Para sellar un acuerdo diplomático, un imponente emperador galáctico acepta comprometerse con un omega del salvaje planeta de las bestias. Sin embargo, un inesperado error en los registros altera los planes: en su lugar, recibe a un dulce e inocente gamma. A pesar de la confusión y el choque cultural, este tierno e inesperado compañero empezará a derretir el frío corazón del soberano.
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Cap 12
El gran comedor del palacio imperial de Astris era una estancia imponente, con columnas de mármol negro veteadas de oro y una mesa de cristal templado tan larga que parecía perderse en el horizonte. Sin embargo, esa tarde, la solemnidad del lugar se vio interrumpida por una escena sin precedentes. Los sirvientes de la corte real, vestidos con sus impecables uniformes, caminaban a paso rápido y silencioso colocando una inmensa variedad de platillos sobre la mesa. Había cortes de carne perfectamente sazonados, ensaladas de plantas exóticas de los invernaderos imperiales y, sobre todo, una bandeja colosal con el pollo asado más crujiente y aromático que la cocina real pudiera preparar.
Nesta estaba con los ojos abiertos de par en par, fijos en la comida. El pequeño gamma no podía parar de babear; sus tiernas orejas pomposas daban pequeños espasmos de emoción y su colita felina se agitaba con un entusiasmo frenético. Un plato lo tentaba más que el otro, y el delicioso aroma del banquete parecía haberle hecho olvidar por completo cualquier rastro de timidez.
Zarek, manteniendo su habitual elegancia, caminó hacia la cabecera de la mesa y tomó su lugar en el imponente trono imperial. Alistair, haciendo un esfuerzo supremo por mantener el protocolo diplomático en medio del caos, avanzó con paso firme hacia la silla contigua. El canciller tomó el respaldo y movió la silla con delicadeza para ofrecerle un lugar digno al joven invitado.
Sin embargo, Nesta tenía una rutina muy diferente en mente. Al ver que el emperador ya estaba sentado, el pequeño gamma se acercó a Alistair con total naturalidad y, sin previo aviso, le plantó a su pequeña mascota esponjosa en los brazos. Antes de que el aturdido canciller pudiera reaccionar, Nesta avanzó hacia el trono de Zarek. Como si siempre hubiera formado parte de su rutina diaria, el muchacho subió con ligereza y se sentó cómodamente en las piernas del soberano, acomodando su afelpada cola alrededor de la cintura del emperador y apoyando su espalda contra el firme pecho de Zarek.
En ese preciso instante, todo el servicio del comedor contuvo el aliento al unísono. Los sirvientes se quedaron petrificados con las bandejas en las manos y Alistair abrió los ojos con tal horror que casi deja caer a la mascota. En la historia de Astris, nadie había osado tocar el trono imperial, mucho menos usar las piernas del mismísimo y despiadado Zarek como si fueran un mullido cojín. Todos esperaban que el aura gélida del emperador se desatara y lanzara al insolente gamma al otro lado de la habitación. Pero Nesta, al haber sido el menor y el más mimado de su casa, estaba completamente acostumbrado a comer así, acurrucado en el regazo de su padre o de sus hermanos mayores. Para él, aquello era lo más normal del mundo.
Nesta giró un poco la cabeza, mirando a Zarek desde abajo con una sonrisa brillante y los labios húmedos de la anticipación.
—Tengo mucha hambre. Quiero comer de eso, de eso y de ese pollo de allá —le dijo el gamma al emperador, señalando los platillos con sus pequeños dedos.
Zarek, con una ceja levantada y una expresión indescifrable en sus perfectas facciones, contempló al osado felino que se había instalado en su regazo. Lejos de enfurecerse, el emperador experimentó una extraña y agradable sensación de calidez que jamás había sentido en su frío palacio. Con un sutil movimiento de cabeza, Zarek ordenó a los sirvientes que colocaran en un plato dorado exactamente lo que el gamma quería.
Cuando el plato lleno estuvo frente a ellos, Nesta no hizo amago de tomar los cubiertos. En su lugar, se acomodó mejor en las piernas de Zarek, estiró un poco el cuello y abrió su pequeña boca con un tierno "Ah", esperando pacientemente que lo alimentaran. Sus orejas pomposas se inclinaron hacia adelante, dándole un aire de absoluta e inocente expectativa.
El emperador parpadeó, asombrado por el nivel de dependencia y descaro del muchacho. Sin embargo, en lugar de negarse, la comisura de sus labios se elevó en una sutil sonrisa. Zarek entendió el mensaje a la perfección. Tomó los cubiertos de plata con sus manos enguantadas, cortó un trozo perfecto de pollo asado y, con una paciencia que dejó a toda la corte completamente estupefacta, comenzó a darle de comer en la boca.
Nesta masticó feliz, emitiendo un tierno ronroneo de satisfacción mientras movía su colita felina de un lado a otro con pura alegría, frotando suavemente sus pomposas orejas contra el pecho del monarca cada vez que recibía un bocado.
Alistair, que continuaba de pie sosteniendo a la mascota alienígena, se sentía cada vez más aturdido y desorientado con toda la escena. El canciller principal miraba al implacable conquistador de mundos transformado en el niñero personal de un gamma consentido. Lo que más lo perturbaba no era el atrevimiento de Nesta, sino la reacción de su amigo: Zarek, en vez de enojarse o perder los estribos por romper todas las leyes del imperio, parecía estar disfrutando genuinamente de consentir a la criatura más dulce de la galaxia.