Estar en la zona de amigos es vivir en el infierno disfrazado de confianza.
Layla ama en silencio a Alexander, su mejor amigo, pero para él ella es solo una hermana: nunca la verá con otros ojos. Mientras tanto, Ryan, el chico que parecía no tener corazón ni sentimientos, se cruza en su camino y pone su mundo patas arriba.
De repente nada es sencillo. Alexander empieza a cuestionarse si en realidad ha estado mirando a la persona equivocada todo este tiempo. Y Ryan está dispuesto a todo para demostrarle que, a veces, lo que buscas no está donde crees… sino justo frente a ti.
¿Seguirá esperando a quien nunca la verá, o se atreverá a tomar el riesgo de amar a quien sí la mira como nadie más?
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Cap 20: Desilusión
...Layla Morgan...
—¿Cuatro? ¿Por qué te sale cuatro? —Ryan miraba fijamente el problema mientras mordía su lápiz, muy pensativo—. Ah, ya sé en qué me equivoqué. Estaba sumando cuando debía restar, qué idiota soy…
—Joven Gallagher y señorita Morgan, ¿terminaron de charlar?
Maldición.
—Todavía no, maestra, aún me faltan nueve problemas por resolver —Ryan alzó la vista al darse cuenta de lo que había dicho y a quién—. Espere, maestra, no es lo que usted cree…
—Uno.
—Maestra, no estábamos…
—Dos.
¿Por qué a mí?
—Dos minutos, maestra, quizás en dos minutos pueda…
—Tres —nos quitó los exámenes—. Retírense del aula y para la próxima clase quiero que traigan resueltos todos los problemas de su libro con respecto a este tema y los dos siguientes.
—¿Está bromeando?
—¿Me ve con ganas de bromear, señorita Morgan?
—No, claro que no, maestra, solo digo que es imposible que resolvamos esos ejercicios en un día y…
—Yo también creí que sería imposible que usted copie en un examen, pero veo que no —habló con notable decepción en su voz.
—Pero ella no estaba copiando, maestra, solo me estaba ayudando con las respues…
—No me estás ayudando, Ryan —lo corté; si seguía hablando, probablemente la maestra nos pediría resolver todo el libro.
—No entrarán a clase si no traen lo que les he pedido —gritó—. Ahora retírense.
Cogí mi mochila y comencé a caminar hacia la puerta; todos nos miraban marcharnos y, si no fuera porque está prohibido hablar durante un examen, seguro estarían murmurando. Con mi promedio perfecto por los suelos, salí del salón, seguida por el causante de todo.
¿Qué haría ahora?
No podía pedirle a la maestra que me mantuviera el examen, puesto que sí le di la respuesta correcta a Ryan. Si me hubiera mantenido en silencio, no estaría caminando sin rumbo. Solo esperaba que, por el aprecio que me tenía, decidiera valerme un par de preguntas. Aunque, pensándolo bien, la mirada que me lanzó antes de salir no fue esperanzadora.
Estoy jodida, lo sé.
—¡Oye, Soleil! ¿Adónde vas? —escuché su voz a mis espaldas—. Para tener las piernas cortas, caminas muy rápido. ¿Puedes disminuir esa velocidad?
Me giré enojada.
—¡Todo esto es tu culpa! —grité mientras lo señalaba y, con el dedo, presionaba su pecho para alejarlo.
—¿Mi culpa? —no lucía para nada arrepentido.
—¡Sí, grandísimo imbécil! —exclamé, volviendo a empujarlo—. Si no me hubieras hablado y pedido las respuestas, no me habrían quitado el examen. Entonces mi promedio perfecto no estaría en peligro y mi ingreso a la universidad no sería…
—¡Soleil! —me interrumpió, tomando la mano con la que intentaba empujarlo nuevamente—. ¿Promedio perfecto? Eso es pura basura: las notas no definen quién eres. ¿Y sobre la universidad? Aún tienes tiempo para eso. Tienes que ser más como yo y relajarte; estamos en el último año.
—No entiendes —me solté de su agarre—. No lo entiendes porque nunca has tenido un buen promedio y no has sentido la presión que conlleva mantenerlo. No te importa nada, solo tu estúpido ego.
Me alejé. No quería seguir viéndole la cara a ese idiota. Me sentía terrible por haberlo ayudado; ¿por qué no pude mantener la boca cerrada? ¿Qué sucedería con mi registro de conducta? Seguro la maestra lo anotaría, dejando una mancha en mi historial.
Tenía que pasarme esto justo cuando regresaba a la escuela.
Esperaba no volver a toparme con él en lo que restaba del día, si es posible en toda la semana. Pero sabía que era imposible: compartíamos clases y estaba segura de que matemáticas no sería la única materia en la que coincidiríamos.
Detuve mi paso cuando vi a dos personas en una situación muy comprometedora. Mi pecho comenzó a doler al descubrir que se trataba de Alexander.
Estaba besando apasionadamente a una chica rubia con el uniforme de las porristas. La acorraló contra la pared y, con sus manos, comenzó a recorrer cada parte de su cuerpo. Apretaba lo que podía y se detuvo en su trasero.
Se trataba de Giselle.
Era mi compañera de equipo, alguien con quien hablaba de vez en cuando. Allí estaba, besándose con Alexander. Mi mejor amigo comenzó a besarle el cuello y a intentar bajarle el cierre del uniforme. Ella enrolló sus piernas alrededor de su cintura y él la alzó. La parte superior de su uniforme quedó retirada, dejando al descubierto su sostén, que Alexander no tardó en quitarle también.
No podía seguir viendo, pero mis ojos no lograban apartarse de esa escena. Mi corazón latía descontrolado y las lágrimas comenzaron a caer por mis mejillas. Estaban tan concentrados el uno en el otro que no se dieron cuenta de que, a solo unos metros, yo los observaba.
Sentí que alguien me arrastraba lejos de allí; ni siquiera tuve fuerzas para resistirme. Pero sí me alcanzó el tiempo suficiente para ver cómo Giselle y Alexander entraban al baño de mujeres, sin dejar de besarse ni un segundo, como si conocieran el camino de memoria. ¿Acaso no era la primera vez que lo hacían?
Quise llorar aún más cuando vi el rostro de Ryan, que me observaba con atención. Él siempre tenía que encontrarme en mis peores momentos: primero en el hospital, cuando sufrí la crisis de ansiedad; luego cuando me sentía mal después del accidente; y ahora, llorando porque mi mejor amigo estaba… Ni siquiera podía decirlo en voz alta.
—¿Incluso llorando te ves bien? —fueron sus palabras. Intenté alejarme, quería salir corriendo de la escuela, pero él me detuvo—. Ahora lo entiendo.
—No sé de qué hablas —me sequé las lágrimas, evitando mirarlo.
¿Por qué tenía que ser él quien me viera así, tan triste y con el corazón roto, una vez más?
—No lo puedo creer —sonrió sin ninguna emoción—. Él te gusta, ¿verdad? Ese idiota…
—¡Alexander no es ningún idiota! No hables así de él —salté en su defensa, confirmando sin querer sus sospechas.
Qué estúpida fui.
...“Con una sola respuesta, había terminado por revelar el secreto que había guardado en silencio durante años.”...
^^^Continuará…^^^