La Cocina de César es una apasionante novela Omegaverse donde un arrogante chef alfa acostumbrado a controlar todo se enfrenta por primera vez a un talentoso omega que, marcado por un pasado de abusos y sacrificios, se niega a caer bajo su encanto mientras trabajan juntos frente a millones de espectadores. ¿Podrá alguien como César un alfa nacido en cuna de oro conquistar a alguien como Hamlet quien no piensa unir su vida a ningún alfa?
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Una llamada acalorada.
(Punto de vista de César Tascone Visconti)
Nunca me gustó el silencio.
Era extraño admitirlo.
Después de tantos años viviendo solo en aquel inmenso penthouse, cualquiera pensaría que lo había convertido en un aliado.
No era cierto.
El silencio era cómodo únicamente cuando uno elegía tenerlo.
Aquella noche no.
Había trabajado solo en el programa porque Hamlet tenía un día libre de imprevisto. No dormí bien la noche anterior. Recordaba una y otra vez el beso que le dí en el ascensor. Fui atrevido. Pero todo valió la pena. Lo probé y me encantó. No necesité oler sus feromonas. Me encantó como nuestros cuerpos se acomodaron bajo la ropa. Cómo sus manos se posaron en mi pecho, su respiración, su lengua rozando la mía. Sentía como me derretía ante su encanto en medio de la oscuridad. No sé en qué momento me guardé el celular en el bolsillo solo para sostener su rostro al besarlo. Solo resta pedirle que sea mi pareja.
Llegué a casa cerca de las seis. Había pasado al hospital a dejarle flores y galletas a su madre. Por suerte Hamlet había pasado por su apartamento primero. Yo de paso pagué su tratamiento de forma anónima cuando estuve en el hospital. No sé si se de cuenta y me odie por eso. Pero ya no quiero que siga trabajando como loco y se quede sin dinero. Dinero que a mi me sobra.
Dejé las llaves sobre la encimera de mármol.
Me aflojé el cuello del uniforme.
La cocina permanecía impecable.
Todo estaba exactamente donde debía estar.
Como siempre.
Sin embargo...
Sentía que faltaba algo.
Abrí el refrigerador.
Lo cerré.
Encendí la televisión.
La apagué treinta segundos después.
Ni siquiera recordaba qué estaban transmitiendo.
—¿Qué demonios te pasa, César?
La pregunta quedó flotando en el apartamento.
No esperaba respuesta.
La conocía.
Pensaba demasiado en Hamlet y más ahora que probé sus labios. Quería más.
No tenía sentido.
Solo llevaba unas semanas trabajando conmigo.
Era eficiente.
Reservado.
Educado.
Y, sin saber cómo, había conseguido ocupar un espacio en mi cabeza que nadie había ocupado en años. Tomé un baño, me preparé algo de comer y me senté en la sala.
Tomé el teléfono.
Miré la hora.
Las nueve y cuarenta y siete.
—Seguro ya salió del hospital... Debe estar en su casa.
Dudé.
No quería parecer invasivo.
Pero también quería saber cómo seguía su madre por su boca y ver si ya se había enterado de que alguien había pagado todo.
Finalmente marqué.
Contestó después de varios timbrados.
—¿...Hola?
Fruncí el ceño.
Aquella voz no era la misma.
Sonaba débil.
Como si le costara hablar.
—Hamlet, soy César.
Hubo un largo silencio.
—Chef...
Respiraba con dificultad.
—¿Te encuentras bien?
—Sí...
Mentía.
Era evidente.
Su respiración era irregular.
Escuché algo caer al otro lado de la línea.
Luego un golpe seco.
—¡Hamlet!
No respondió.
Solo un murmullo ininteligible.
Después...
La llamada se cortó.
Sentí un frío recorrerme la espalda.
Volví a marcar.
Sin respuesta.
Otra vez.
Buzón de voz.
No lo pensé.
Tomé las llaves del automóvil y salí del apartamento.
Quince minutos después estaba frente a su edificio.
Subí las escaleras casi corriendo.
Cuando llegué toqué la puerta.
Un hombre alto, de cabello negro y ojos grises, abrió la puerta. Llevaba sólo pantalones deportivos. Definitivamente era un alfa.
Un saco y un maletín estaban sobre el sofá.
Nos miramos fijamente.
—¿Quién es usted? —preguntó con tono serio.
—César Tascone Visconti. Trabajo con Hamlet, estábamos hablando y se cortó la llamada.
—¿Qué quiere chef?
Me sorprendió que supiera quién era.
—Solo queria saber si estaba bien. ¿Usted es...?
Él asintió apenas.
—Dante Bellini.
El apellido me resultó familiar.
Entonces recordé la fotografía.
—¿El hermano de Hamlet?
—Medio hermano.
Su expresión era dura.
Pero había preocupación en sus ojos.
—La enfermera del hospital me llamó ayer por lo de mi madre. Dijo que había tenido una recaida Así que vine. Ya mi hermano se había encargado de todo. Hasta supe que había pagado el tratamiento. Hamlet a estado todo el día en su habitación. No me abre. Aún no hablamos desde que llegué. No estamos en buenos términos. Creo que entró en celo o algo así.
Yo levanté el teléfono.
—A mí también me preocupó. La llamada se cortó. Así que se debió a eso.
— Pase, tal vez a usted le abra. No sería bueno que yo entrara, puede ocurrir un accidente sexual entre nosotros.
Dante empujó la puerta principal con cuidado. Me llevó hasta la puerta de su habitación.
—Hamlet...
No hubo respuesta.
Yo tomé el pomo de la puerta. Tenía seguro. El alfa buscó unas llaves de repuesto. Abrió y yo entré con cuidado.
La habitación estaba en silencio.
Solo se escuchaba el reloj de la pared marcando los segundos.
Los dos intercambiamos una mirada. Se escuchó la ducha abierta y la habitación llena de feromonas. El celular estaba roto en la mesita. Parece se le había caído por accidente.
"Arándano..."
Algo no estaba bien.
Y ambos lo sabíamos. Yo entré solo cerrando la puerta a mi espalda.
— ¿Hamlet? Soy César...