Leandro está en campaña de buscar un esposo para su madre y un buen padre para él. ¿Este pequeño niño de tan solo 10 años podrá encontrar al hombre perfecto? O en su travesía descubrirá secretos escondidos de traiciones y engaños pasados que sufrió su madre.
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Sucesos del pasado parte 2.
Inevitablemente, Roxana se convirtió en una integrante más, aunque totalmente indeseada por mi, de la familia. Yo intentaba aferrarme con uñas y dientes a la idea de que estaba bien que mi esposo tuviera una amiga, no quería ser esa típica mujer tóxica que arruina su relación por celos enfermizos, y estúpida, ingenuamente pensé que bajo mi propio techo, en el hogar que habíamos construido juntos, nada malo podría pasar jamás. Mi corazón latía desbocado, luchando con todas sus fuerzas contra la desconfianza que se instalaba como una sombra oscura en lo más profundo de mi pecho.
Pero todo acabó de un plumazo una semana después, una noche cuando agotada, exhausta de un viaje de negocios que me había dejado sin fuerzas, crucé la puerta y encontré la sala helada y vacía. Al avanzar pasito a pasito por la casa, escuché voces suaves provenientes de la terraza… esa terraza que era mi orgullo, mi refugio, mi lugar favorito bajo el cielo, donde pasaba horas enteras leyendo o perdida en la belleza de los atardeceres. En ese instante, mi respiración se quedó atascada en la garganta, como si una mano invisible me estrangulara.
Me quité los zapatos en la entrada, con movimientos casi imperceptibles, así que era absolutamente imposible que ellos supieran que yo estaba ahí, espiándolos desde la penumbra. Al acercarme un poco más, pude ver con aterradora claridad a Roxana luciendo una prenda de noche increíblemente sensual un camisón negro ajustado que le quedaba como una segunda piel; frente a ella, Octavio vestía su ropa de casa más cómoda, y sobre la mesa brillaba una botella de vino tinto, copas casi vacías y algo de comida ligera. La tenue luz de las velas les daba un brillo romántico que destrozó mi mundo de un solo vistazo.
La situación en sí era de una crudeza insoportable, pero lo que realmente me destruyó por completo fue la charla que ambos mantenían en voz baja. Roxana le preguntó con una voz dulce como la miel, cargada de nostalgia.
—Sabes… nunca, nunca te olvidé. Los mejores años de mi vida los pasé a tu lado, pero me dolió tanto, tanto saber que te casaste. ¿Por qué lo hiciste? ¿Ya no me amabas más… y por eso simplemente me olvidaste?
—Sabes mejor que nadie que siempre te amé —respondió Octavio, y su voz estaba llena de una tristeza que cortaba el alma.
—¿Entonces por qué?
—Porque te fuiste. Te esperé día tras día, mes tras mes… hasta que un día entendí que debía seguir con mi vida, así como tú lo estabas haciendo.
—¿La amas? —preguntó Roxana, directa, sin rodeos.
—Briella es una grandiosa mujer… y ella me quiere muchísimo.
—Te pregunté si la amas, Octavio.
—La quiero —dijo, con la cabeza baja, sin atreverse a mirarla a los ojos— He tenido una buena vida a su lado, pero nunca podría amarla como te amé a ti, Roxi. Nadie en el mundo se puede comparar contigo en mi corazón. Pensé que al casarme con ella, con su amor tan sincero, podría olvidarme del nuestro… pero…
—Pero ella nunca pudo competir con mi recuerdo —terminó Roxana, con una sonrisa victoriosa que parecía iluminar su rostro— No la juzgo, cualquier mujer se enamoraría perdidamente de alguien tan grandioso como lo eres tú, Octavio. Fui una completa estúpida al perderte —suspiró profundamente— Si no, ahora mismo sería yo tu esposa, la que está a tu lado, la que comparte tu vida. Nosotros dos somos el primer amor del otro… el primer todo… y eso nunca, nunca se olvida.
—Eso sería muy bello —murmuró Octavio—, pero Briella es mi esposa. Yo la respeto como tal… así que dejemos de hablar del pasado.
No lo pude resistir ni un segundo más. Me volví sobre mis pasos y salí corriendo de mi propia casa, como si el infierno se abriera a mis pies, huyendo hacia un parque cercano donde pude dejar escapar mi llanto a gritos. No sabía qué dolía más, si el hecho de descubrir que yo solo era un reemplazo, un consuelo para llenar el vacío que ella había dejado; o el terrible conocimiento de que mi esposo jamás me amó de verdad. ¿Qué pasaría ahora que su verdadero amor había vuelto para reclamar el lugar que, según ella, siempre le perteneció?
Tal vez incluso ellos dos ya estaban juntos desde el momento en que esa mujer puso un pie en mi casa… y se estuvieron riendo a mis espaldas, riendo en mi cara mientras yo no sabía nada, mientras construía sueños de un futuro que nunca existió. No quería volver, no tenía fuerzas para hacer un escándalo, así que pedí una habitación en un hotel y dejé escapar todo ese dolor que solo la traición puede provocar, lágrimas que parecían no tener fin, una soledad que me apretaba el pecho hasta no poder respirar, y una vergüenza abrumadora de haber sido tan ciega, tan ingenuamente ciega.
Estuve dos días en ese lugar… dos días interminables en los que ni siquiera recibí un solo mensaje, una sola llamada de Octavio preguntando por mi paradero. Aunque ya había decidido con toda firmeza que no seguiría a su lado, ahora solo necesitaba terminar de aclarar mi mente para dar el siguiente paso, el más difícil de mi vida. Roxana estuvo en casa solo dos meses. ¡Le bastaron dos miserables, mugrosos meses para destruir tres años de matrimonio, de sueños compartidos, de esfuerzos y sacrificios!
Vuelvi a casa fingiendo que nada pasó, con una sonrisa forzada que me dolía hasta los huesos de la cara. Entro y la encuentro ahí, Roxana, sola. Intento pasar por su lado ignorando su presencia, como si no existiera, pero ella se interpone en mi camino y bloquea la puerta con su mano, con una insolencia que me hace temblar de ira. Lo que dijo a continuación no solo me sorprendió… sino que me dio la clave de cómo continuar.
—Sabes… nadie quiere decirte la verdad, en realidad yo no soy la buena amiga que finges creer que soy… sino la exnovia de Octavio —dijo, con un tono de superioridad que me revolvía el estómago— Pero creo que es justo que ya lo sepas, para que entiendas con quién estás tratando.
—Sabes… creo que tu estadía ilimitada en mi casa deja mucho que desear… especialmente cuando en realidad ni siquiera eres capaz de limpiar tu propio desastre —respondi, sin mirarla a los ojos, conteniendo con todas mis fuerzas la furia que me consumía.
Su rostro se tiñó de un rojo intenso por la furia, un espectáculo que valió la pena ver, era la primera vez desde que llegó que estábamos solas, y no perdería la oportunidad de dejarle saber todo lo que odiaba de ella… incluyendo su misma presencia en el hogar que era mío.
—Octavio me ama… y tú solo eres mi reemplazo —gritó a todo pulmón, como si su voz pudiera hacer más verdaderas sus palabras— Aunque debo admitir que eres demasiado barata para ocupar mi lugar, no te comparas en nada a mí, ni en belleza, ni en inteligencia, ni en nada.
—¿Lo quieres de regreso? —pregunté, con una calma fría que me sorprende a mí misma.
—¿Qué…? —ella se queda muda, desconcertada por mi pregunta.
—Si quieres de regreso todo lo que supuestamente te pertenece… y que yo, según tú, usé a mi voluntad durante estos años.
—¡Claro que sí! Te diste una buena vida aprovechándote de mi ausencia, pero ahora que he vuelto… lo voy a recuperar todo, absolutamente todo —dijo, triunfal, con la cabeza alta.
—Bueno, entonces haz que Octavio firme los papeles de divorcio… y yo me marcharé sin decir nada más.
—¿De verdad?
—No tengo por qué mentirte. Tu misma lo dijiste, disfruté de todo lo que era tuyo hasta el cansancio, me rebolque con Octavio tantas veces que ya no tiene encantó… y ahora que estás aquí, no le veo el sentido a que permanezca en este lugar que de igual manera ya no es mío… porque lo has inundado con tus cosas, con tu olor, con tu sombra.
—No te creo nada. ¿Por qué dejarías todo esto así de fácil? ¿No tienes miedo a perderlo todo?
—¿Fácil? —sonreí fríamente— Nada de esto ha sido fácil. Pero no me gusta tomar lo que no es mío… y no voy a desperdiciar ni un segundo más de mi vida al lado de alguien que no me quiere, que nunca me ha querido como yo merecía. —Saco con firmeza los papeles de divorcio que llevaba guardados en la cartera— Aquí están los papeles, así que solo hace falta su firma. Puedes leerlos todo lo que quieras… no hay trucos, no hay engaños.
—Bien… me alegra que seas sensata y entiendas de que él jamás te amará como me ama a mí. Nunca podrás llenar el vacío que dejé en su corazón.
—Como sea —respondo, indiferente— Hazlo rápido… y mantenlo lejos de casa, así puedo empacar mis cosas sin que se dé cuenta, sin tener que verlo, sin tener que escucharlo.
—¿De verdad no estás planeando nada? ¿Por qué razón no quieres darle la cara y marcharte como una rata, con la cola entre las piernas?
—Porque no deseo escuchar ni una sola excusa barata de cómo se divirtió jugando con mis sentimientos —respondí, con voz firme y segura— Además, tú deberías ser la más agradecida de que lo quiera hacer de esta manera. Ya sabes podría aprovechar para seducirlo una última vez… y si quedara embarazada, podría posponer el divorcio por tiempo ilimitado… y también obtener una buena cantidad de dinero, más la excusa perfecta para seguir viéndolo siempre, para estar en su vida para siempre.
—¡Eres una descarada, ambiciosa y cruel mujer! —gritó, indignada.
—Gracias —reí, fríamente, sin sentir ni una pizca de remordimiento— Yo también estoy orgullosa de serlo. Así que ya sabes mantenlo lejos de casa. No quiero volver a verlo.
En realidad ya no quería ver a ninguno de los dos, ni siquiera en pintura. Pero me llevaría todo lo que realmente me pertenecía mi dignidad, mi esperanza de amor para el futuro, y el pequeño milagro que estaba creciendo en mi vientre, un secreto que guardaba con mi vida… sin que nadie lo supiera.