En el oscuro y despiadado submundo de Chicago, la dinastía criminal de los Rossi-Richi gobierna las calles con mano de hierro a través de la Santísima Trinidad: los jóvenes herederos Camilo, Franco y Elena.
Sin embargo, el tranquilo equilibrio familiar tambalea cuando Camilo, el gélido estratega del imperio, se obsesiona con Isabella Vance, una brillante restauradora de arte a quien secuestra en Nueva York tras borrar su identidad del mapa. Confinada en la mansión familiar, la profunda depresión inicial de Isabella da paso a una fría madurez. Tras comprender que la piedad no existe entre sus captores, Isabella comienza a utilizar la asfixiante fijación de Camilo a su favor para volverse indispensable en los negocios financieros.
En medio de guerras territoriales, peligrosas rebeliones y los feroces celos de Elena por mantener su lugar sagrado en el clan, se desata un letal juego de ajedrez donde la supervivencia depende de manipular la obsesión.
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Capitulo 18
Tras la intensa jornada en el almacén de pescado del sur y el regreso a la disciplina férrea que los fundadores exigían, la actividad en los despachos principales disminuyó, permitiendo que la planta noble de la residencia recuperara un silencio denso y aristocrático
Sin embargo, en las habitaciones del ala oeste, las luces permanecían encendidas. Para Franco y Elena, la vida nunca se había limitado a los balances contables que revisaba su tío Marco o a las estrategias de asalto que Camilo diseñaba con precisión quirúrgica
Detrás de las máscaras de verdugos implacables que utilizaban para infundir terror en las calles y en los muelles, existía una cotidianidad oculta, moldeada por una crianza de lujos excesivos, una sobreprotección enfermiza por parte de su padre Fabián y una profunda soledad que solo ellos dos, como hermanos de sangre, lograban comprender a la perfección
Franco Rossi se encontraba en su vestidor privado, una estancia de suelo de mármol negro y armarios de madera de nogal donde se alineaban docenas de trajes hechos a medida, abrigos de marca e hileras de zapatos italianos relucientes. A diferencia de Camilo, que adoptaba la sobriedad absoluta de un monje de los negocios, Franco sentía una debilidad única por la ostentación y los placeres materiales que el dinero de la organización podía comprar
Era un hombre de extremos: tan pronto podía pasar la noche entera en los sótanos de seguridad interrogando a un traidor de la Comisión con una crueldad que hacía temblar a los guardias, como gastar cincuenta mil dólares en un reloj de oro de edición limitada en las joyerías de la Avenida Michigan solo para saciar un aburrimiento momentáneo
Se miró en el espejo mientras se abrochaba los puños de una camisa de seda blanca, dejando al descubierto los tatuajes que cubrían gran parte de sus brazos, confusas formas geométricas que se había hecho en Francia y que representaban los años de purga en los muelles de Marsella. Su vida personal fuera de la mansión era un torbellino de excesos controlados, frecuentaba los mejores reservados de los clubes nocturnos de la zona norte, se rodeaba de mujeres hermosas que buscaban la protección o el brillo de su apellido, y conducía sus coches deportivos a velocidades temerarias por las autopistas periféricas de la ciudad
Sin embargo, ninguna de esas mujeres permanecía en su vida más de unas semanas. Fabián Rossi le había enseñado desde muy joven que las personas de afuera eran peligrosas, herramientas prescindibles o debilidades que los enemigos de la calle podían usar en su contra. Por eso, Franco mantenía una barrera infranqueable entre sus noches de fiesta y el calor de su hogar, nadie cruzaba el umbral de su intimidad, y su verdadera devoción seguía perteneciendo, de manera exclusiva, a su hermana Elena y a su primo Camilo
Dejó caer el reloj sobre la meseta de cristal y salió al pasillo común del ala oeste, dirigiéndose hacia la habitación de su hermana. Al llegar, no llamó a la puerta, la confianza entre ellos era absoluta, una costumbre arraigada desde los tiempos en que compartían los mismos tutores privados en la inmensidad de la propiedad
Elena se encontraba sentada frente a su tocador de estilo francés, vestida con una bata de seda color marfil que contrastaba con la severidad del traje sastre que había llevado durante la tarde. Se estaba desmaquillando con movimientos lentos y precisos, despojándose de la máscara gélida que utilizaba para intimidar a los contables y a los clientes de la galería de Chelsea. La habitación de Elena era un reflejo de su compleja personalidad: las paredes estaban decoradas con réplicas perfectas de pinturas renacentistas y catálogos de arte de las subastas más prestigiosas de Europa, pero en el cajón superior de su mesilla de noche descansaba una pistola automática de cañón corto con el sello de la familia Rossi grabado en la culata
— Pensé que estarías en el centro celebrando la victoria del sur con alguna de tus amigas del club, Franco — comentó Elena a través del reflejo del espejo, al notar la silueta de su hermano apoyada en el marco de la puerta
Franco soltó una risa corta y entró a la habitación, dejándose caer en un diván de terciopelo azul que ocupaba el centro del cuarto
— Hoy no tengo humor para los locales del centro, Elen. Mi padre estuvo controlando los informes de las camionetas hasta hace una hora y el tío Marco me dejó claro que si mañana no estoy en los muelles de Brooklyn a primera hora, él mismo se encargará de revisar las bitácoras de los barcos. Además, quería ver cómo seguías tras el susto del callejón. Aunque pongas esa cara de reina imperturbable, sé perfectamente que no has podido pegar el ojo en toda la noche
Elena dejó el algodón sobre la mesa y se giró hacia él, cruzándose de brazos. La vulnerabilidad que solo mostraba ante su hermano se hizo evidente en la fatiga de sus ojos grises
— El ataque de los Moretti es lo de menos, Franco. Sabemos a lo que nos exponemos cada vez que salimos de esta propiedad sin blindaje. Lo que realmente me agota es la sensación de que la estructura que nos mantenía a salvo se está resquebrajando desde dentro. La forma en que Camilo me pidió disculpas esta mañana fue sincera, lo sé, y agradezco que hayamos salido juntos a limpiar las calles como el trío que siempre fuimos... pero la presencia de esa civil en el piso de abajo sigue siendo un veneno silencioso
— Camilo está jugando sus propias cartas, hermana — respondió Franco, estirando las piernas y mirando el techo artesonado — Ayer me pasé tres horas con ella en la biblioteca por orden de nuestro primo. Admito que la chica tiene un cerebro privilegiado para el negocio del arte. Descubrió tres falsificaciones en los registros de Chelsea que nos habrían costado millones de dólares en auditorías ilegales si las hubiéramos puesto en el mercado de Nueva York. Camilo no la está cuidando por amor o por debilidad, la está usando porque se ha dado cuenta de que su talento puede generar beneficios muy limpios para nuestras cuentas
Elena sintió que una punzada de celos profesionales y personales volvía a encenderse en su interior. Ella había pasado los últimos dos años estudiando los balances de la galería, intentando ganarse la aprobación de su tío Marco y la admiración de Camilo a base de un esfuerzo metódico, y que una prisionera de Nueva York hubiera logrado captar la atención de su primo en una sola tarde era algo que su orgullo de mujer mimada no podía tolerar fácilmente
— No seas ingenuo, Franco. Camilo es un hombre lógico, sí, pero la obsesión que tiene por esa mujer va más allá de los cuadros viejos. Ella está usando su supuesta docilidad para ganarse libertades dentro de esta casa. Hoy me enteré de que mi tía Caroline estuvo hablando con ella en el jardín y que le aconsejó que se mantuviera fuerte. Si las matriarcas y Camilo empiezan a verla como un activo de la familia, nuestro lugar en esta mesa va a empezar a cambiar
Franco se incorporó en el diván, perdiendo la ligereza de su semblante y mirando a su hermana con una seriedad aplastante, una mirada que revelaba la madurez que la calle le había otorgado a la fuerza
— Escúchame bien, Elen. Tú eres una Rossi. Tu padre es el hombre que ha pacificado esta ciudad a base de fuego y hierro junto al tío Marco. Nadie en esta casa, ni una civil de Nueva York ni nadie que venga de afuera, va a ocupar el espacio que tú tienes. Camilo te quiere como a su propia hermana y yo daría mi vida por ti en cualquier callejón, como lo demostré ayer. Deja de enfocarte en lo que pasa en la biblioteca y empieza a demostrarle a nuestro tío que tu manejo de la galería de Chelsea sigue siendo impecable. Si la chica encuentra falsificaciones, aprópiate de esa información, úsala para limpiar la empresa y hazle ver a Camilo que tú sigues siendo la que ejecuta las órdenes finales en el este
Elena guardó silencio, asimilando el consejo de su hermano. Franco, a pesar de tener una apariencia de joven frívolo y amante del lujo, poseía un instinto de supervivencia político dentro de la organización que a menudo rivalizaba con el de Camilo. Sabía que la mejor forma de derrotar a un enemigo en el tablero de los Rossi no era mediante la confrontación directa, que solo provocaría la ira de los fundadores, sino mediante la asimilación y el control de sus recursos
— Tienes razón, Franco — susurró Elena, una sonrisa fría y calculadora regresando a sus labios pálidos — Si Camilo quiere usar el talento de Isabella para expandir nuestros negocios en el este, yo seré la encargada de supervisar ese crecimiento. Mañana mismo me reuniré con mi tía Caroline para coordinar los eventos de la fundación y le pediré a Camilo que me incluya en el viaje a Nueva York de la próxima semana. Si la civil va a salir de esta mansión para certificar la colección de Chelsea, lo hará bajo mi estricta mirada y bajo mis condiciones
— Así se habla, pequeña — exclamó Franco, levantándose del diván y dándole un beso corto en la frente antes de caminar hacia la salida — Ve a descansar. Mañana el día va a ser largo en los muelles y necesito que tu cabeza esté tan fría como el hielo de los contenedores. La Trinidad volvió a las calles anoche y no tenemos intenciones de ceder ni un solo centímetro de nuestro imperio por culpa de los fantasmas del ala este
Franco salió de la habitación de su hermana y caminó de regreso a su habitación, sintiendo que el equilibrio familiar, aunque tenso, volvía a estar bajo el control de los jóvenes herederos. La vida personal de los hermanos Rossi estaba ligada de manera indisoluble al destino del apellido, sus lujos, sus noches de exceso y sus soledades eran el precio que pagaban por pertenecer a la dinastía más sanguinaria de la ciudad, un precio que estaban dispuestos a seguir pagando con tal de mantener la corona sobre sus cabezas
Mientras tanto, en la planta inferior, la biblioteca permanecía a oscuras, pero en el ala este, la luz de la lámpara de Isabella continuaba encendida, un faro silencioso en medio de la inmensidad de la fortaleza de piedra donde la prisionera y la reina del ala oeste comenzaban a preparar sus estrategias para el próximo movimiento en el tablero de la obsesión y el poder.