A ella una tragedia que la obligó a huir.
Al el una silla de ruedas lo condeno al olvido y al dolor para siempre.
cuando sus vidas se encuentren, cada herida amenaza con romperlos, pero será la esperanza quien siempre insistirá en salvarlos.
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La dura realidad
Marta la miró con seriedad.
—Te noto rara. No es solo cara de cansancio. Es… otra cosa.
Adela bajó la mirada y apretó la taza entre las manos, como si el calor pudiera ordenar sus pensamientos.
—No sé… —dijo—. Es que… todo sigue igual.
—Nada “sigue igual” cuando en tu casa te están rompiendo por dentro —respondió Marta, sin rodeos—. ¿A ti te sirve seguir así?
Adela soltó una risa breve, sin humor.
—¿Servirme? Marta… yo trabajo, yo cumplo, yo llevo al nene a la escuela. ¿Qué más tendría que hacer?
Marta dejó el mate sobre la mesa con cuidado, como si el ruido pudiera empeorar las cosas.
—Adela, escuchame bien: tu estás sosteniendo todo. Y él… no está sosteniendo nada.
Adela tragó saliva. Le molestaba que lo dijeran tan claro. Porque cuando era claro, dolía más.
—A veces vuelve —murmuró—. A veces promete. Dice que va a cambiar.
—Las promesas son baratas cuando no vienen con hechos —Marta se inclinó un poco hacia ella—. Y yo te veo. Te veo cuando vienes con ojeras, cuando te tiembla la voz al hablar de tu marido… aunque después sonreís para que nadie te pregunte más.
Adela apretó los labios.
—No quiero que nadie me tenga lástima.
—No es lástima. Es realidad —dijo Marta—. Y la realidad es que tu matrimonio ya no te cuida. Te está gastando.
Adela miró el pasillo por la ventana de la sala de descanso. Afuera, pasaban camillas, enfermeros, gente con prisa. Todo parecía seguir, aunque a ella le costara respirar.
—No es tan fácil —dijo al fin—. ¿Con qué cara le digo a Jorgue que su papá… ya no está?
Marta no se ablandó. Pero su voz bajó.
—Tu hijo ya está viviendo esa separación aunque todavía no le pongas nombre. Él pregunta “¿y papá?” todos los días. ¿lo recuerdas no?
Adela se quedó quieta.
—No lo digo yo… lo dice él.
—Exacto —Marta señaló con la mano, como si marcara un punto en el aire—. Separarte no es “abandonar”. Separarte es dejar de normalizar el daño.
Adela sintió un nudo en la garganta. Quiso discutir, pero no encontraba palabras que no sonaran a excusa.
—Yo lo quiero —confesó, casi en un susurro—. No como antes… pero lo quiero. Y me duele pensar que todo esto fue… por nada.
Marta la observó un segundo, y luego dijo algo inesperado, más suave:
—A veces amar no alcanza. A veces el amor es solo el recuerdo de lo que pudo ser.
Adela apretó la taza hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Y si yo me equivoco? ¿Y si él cambia cuando ya sea tarde?
—Entonces cambiá tu también —respondió Marta—. Porque si sigues esperando “cuando cambie”, te vas a gastar entera. Y tu no ere un lugar de espera.
Adela se quedó sin respuesta.
En ese momento, sonó el timbre interno del hospital. Una alarma corta, del sistema de turnos. Marta se levantó y miró la hora.
—Tienés que volver a tu sala —dijo—. Pero no te vayas a trabajar con la misma idea en la cabeza de siempre.
Adela se levantó también, lenta.
—¿Y cuál idea?
Marta la miró directo, como quien no deja escapar.
—Que “aguantar” es lo mismo que “vivir”.
Adela tragó saliva otra vez.
—Yo… no sé si puedo.
Marta le acomodó el delantal con una mano firme, casi maternal.
—Puedes. No sola, pero puedes. Y si no quierés separarte todavía, al menos empiezá por algo: empiezá a planear. Reune papeles, piensá en dónde vas a estar, hablá con alguien que te apoye. Porque tu vida no puede depender de si Aldo vuelve o no vuelve.
Adela abrió la boca para decir “no puedo”, pero se le quebró la voz.
—Aldo… —repitió—. Es que él… a veces es bueno.
—Y a veces es una tormenta —Marta corrigió—. Nadie merece vivir contando los días en que la tormenta se calma.
Adela bajó la mirada. Le temblaban un poco las manos.
—Marta… yo tengo miedo de que Jorgue me odie.
—Tu hijo no te va a odiar por poner límites —dijo Marta—. Te va a entender cuando sea más grande. Y si no lo entiende hoy… tu igual vas a enseñarle que el amor no es sufrimiento.
Adela respiró hondo. Se notaba que quería llorar, pero se tragó las lágrimas como se tragan las cosas que no tienen tiempo de salir.
—Voy a trabajar —dijo—. Pero… gracias.
Marta asintió.
—No me des las gracias todavía. Después vas a necesitar valor.
Adela volvió a su sala. Se colocó guantes, acomodó material, revisó historias clínicas. Hizo todo con precisión… la misma precisión con la que antes ordenaba su casa.
Pero cada tanto, el sonido de una puerta, el paso de alguien, la risa de un paciente, le traían una imagen: Jorgue preguntando “¿y papá?” con la inocencia que duele.
En el pasillo, una compañera más joven la saludó.
—Adela, ¿todo bien?
Adela sonrió.
—Sí… todo bien.
Pero por dentro, no.
### La llamada que cae como piedra
A media mañana, cuando estaba revisando un suero, su celular vibró.
Adela miró la pantalla: un número que no era fijo, uno que aparecía cuando Aldo quería “hablar” o “arreglar”.
Contestó.
—¿Alo?
Del otro lado se escuchó la voz de Aldo, arrastrada, apurada.
—Adela… escuchá. Necesito que me ayudes.
Adela cerró los ojos un segundo.
—¿Con qué?
—Es que… perdí. Pero esta vez… esta vez iba a salir bien. Necesito… necesito que me prestes.
Adela se quedó inmóvil. El aire se volvió pesado.
—Aldo… —dijo con calma forzada—. tu ya me pediste antes.
—Pero ahora no es lo mismo. Ahora tengo una oportunidad. Si me ayudás, después te devuelvo.
Adela apretó el celular con fuerza.
—¿Y el nene? ¿Y el hospital? ¿Y la escuela?
Aldo se rió, una risa nerviosa.
—No te hagás la fuerte. tu siempre terminás arreglando todo.
Adela sintió que la frase le atravesaba el pecho.
—No. Yo no “arreglo”. Yo sobrevivo.
Hubo un silencio del otro lado. Luego Aldo cambió el tono, más suave, como si quisiera recuperar terreno.
—No seas así… yo te amo, ¿sabés? Solo estoy pasando por un mal momento.
Adela tragó saliva.
—Tu mal momento me está rompiendo a mí.
—Entonces… ayudame —insistió Aldo—. Te juro que es la última.
Adela miró alrededor. Había gente trabajando. Nadie sabía. Nadie debía saber.
—Aldo… no.
—¿Cómo que no? —la voz se endureció—. tu no podés decirme que no. Yo soy tu marido.
Adela respiró hondo, y su voz salió más firme de lo que esperaba:
—Eres el padre de Jorgue. Pero no eres el hombre que me está cuidando. Y yo no voy a seguir salvándote de tus apuestas.
Aldo soltó un resoplido.
—Eres una ingrata.
Adela no respondió. Solo se quedó escuchando el ruido de fondo de la línea, como si el mundo de Aldo fuera un lugar donde todo se repite.
—Dime dónde estás —pidió Aldo, ya más controlado—. Voy a ir.
Adela se enderezó.
—No. No vas a venir aquí.
—¿Y por qué no?
—Porque me vas a arruinar el día y no pienso permitirlo.
Aldo se quedó callado.
Adela aprovechó el silencio para soltar la frase que le quemaba por dentro:
—Si querés cambiar… empiezá por dejar de apostar. No por pedirme plata.
—Tu no entendés nada —dijo Aldo, casi en un murmullo.
—Sí entiendo —respondió Adela—. Entiendo que yo ya entendí demasiado.
Cortó la llamada.
Te mereces una oportunidad de ser feliz al lado de Lukas no lo pienses y deja te querer y quiere tu también.
Lukas lo que hace el amor saliste de tu casa a respirar el mismo aire que Adela.