Saga de
_ Mis hijos hackearon al CEO
"Me entregué a un monstruo y me devolvió el desprecio. Ahora, que no se atreva a tocar a mi hijo."
Hace tres años, Damián me juró amor y me dejó hundida en la deshonra, sola y con un hijo en el vientre. Mi familia rica me echó a la calle, pero aprendí a ser una leona para proteger a mi pequeño Eithan. Ya no soy la niña ingenua que él rompió; ahora soy una guerrera que no se deja humillar por nadie.
Pero el pasado ha vuelto. El mafioso que me abandonó aparece reclamando lo que es suyo, sin saber que este Heredero del Pecado solo tiene una dueña.
Él quiere poder. Yo solo quiero que se mantenga lejos de mi sangre. ¿Podrá el deseo ganarle al odio o terminaremos destruyéndolo todo?
NovelToon tiene autorización de Yamila22 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capitulo 6: Hambre de ti
El restaurante estaba vacío. Damián Smirnov no era del tipo que hacía fila o compartía el aire con extraños cuando quería algo, y esta noche, me quería a mí. Las luces eran tenues, apenas unos hilos de oro que rebotaban en las botellas de vino de miles de dólares. Me sentía fuera de lugar con mi vestido negro, sabiendo que mi madre estaría infartada si viera que me escapé con el enemigo número uno de la familia.
—No has probado el vino, Alessandra —Damián rompió el silencio. Su voz era un roce de terciopelo y lija en mi nuca.
—No tengo hambre de comida, Damián —le respondí, sosteniéndole la mirada. Estaba cansada de fingir.
Él dejó la copa sobre la mesa y se inclinó hacia adelante. La luz de la vela resaltó la cicatriz de su ceja y la oscuridad insondable de sus ojos.
—Yo tampoco. Pero un hombre tiene que alimentar a su presa antes de devorarla —estiró la mano por encima del mantel y rozó mis nudillos. El contacto me quemó. Sus dedos eran grandes, con los nudillos marcados de peleas que yo solo podía imaginar—. Tu padre envió a tres de sus hombres a buscarte a mi loft hace una hora.
El aire se me escapó de los pulmones.
—¿Qué les hiciste?
—Digamos que ahora saben que no deben tocar mi puerta sin invitación. No te van a molestar más esta noche. Sos mía, aunque el mundo entero quiera quemarse por eso.
Damián llamó al mozo con un gesto seco, pagó la cuenta sin mirar el monto y se levantó. Se acercó a mi silla y me ayudó a levantarme, pero no me soltó. Su mano bajó por mi espalda, hundiéndose en la curva de mi cintura con una presión que me dejó claro que no aceptaba un "no" por respuesta.
—Vámonos. Ya perdimos demasiado tiempo hablando —gruñó cerca de mi oído.
Llegamos a su habitación, un espacio que olía a él: sándalo, cuero y ese aroma metálico de las armas que siempre cargaba. En cuanto la puerta se cerró con un clic metálico, Damián me acorraló contra la madera. Sus manos fueron directo a mi rostro, sujetándome con una urgencia que me hizo jadear.
—Te estuve mirando toda la cena, imaginando cómo se siente tu piel bajo mi lengua —susurró antes de estampar sus labios contra los míos.
No fue un beso tierno. Sabía a hambre, a posesión absoluta. Sus manos bajaron con desesperación, tirando de la tela de mi vestido hacia arriba, acariciando mis muslos con una rudeza que me volvía loca. Me cargó, y yo rodeé su cintura con las piernas, sintiendo su erección presionando contra mi centro, recordándome lo que estaba por venir.
Me lanzó sobre la cama grande, de sábanas negras. Se deshizo de su camisa, revelando esos músculos tensos y tatuados que gritaban peligro. Se posicionó sobre mí, atrapando mis manos sobre mi cabeza con una sola de las suyas.
—Esta noche vas a ser solo Alessandra. Sin apellido, sin familia, sin reglas —su otra mano bajó, acariciando mi vientre, bajando por el encaje de mi ropa interior hasta que sus dedos encontraron mi humedad—. Estás empapada por mí, nena.
Empezó a juguetear conmigo, sus dedos entrando y saliendo con un ritmo tortuoso, mientras su boca se ocupaba de mis pechos, mordisqueando a través de la tela hasta que solté un grito que se perdió en la habitación. Me retorcía bajo él, buscando más, necesitando que me llenara de una vez.
—Por favor, Damián… —supliqué, con la respiración entrecortada.
—Pedímelo. Decime qué querés que te haga —me provocó, deteniendo sus dedos justo cuando estaba por llegar al borde.
—Quiero que me hagas tuya. Ahora. Matemos estas malditas ganas —le respondí, mirándolo con todo el deseo que me quemaba por dentro.
Damián sonrió, una sonrisa de diablo que me prometía el cielo y el infierno al mismo tiempo. Se deshizo de sus pantalones y entró en mí con una estocada tan profunda que me hizo arquear la espalda y clavar los talones en el colchón.
El ritmo era salvaje, rudo. Cada vez que sus cuerpos chocaban, el sonido de la piel contra la piel llenaba el aire mezclado con nuestros gemidos. Me giró, poniéndome de espaldas a él, y me jaló del cabello suavemente para que mi cuello quedara expuesto a sus besos voraces mientras seguía embistiéndome con una fuerza animal. Sentía cada centímetro de él, la fricción, el calor, la desesperación.
Cuando el orgasmo me golpeó, fue como un rayo que me dejó temblando, gritando su nombre mientras él se aferraba a mis caderas, marcándome con sus dedos, vaciándose dentro de mí con un rugido que hizo vibrar el aire.
Nos quedamos ahí, enredados en el sudor y el silencio que sigue a la guerra. Yo no lo sabía, pero en esa cama, entre gemidos y promesas susurradas al oído, se estaba gestando el heredero de su imperio… y mi futura soledad.