En el pequeño pueblo de Valleoscuro, donde las montañas se alzaban como gigantes dormidos y la niebla solía quedarse abrazada a los tejados hasta bien entrada la mañana, todos conocían a Mariana. No por su nombre, ni por su familia, ni por nada que hubiera dicho o hecho, sino por una sola cosa: su cabello. Era rojo, del tono intenso de las brasas que arden despacio en la chimenea, rizado como las olas de un mar que nunca se calma, y tan largo, tan increíblemente largo, que nadie había logrado ver dónde terminaba.
Mariana tenía la piel morena, suave y cálida como la tierra fértil de los valles cercanos, y sus ojos eran del color del ámbar, brillantes y profundos, como si guardara en ellos todos los atardeceres que se habían visto caer sobre aquel rincón del mundo. Vivía en una casa pequeña, de paredes de adobe y techo de tejas rojas, situada al final del camino principal
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Capitulo 11: El viaje que no tiene retorno
Como una lluvia de fuego suave y sanador, sus rizos avanzaron hacia las sombras. Dondequiera que tocaban, la niebla gris se disipaba, las figuras oscuras aullaban y retrocedían, incapaces de resistir la luz pura que llevaban en su interior. Fue un momento breve pero impresionante: toda la oscuridad que amenazaba el valle se deshizo ante el poder de la guardiana.
Cuando todo volvió a la calma, solo quedó Mariana en medio del camino, rodeada de su cabello brillante, mientras todos los presentes —sus padres, los emisarios, los soldados y los vecinos— la miraban con una mezcla de asombro, respeto y temor.
—Ahora ven la verdad —dijo ella, mirando a todos sin miedo—. Puedo protegerme a mí misma y puedo proteger este lugar. No necesito que nadie me lleve a ningún sitio para estar a salvo. Pero también sé que esto es solo el principio. El mundo es grande, y mi cabello llega hasta donde mis ojos no alcanzan. Ha llegado el momento de que yo misma recorra esos caminos, con mis propias reglas y mi propio destino.
Elías y Beatriz se miraron entre sí, comprendiendo al fin que ya no podían decidir por ella. La niña que habían dejado años atrás se había convertido en alguien mucho más poderosa y libre de lo que jamás habían imaginado.
—¿Entonces qué harás? —preguntó Elías, ya sin ordenes en su voz, solo con curiosidad y respeto.
—Iré a la Ciudad Alta —respondió Mariana con una sonrisa tranquila—. Pero no como su prisionera, ni como su herramienta. Iré como la Guardiana del Hilo Infinito, para que aprendan a respetar lo que soy, y para asegurarme de que el poder que llevo sirva para mantener el equilibrio, no para dominar a nadie. Y nadie decidirá mi camino excepto yo misma.
El poder de sanar
En un campo lejano del valle, bajo un sol cálido. Mariana está sentada en un claro rodeada de árboles. Sus ojos están cerrados y su cabello rojo fluye libremente, extendiéndose a lo largo del terreno como un río luminoso. A lo lejos, se ve cómo el agua regresa al cauce seco del río y cómo las plantas secas recuperan su verdor, iluminadas por la luz que viaja a través de sus rizos. El ambiente es de paz y renovación.
La barrera protectora
Una tormenta oscura y amenazadora se cierne sobre el cielo de Valleoscuro, con nubes negras y rayos que caen a lo lejos. Pero sobre el pueblo se forma una gran cúpula brillante hecha completamente con el cabello de Mariana, que se eleva alto protegiendo las casas, los árboles y a todos sus habitantes. La luz roja y dorada de su melena resalta sobre la oscuridad de la tormenta, mostrando su fuerza protectora.
El encuentro en el camino
En el camino principal del pueblo. Mariana está en primer plano, de pie, con su cabello cubriendo todo el ancho del sendero y brillando con intensidad. Frente a ella se detiene la comitiva de carruajes y jinetes, con Elías, Beatriz y los emisarios vestidos de oscuro mirándola con expresión seria y asombrada. Detrás, los vecinos observan desde lejos con esperanza.
Luz contra sombra
Desde el bosque salen nubes de niebla gris y figuras oscuras deformadas, pero son empujadas hacia atrás por cientos de hebras brillantes de cabello rojo que irradian luz cálida. Mariana está en el centro, firme y serena, con los brazos abiertos como si estuviera recibiendo y guiando esa energía. Todo lo que tocan sus rizos vuelve a la vida y la claridad.
El silencio se apoderó de todo el camino, tan profundo que solo se escuchaba el sonido suave del viento moviendo las hojas y el resplandor cálido que emanaba del cabello de Mariana. Nadie esperaba aquellas palabras: iría a la Ciudad Alta, pero bajo sus propias condiciones. No como una prisionera, no como una heredera que obedece órdenes, sino como la dueña absoluta de su destino.
Elías y Beatriz intercambiaron una mirada llena de sorpresa y también de alivio. Durante mucho tiempo habían temido que nunca lograran que ella aceptara su lugar, o que terminara cayendo en manos de sus enemigos. Pero ahora, aunque no fuera como ellos habían planeado, sabían que su hija había tomado la decisión más valiente de todas.
—Será un camino difícil —dijo Elías, bajando un poco la guardia y hablando con voz más humana, sin la dureza de antes—. La ruta hasta la Ciudad Alta cruza bosques profundos, montañas nevadas y tierras donde la oscuridad ya ha puesto sus raíces. No será un viaje tranquilo, y muchos querrán detenerte antes de que llegues.
—Lo sé —respondió Mariana con calma—. Pero mi cabello llega más lejos que cualquier camino, y mi voluntad es más fuerte que cualquier obstáculo. Ya no estoy sola: cada rizo que me cubre es un aliado, cada latido de la tierra es mi guía.
Esa noche no durmió en absoluto. Se despidió de cada rincón de su casa de adobe, de las paredes que la habían protegido durante tantos años, del viejo peine de madera que siempre había acompañado sus rizos. Salió al amanecer, cuando el cielo se tiñó de tonos rosados y dorados, y todo el pueblo estaba reunido en la plaza para verla partir.
Doña Rosa lloraba en silencio, abrazándola con ternura. —Siempre serás parte de este valle, Mariana —le dijo—. Aquí estarán tus raíces, y sabemos que volverás cuando sea el momento.
Don Tomás le entregó un pequeño saco de tela con semillas de los árboles más antiguos del lugar. —Donde quiera que vayas, siembras una. Así llevarás un trozo de tu hogar contigo, y nunca te sentirás perdida.
Mariana guardó el regalo con mucho cariño, y luego miró a todos los vecinos, a sus padres y a los emisarios que esperaban a un lado.
—Vamos —dijo con voz clara—. El camino nos espera.
Por los senderos olvidados
No viajaron encerradas en los carruajes. Mariana prefirió caminar, sintiendo la tierra bajo sus pies, para que su cabello pudiera extenderse libremente a ambos lados del camino, explorando el terreno, avisando de peligros y manteniendo el equilibrio a su paso.
A medida que se alejaban de Valleoscuro, el paisaje cambiaba poco a poco. Los campos verdes y las casas acogedoras dejaban paso a bosques más oscuros, donde los árboles eran altísimos y entrelazaban sus ramas formando techos que casi no dejaban pasar la luz del sol.
Fue en la tercera jornada cuando sintió la primera señal de peligro.
Mientras caminaban por un sendero estrecho rodeado de matorrales, el aire se enfrió de golpe. El canto de los pájaros se detuvo por completo, y una niebla gris y espesa comenzó a subir desde el suelo, envolviendo todo a su alrededor.
—¡Son los Acechadores de la Bruma! —gritó uno de los emisarios, desenvainando su espada—. Seres enviados para desorientar a los viajeros y llevarlos por caminos equivocados. Si entramos en esa niebla, perderemos el rumbo para siempre.
Pero Mariana no se detuvo. Levantó una mano, y de su cabello brotaron cientos de hebras luminosas que se elevaron hacia arriba, abriéndose como una gran estrella de luz. Al tocar la niebla, esta se deshizo como humo bajo el sol, revelando el camino claro de nuevo.
—No pueden engañarme —dijo ella con firmeza—. Mis hilos conocen cada rincón de la tierra, y no hay niebla que pueda ocultarme la verdad.
Siguió caminando al frente, y dondequiera que pasaba, la vegetación recuperaba su color, las flores volvían a abrirse y el aire recobraba su dulce aroma. Era como si la vida misma despertara a su paso, alejando cualquier rastro de muerte y desolación.
Unas noches después, acamparon al pie de una montaña imponente. Durante la madrugada, Mariana despertó de golpe, sintiendo una vibración fuerte y desagradable recorriendo todo su cuerpo. Al mirar hacia la ladera más alta, vio algo que heló la sangre de todos: cientos de sombras aladas, parecidas a grandes murciélagos, descendían volando en círculos, con ojos brillantes de color rojo oscuro.