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EL CONFÍN

EL CONFÍN

Status: Terminada
Genre:Aventura / Reencuentro / Posesivo / Completas
Popularitas:41
Nilai: 5
nombre de autor: Pablo Ezequiel

A los 30 años, Alejandro cumplió su mayor sueño: ser dueño del bar más popular de la zona. Atractivo, de cabello oscuro peinado hacia atrás, barba cuidada y ojos claros que llaman la atención, es un hombre carismático y seductor que disfruta de su soltería.

NovelToon tiene autorización de Pablo Ezequiel para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El duelo final

Todo ocurrió en cuestión de segundos, pero para quienes estaban allí abajo, el tiempo pareció detenerse. El movimiento de Alejandro fue tan rápido y tan preciso que, incluso habiendo sido testigos de su destreza minutos antes, nadie pudo reaccionar a tiempo. Se lanzó directamente sobre Javier, esquivando el cañón del arma que su enemigo intentaba levantar, y con un golpe seco y certero en la muñeca, hizo que la pistola saliera despedida, cayendo lejos, entre las sombras del rincón más alejado del sótano.

Javier, sorprendido y furioso al verse desarmado en un instante, reaccionó con la desesperación de quien sabe que está perdiendo lo que más le importa: su victoria, su venganza, su superioridad. Sacó de su propio cinto una daga afilada, idéntica en forma a la que ahora sostenía Alejandro, y se lanzó al ataque con una ferocidad salvaje, movido por años de rencor acumulado.

—¡Siempre tuviste suerte! —gritaba Javier entre dientes, golpeando y cortando el aire con movimientos rápidos pero desordenados, guiados más por la rabia que por la técnica—. ¡Siempre te salvaron las circunstancias, los demás, tu maldita buena estrella! ¡Pero ahora no! ¡Ahora estamos tú y yo, iguales, cara a cara! ¡Y voy a demostrarte que yo siempre fui mejor que tú!

Alejandro no atacaba. Se movía con una calma aterradora, bloqueando, esquivando, desviando cada golpe letal que Javier le dirigía, manteniéndose siempre un paso por delante, siempre fuera de alcance, siempre en control. Sus ojos claros estaban fijos en su rival, serios, tristes incluso, porque él conocía bien a ese hombre. Habían crecido juntos, habían aprendido las mismas lecciones, habían compartido maestro y destino. Y sabía que lo que movía a Javier no era la ambición, ni el poder, ni las reglas... era simplemente el dolor de haber vivido siempre a la sombra de otro.

—No es suerte, Javier —respondió Alejandro, con voz firme que cortaba el ruido metálico de los aceros al chocar—. Tú y yo aprendimos lo mismo, nos enseñaron las mismas técnicas, nos dieron la misma formación. La única diferencia entre nosotros nunca fue lo que sabíamos hacer. Fue por qué lo hacíamos. Tú siempre luchaste para demostrar que eras mejor que los demás. Yo siempre luché para proteger lo que valía la pena. Y eso... eso es lo que te hace débil.

Las palabras parecieron enloquecer aún más a Javier, que redobló sus ataques con una violencia ciega, buscando desesperadamente acertar un solo golpe, una sola herida, algo que le permitiera cambiar el curso de lo que estaba ocurriendo. Pero cada movimiento suyo era anticipado, cada ángulo cubierto, cada oportunidad bloqueada. Alejandro bailaba alrededor de él, ágil, ligero, letal pero contenido, como un maestro que le está dando una última lección a un alumno que nunca quiso aprender.

Arriba, en la escalera, el silencio era absoluto. Elías, la anciana, Elena y todos los que habían bajado para ayudarlos observaban con el corazón en un puño, sin atreverse a intervenir, comprendiendo en lo más profundo que esto era algo que tenía que resolverse solo entre ellos dos. Era una deuda de vida o muerte que venía de muy lejos, y solo ellos podían cerrarla.

Elena, con las manos apretadas contra su pecho, seguía cada movimiento con la mirada, temblando por cada roce, por cada vez que las hojas chocaban con fuerza, pero confiaba en él. Lo había visto cambiar, lo había visto despertar, y sabía que en ese momento, Alejandro era el hombre más capaz de la tierra, pero también el que tenía el corazón más firme.

De repente, un error. Un paso en falso de Javier, impulsado por su propia furia descontrolada, que lo hizo abrir su defensa por completo, buscando un golpe demasiado arriesgado y excesivo. Alejandro vio la oportunidad, la calculó en una fracción de segundo, y actuó. No atacó para matar. Atacó para detener. Con un movimiento giratorio perfecto, desarmó a su rival definitivamente, enviando el arma de Javier a chocar contra la pared, y en el mismo movimiento, puso su propia hoja fría y afilada justo en el cuello de su enemigo, inmovilizándolo contra la pared de piedra, con la fuerza suficiente para mantenerlo allí, pero sin herirlo.

El silencio que siguió fue ensordecedor. Javier, sin aliento, con la cara desencajada por el esfuerzo y la derrota inminente, miró a Alejandro a los ojos, viendo en ellos no odio, ni triunfo, ni venganza... sino lástima. Una lástima profunda y dolorosa por todo lo que habían sido, por todo lo que habían perdido, por todo lo que Javier había desperdiciado al elegir el camino de la oscuridad.

—Acaba conmigo —susurró Javier, con voz ronca y rota, cerrando los ojos como si quisiera escapar de esa realidad—. Hazlo. Mátame. Es lo que siempre has hecho, ¿no? Ganar. Ser el mejor. Quedar con todo. Mátame y termina con esto de una vez.

Alejandro no movió ni un milímetro el filo de la navaja, pero tampoco presionó para herir. Se mantuvo firme, sosteniendo el destino de aquel hombre en su mano, y habló con una voz que resonó en todo el sótano, clara y profunda.

—Si te matara, sería igual que tú —dijo Alejandro lentamente—. Si te matara, estaría haciendo exactamente lo que ellos querían que hiciera. Lo que tú querías que hiciera. Que me convirtiera en lo que siempre fuisteis: alguien que elimina lo que le estorba. Pero yo no soy así. Yo nunca lo fui. Por eso me fui hace años. Por eso me negué a cumplir aquella misión. Y por eso hoy, aquí y ahora, yo gano de verdad.

Retiró el arma lentamente del cuello de Javier, dio un paso atrás y se irguió con toda su estatura, imponiendo respeto, autoridad y una dignidad que dejó a todos boquiabiertos.

—Tú pasaste tu vida entera intentando demostrar que eras mejor que yo —continuó Alejandro, señalándolo con firmeza—. Pero nunca entendiste que la verdadera victoria no es vencer a tu enemigo. Es ser capaz de perdonarlo, de detenerte, de elegir no destruir aunque tengas todo el derecho y todo el poder para hacerlo. Yo tengo todo lo que tú siempre quisiste: respeto, lealtad, amor, identidad. Y lo tengo no por lo que sé hacer, sino por lo que he elegido ser.

Se giró hacia los hombres que habían venido con Javier, que ahora estaban en el suelo, vencidos o desarmados, mirando a su antiguo jefe con desconfianza y miedo, comprendiendo finalmente que habían seguido al hombre equivocado todo este tiempo.

—La organización tal como la conocíais, tal como la dirigió Javier desde la sombra... se acabó aquí —anunció Alejandro, con una voz que era una orden absoluta, la voz del líder que todos reconocían instintivamente, aunque hubiera estado oculto tanto tiempo—. Se acabaron las manipulaciones, las vidas borradas, las misiones sucias, el creer que podéis jugar con el destino de las personas como si fueran piezas de ajedrez. Todo esto queda disuelto. Y todo lo que hay aquí —señaló los documentos, las pruebas, la caja abierta— se hará público. Se entregará a quienes corresponda. Todo lo que se hizo mal será corregido. Nadie más vivirá en la mentira. Nadie más será usado.

Javier, apoyado contra la pared, derrotado en lo más profundo de su ser, cayó de rodillas, vencido no por la fuerza, sino por la verdad. Porque al final, lo que siempre había querido era ser reconocido, ser importante, ser él quien estuviera en el centro. Y al ver que Alejandro lograba todo eso sin haberlo buscado siquiera, comprendió que había perdido desde el principio.

—¿Por qué? —alcanzó a preguntar Javier, con lágrimas de rabia y tristeza corriendo por sus mejillas—. ¿Por qué tú sí y yo no?

Alejandro lo miró una última vez, con despedida en la mirada.

—Porque yo entendí que el poder no se tiene cuando se obliga a los demás a obedecer. El poder se tiene cuando los demás confían en ti, te siguen y te respetan porque saben que siempre harás lo correcto. Y eso... eso no se puede robar. Ni entrenar. Ni forzar. Se lleva dentro.

Se giró hacia Elena, que corrió hacia él y se lanzó a sus brazos, abrazándolo con tanta fuerza como si quisiera fundirse con él, asegurándose de que estaba ahí, de que estaba bien, de que todo había terminado. Él la rodeó con sus brazos, protegiéndola, llenándose de su calor, de su olor, de esa realidad que era lo único que realmente le importaba en el mundo.

Miró también a la anciana, que asintió con una sonrisa llena de satisfacción y lágrimas en los ojos, orgullosa de ver que todo lo que se había construido tantos años atrás, todo el sacrificio, todo el secreto, había valido la pena. Miró a Elías, que le hizo una señal de respeto y amistad, reconociendo en él al líder que necesitaban.

—Vámonos de aquí —susurró Alejandro al oído de Elena, besándole la frente con suavidad—. Ya no hay secretos. Ya no hay peligros. Ya no hay pasado que nos persiga. Ahora... solo nos queda el futuro.

Salieron del sótano, subieron las escaleras, dejando atrás para siempre aquel lugar oscuro lleno de historias, de dolor y de verdades. Dejaron atrás a Javier, vencido y solo entre sus propios recuerdos, dejaron atrás la organización tal como fue, dejaron atrás al operativo letal que había sido.

Al salir al salón principal de El Confín, la luz cálida, el ruido de la gente, el ambiente de siempre los recibió como un abrazo. Pero todo era distinto ahora. Todo tenía un color nuevo, más brillante, más real, más libre.

Alejandro se detuvo en medio de su bar, miró a todos los que lo habían acompañado, a todos los que habían arriesgado todo por él, y levantó la mano para pedir silencio.

—Amigos —dijo él, con voz clara y fuerte, con una sonrisa que iluminaba todo su rostro—. Muchas cosas han pasado. Muchas cosas he descubierto sobre mí mismo, sobre mi vida, sobre lo que fuimos y lo que podemos ser. Pero quiero que sepan una cosa, la única que importa de verdad: yo soy el hombre que construyó este lugar. Yo soy el hombre que os conoce, que os quiere y que os debe todo. Lo que fui antes... ya no existe. Lo que soy ahora... es vuestro amigo, vuestro dueño, y sobre todo, un hombre libre.

Todos aplaudieron, gritaron, celebraron, con lágrimas en los ojos, felices de ver que todo estaba bien, que su lugar, su refugio, seguía intacto y ahora era aún más fuerte.

Alejandro miró a Elena a su lado, tomó su mano entrelazando sus dedos con los de ella, y supo que, aunque la historia había sido larga, difícil y llena de sombras, el final era el que siempre había tenido que ser: el comienzo de una vida nueva, clara, transparente y llena de amor.

Y así, El Confín siguió siendo el lugar donde todos encontraban refugio, donde las historias se contaban y se vivían, y donde su dueño, ahora sí, conocía cada rincón de su propio corazón, y sabía exactamente quién era: simplemente... Alejandro.

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