Un joven sufre un accidente automovilístico después de una noche Que se borracha porque pierde la mujer que amaba y queda en coma durante dos años. En el hospital, una doctora se encarga de su cuidado diario y nunca pierde la esperanza de que despierte.
Con el tiempo, su dedicación crea un vínculo especial entre ambos, más allá de lo médico. Cuando el chico finalmente despierta, comienza una nueva etapa de recuperación donde poco a poco ambos descubren que lo que los une se convierte en amor.
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Capítulo 21: La peor noticia de mi vida Narra Edwin
Después de varios minutos gritando el nombre de Valeria en la playa, una señora que estaba cerca llamó a la ambulancia.
Yo seguía abrazándola en la arena.
No quería soltarla.
No quería aceptar lo que estaba pasando.
—“Princesa… por favor…”
Le acariciaba la cara temblando.
Pero ella no reaccionaba.
Y eso me estaba destruyendo vivo.
Después de unas horas llegaron los paramédicos.
Todo se sentía lento.
Como una pesadilla.
Me pidieron que me apartara para revisarla, pero yo no quería.
—“Ella está viva… revisen bien…”
Mi voz salía quebrada.
Los paramédicos intentaban mantener la calma mientras trabajaban rápido.
Y yo solo veía cómo trataban de reanimarla.
Pero algo dentro de mí ya sabía la verdad.
Uno de ellos me miró serio.
—“Necesitamos llevarla.”
Yo inmediatamente dije:
—“Voy con ella.”
Pero negaron.
—“No puede venir en la ambulancia.”
—“¿¡Cómo que no puedo!?”
Sentí la desesperación subirme horrible.
—“¡Esa es mi novia!”
Pero aun así no me dejaron subir.
Vi cómo cerraban las puertas de la ambulancia mientras ella iba ahí adentro.
Y parce…
sentí que me estaba muriendo también.
Me subí al carro desesperado.
Prendí el motor y arranqué.
Ni siquiera pensaba.
Solo manejaba.
A más de 200 por hora.
Las manos me temblaban horrible sobre el volante.
Las lágrimas no me dejaban ni ver bien la carretera.
—“No se me vaya…”
Repetía eso una y otra vez como un loco.
—“Por favor no…”
Manejaba rápido, desesperado, sintiendo el corazón explotándome en el pecho.
Porque todavía tenía una mínima esperanza.
Una mínima.
Pensaba:
“Capaz la salvan.”
“Capaz despierta.”
“Capaz todavía respira.”
Cualquier cosa.
Cuando llegué al hospital casi dejo el carro atravesado afuera.
Entré corriendo.
Desesperado.
Preguntando por ella.
—“¡Valeria Cárdenas! ¿Dónde está Valeria?”
Las enfermeras me miraron preocupadas.
Y ahí salió un doctor.
Solo verle la cara me destruyó.
Porque ya sabía.
Ya sabía lo que venía.
Pero aun así pregunté:
—“¿Dónde está?”
El doctor respiró profundo.
Y dijo las palabras que me acabaron completamente.
—“Lo siento mucho… ella falleció.”
…
Sentí que el mundo literalmente dejó de sonar.
Todo quedó en silencio.
Mi cabeza se quedó vacía.
—“No…”
El doctor seguía hablando, pero yo ya no escuchaba nada.
Solo esa palabra.
Falleció.
Falleció.
Falleció.
Yo negaba con la cabeza.
—“No… no…”
Sentía que no podía respirar.
—“No me puede hacer esto…”
Las piernas me temblaban horrible.
Y de un momento a otro…
la rabia, el dolor y la desesperación me explotaron encima.
Golpeé la pared durísimo.
—“¡NO!”
Otra vez.
—“¡NO!”
Las manos me dolían, pero no me importaba.
Nada me importaba.
Porque la mujer que yo amaba ya no estaba.
Seguí golpeando la pared mientras lloraba como nunca había llorado en mi vida.
—“¡Ella no podía irse!”
La gente me miraba.
Las enfermeras intentaban calmarme.
Pero yo ya estaba destruido.
Completamente destruido.
Después de unos minutos llegó la mamá de Valeria.
Se veía nerviosa.
Asustada.
Y apenas me vio llorando entendió que algo estaba mal.
—“¿Dónde está mi hija?”
Yo no fui capaz de responder.
Simplemente bajé la mirada llorando.
El doctor se acercó despacio.
Y le dijo la verdad.
—“Lo siento mucho…”
La señora se quedó paralizada.
Literalmente quieta.
Como si el cuerpo hubiera dejado de reaccionar.
—“No…”
Su voz salió bajita.
Rota.
—“No… mi niña no…”
Y comenzó a llorar destruida.
Eso me acabó más.
Porque ahí entendí que no solo yo había perdido a Valeria.
Todos los que la amaban acababan de quedarse sin ella.
Yo me dejé caer sentado contra la pared del hospital.
Con las manos ensangrentadas de tanto golpear.
Y la cabeza completamente perdida.
Porque sinceramente…
yo no sabía cómo seguir viviendo en un mundo donde ella ya no estaba.