocurría:
[Lo entiendo.]
[No lo entiendo.]
[Quizás sí lo entiendo.]
[Debería preguntar.]
[No.]
[Sí.]
[No.]
[Sí.]
Aquello seguía resultándole increíble.
Mientras caminaban, Albert decidió aprovechar una oportunidad.
Necesitaba información.
Pequeñas pistas.
Algo que ayudara a comprender el misterio.
—Lady Russ.
—¿Sí?
—¿Hay antecedentes mágicos en su familia?
Elia parpadeó.
Luego soltó una pequeña risa.
—Es una pregunta extraña.
—Lo sé.
—Veamos...
La joven pareció pensar.
Y entonces respondió.
—Una vez leí algo sobre el padre de mi madre.
Albert prestó atención inmediatamente.
—¿Su abuelo materno?
—Sí.
—¿Era mago?
—Según los registros familiares, sí.
Albert permaneció tranquilo.
Por fuera.
Por dentro estaba escuchando atentamente.
—Pero era un hombre horrible.
Continuó Elia.
—Nadie habla mucho de él.
[Abuelo idiota.]
[Padre terrible.]
[Además venía de un imperio.]
Albert sintió que algo se encendía en su mente.
Otro imperio.
Aquello llamó inmediatamente su atención.
[Gracias a Dios madre casi nunca lo menciona.]
[Lo único que recuerdo es que venía de...]
Y entonces el pensamiento se perdió.
Desapareció.
Interrumpido por otra idea.
Albert sintió una frustración inmensa.
Porque aquello había estado a punto de convertirse en una pista importante.
Muy importante.
Pero la mente de Elia había cambiado de dirección.
Otra vez.
Y ahora estaba concentrada en algo completamente diferente.
Las herramientas.
O mejor dicho... la ausencia de ellas.
Porque mientras caminaban por las tierras O'Neill, ella había notado algo extraño.
No veía suficientes trabajadores.
Ni suficientes implementos.
Ni suficientes carros.
Ni suficientes sembradores.
Y sin embargo... los cultivos eran enormes.
Aquello no tenía sentido.
[¿Cómo lo hacen?]
[Porque estas cuentas no cuadran.]
[¿Tienen más trabajadores?]
[No.]
[¿Más maquinaria?]
[Tampoco.]
[Entonces...]
Albert escuchó todo aquello.
Y sonrió.
Porque sabía exactamente qué estaba pensando.
Y por primera vez en todo el día decidió utilizar aquella ventaja.
—Lady Russ.
—¿Sí?
—¿Le gustaría ver cómo realizamos las plantaciones?
Los ojos de Elia se iluminaron inmediatamente.
Como una niña viendo un juguete nuevo.
—¿De verdad?
—Sí.
—¡Claro!
La respuesta salió tan rápido que ambos quedaron sorprendidos.
Elia tosió.
Intentando recuperar algo de dignidad.
—Quiero decir... sí. Me interesaría mucho.
Albert tuvo que contener una sonrisa.
Porque aquella reacción había sido adorable.
Y porque sus pensamientos ya estaban trabajando a máxima velocidad.
[¿Magia?]
[¿Herramientas especiales?]
[¿Algún sistema de irrigación?]
[¿Una técnica secreta?]
[¿Y si usan animales?]
[¿Animales mágicos?]
[¿Y si tienen...]
Albert comenzó a disfrutar nuevamente del espectáculo.
Porque aquella era probablemente su parte favorita.
Ver cómo la mente de Elia intentaba resolver un problema.
Y observar todas las teorías absurdas que aparecían antes de llegar a una conclusión razonable.
Caminaron varios minutos más.
Hasta llegar a un terreno vacío.
Una enorme extensión de tierra preparada para ser cultivada.
La superficie estaba limpia.
Ordenada.
Lista para la siembra.
Elia observó alrededor.
Buscando trabajadores.
Herramientas.
Semillas.
Algo.
Cualquier cosa.
Pero no encontró nada.
[¿Dónde está todo?]
[¿Acaso ya sembraron?]
[No.]
[Entonces...]
Albert observó su expresión.
Y sintió que estaba esperando un espectáculo.
Lo cual era cierto.
Porque iba a mostrarle algo.
Algo que muy pocas personas tenían oportunidad de ver.
Algo que explicaba por qué las tierras O'Neill eran tan productivas.
Y algo que estaba relacionado directamente con la razón por la cual Albert O'Neill era considerado uno de los magos de viento más poderosos del reino.
Mientras el viento comenzaba a moverse suavemente alrededor de ellos, Elia siguió formulando teorías.
Una tras otra.
Y Albert descubrió que escuchar aquellas teorías era casi tan entretenido como ver la sorpresa que tendría cuando finalmente comprendiera la verdad.
Asi que, Elia observó el terreno vacío.
Luego las semillas.
Después el terreno nuevamente.
Y finalmente al duque.
Su curiosidad estaba alcanzando niveles peligrosos.
Porque sinceramente no entendía cómo una sola persona podía sembrar una extensión tan grande.
Albert se acercó a una pequeña caja de madera.
Dentro había distintos tipos de semillas.
Trigo.
Cebada.
Centeno.
Algunas variedades más resistentes al frío.
Y otras que Elia ni siquiera reconoció.
—¿Cuál le gustaría ver?
Preguntó él.
La joven ni siquiera tuvo que pensarlo.
—Trigo.
Albert asintió.
Tomó un puñado.
Y caminó unos pasos hacia el centro del terreno.
Elia observó atentamente.
Esperando algo.
No sabía exactamente qué.
Pero definitivamente no lo que ocurrió después.
Porque el viento comenzó a moverse.
Al principio suavemente.
Como una brisa normal.
Luego más rápido.
Y más rápido.
Hasta formar corrientes visibles alrededor de la mano del duque.
Las semillas comenzaron a elevarse.
Girando.
Danzando.
Como pequeñas estrellas doradas suspendidas en el aire.
Los ojos de Elia se abrieron.
[Oh.]
Albert sonrió levemente.
Y entonces liberó la magia.
Las semillas salieron disparadas.
No de forma caótica.
No aleatoriamente.
Sino con una precisión increíble.
Cubriendo cada rincón del terreno.
Cada espacio.
Cada línea.
Como si una mano invisible estuviera distribuyéndolas perfectamente.
El espectáculo aún no había terminado.
Porque segundos después el viento volvió a moverse.
Esta vez desde abajo.
Removiendo la tierra.
Cubriendo cuidadosamente las semillas.
Protegiéndolas.
Preparándolas para crecer.
Y cuando finalmente todo terminó... el campo completo había sido sembrado.
En menos de un minuto.
Elia permaneció inmóvil.
Mirando el terreno.
Luego al duque.
Después al terreno otra vez.
Y finalmente habló.
—Eso fue sorprendente..
Solo tres palabras.
Nada más.
Muy educada.
Muy correcta.
Muy contenida.
Por fuera.
Porque por dentro... era otra historia.
[¡ESO FUE INCREÍBLE!]
Albert tuvo que contener una sonrisa.
[¿CÓMO HIZO ESO?]
[¿ESO ES LEGAL?]
[¿SE PUEDE HACER ESO?]
[¡QUÉ MARAVILLA!]
La sonrisa del duque creció ligeramente.
Porque aquella reacción era genuina.
Y porque por primera vez en mucho tiempo alguien parecía impresionado por algo más que su título.
Elia seguía observando el terreno.
Y los elogios continuaron.
[Eso ahorra semanas de trabajo.]
[Es eficiente.]
[Inteligente.]
[Práctico.]
[Brillante.]
Albert estaba empezando a sentirse peligrosamente satisfecho.
Porque escuchar admiración directamente desde los pensamientos de una persona era injustamente agradable.
Y aquello continuó empeorando.
[No solo es inteligente.]
Albert intentó mantener una expresión seria.
[No solo es atractivo.]
La situación comenzaba a complicarse.
[No solo es amable.]
Muy complicada.
[También utiliza su magia para mejorar la producción agrícola.]
Albert ya no estaba escuchando con objetividad.
[Eso es admirable.]
Definitivamente no.
[Es responsable.]
[Competente.]
[Trabajador.]
Albert sintió una sensación extraña.
Cálida.
Extraordinariamente agradable.
Y totalmente peligrosa.
Porque una parte de él quería seguir escuchando.
Solo un poco más.
Unos segundos más.
Tal vez un minuto.
Porque jamás había recibido halagos tan sinceros.
Ni siquiera cuando era niño.
Y entonces llegó la conclusión final.
La más peligrosa de todas.
[Es demasiado perfecto.]
Albert permaneció inmóvil.
Por suerte estaba de espaldas.
Porque si Elia hubiera visto su rostro... habría notado inmediatamente que algo estaba ocurriendo.
Y entonces.
Justo cuando estaba disfrutando cada palabra.
Justo cuando comenzaba a creer que aquella tarde era perfecta.
Apareció la frase.
La frase.
La terrible frase.
[Es una lástima.]
Albert sintió peligro inmediato.
Porque ya conocía aquella estructura.
Nada bueno seguía después de "es una lástima".
[Es una lástima que le guste el mago de la Casa Gallagher.]
Silencio.
Completo.
Absoluto.
El viento se detuvo.
Un pájaro salió volando.
Y una parte del alma de Albert abandonó su cuerpo.
Porque no.
No.
NO.
Elia seguía observando el terreno.
Completamente ajena al desastre que acababa de provocar.
[Realmente hacen buena pareja.]
Albert cerró los ojos.
[Qué pena.]
Albert respiró profundamente.
[Es difícil encontrar hombres así.]
Muy profundamente.
[Pero si ya encontró a alguien entonces...]
Albert respiró otra vez.
Porque si no lo hacía probablemente terminaría explicando toda la situación.
La magia.
Los pensamientos.
Jack.
Todo.
Y aquello sería una catástrofe.
Mientras tanto, Elia seguía feliz.
Completamente fascinada por la siembra.
Y completamente convencida de una teoría que existía únicamente dentro de su cabeza.
Albert abrió los ojos lentamente.
Y tomó una decisión.
Necesitaba encontrar una forma de corregir aquel malentendido.
Pronto.
Muy pronto.
Porque si continuaba escuchando a Lady Russ imaginar romances inexistentes... iba a terminar enfrentándose a un enemigo mucho más peligroso que cualquier criminal.
Su propia paciencia.
Y lamentablemente... esa batalla la estaba perdiendo.