Belvina Laurent lo tenía todo: belleza, un apellido poderoso y un esposo que cualquiera envidiaría. Pero Alden Virel, el CEO más frío de la ciudad, jamás la vio como algo más que un contrato. Ella suplicaba su atención. Él la ignoraba. Y entre ambos, una mujer llamada Seraphina sonreía desde las sombras.
Hasta que un día, Belvina dejó de perseguirlo.
Sin lágrimas, sin escenas, sin súplicas. La mujer que despertó esa mañana ya no era la misma. Su mirada era distinta. Su voz, afilada. Y la frase que le dedicó a Alden le heló la sangre:
"No mendigo amor."
Ahora es él quien no puede dejar de observarla. Quien busca excusas para estar cerca. Quien siente que algo se le escapa entre los dedos cada vez que ella le da la espalda.
Pero Belvina ya tomó una decisión: no va a humillarse por nadie. Ni siquiera por el hombre que, sin saberlo, está empezando a amarla de verdad.
Mientras tanto, Seraphina no piensa rendirse. La mujer que se esconde detrás de una sonrisa perfecta guarda secretos que podrían destruir a toda la familia Astera. Y está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias.
En esta guerra entre orgullo, obsesión y deseo, solo hay una regla: el amor no se mendiga.
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6. Algo que no encajaba
Sin embargo, Belvina no retrocedió. Tampoco apartó la mano de él. Solo lo contempló. Serena.
—¿Paciencia? —repitió en voz baja.
La comisura de sus labios se elevó apenas.
—¿Estás seguro de que eso es lo que tienes?
El aire entre los dos se endureció.
Poco a poco, Alden bajó la mano. No porque hubiera perdido. Sino porque eligió retirarse.
Por ahora.
Su mirada no se desvió. Como si intentara descifrar algo que escapaba a su comprensión.
—No te confíes tanto —articuló al fin.
El tono había vuelto a ser plano. Pero no del todo igual. Algo había quedado flotando.
—Un pequeño cambio no va a cambiar nada. —Esbozó una sonrisa. Una que no le alcanzó los ojos—. ¿O crees que soy fácil de engañar?
Belvina no contestó de inmediato. Solo lo observó. Y entonces...
—En ese caso —dijo con calma—, ¿por qué sigues aquí?
Una frase. Simple. Pero suficiente.
Alden calló. Una fracción de segundo. Lo bastante larga para notarse.
Después, giró sobre sus talones. Sus pasos mantuvieron la calma. Pero esta vez, no estaban del todo imperturbables.
La puerta se abrió. Se cerró de nuevo.
Clic.
Dentro de la habitación, Belvina seguía de pie en el mismo lugar.
Inmóvil.
Varios segundos transcurrieron. Solo entonces, al fin, soltó el aire que había contenido.
—Dios mío... —murmuró.
No por miedo. Sino porque aquel juego... era mucho más peligroso de lo que había calculado.
-
En la habitación contigua.
Esa noche, Alden no cerró los ojos enseguida.
Yacía boca arriba, una mano sobre la frente, con la vista clavada en el techo oscuro.
Normalmente, en cuanto su cuerpo tocaba el colchón, la mente se le vaciaba por inercia. El agotamiento del trabajo bastaba y sobraba para dejarlo fuera sin interrupciones.
Pero no esta vez.
La imagen seguía regresando.
La mirada de Belvina. Plana. Serena. Como si ya no necesitara nada de él.
Antes, esa mirada siempre estaba llena de expectativa. Fácil de predecir.
Generalmente, era él quien terminaba las cosas antes de que empezaran. Esta vez, no quería detenerse.
La mandíbula se le tensó.
"No soy yo."
La frase le retumbó otra vez. Corta. Ligera. Pero inquietante.
Alden exhaló con brusquedad y se giró de costado. Trató de cerrar los ojos. Pasaron varios segundos, pero su mente se aceleró todavía más.
Demasiado prolijo.
Eso era lo que le molestaba. Estaba acostumbrado a encontrar grietas. Esta vez, no había nada de dónde agarrarse.
Ningún nerviosismo fabricado. Ningún esfuerzo excesivo por atraer atención.
Lo que había era justo lo contrario. Distancia. Rechazo.
Alden abrió los ojos de nuevo. Su mirada se ensombreció.
—¿Un juego nuevo? —murmuró en voz baja.
Tenía lógica.
Era más fácil de aceptar que la otra posibilidad, esa que ni siquiera quería considerar.
Sin embargo, su memoria regresó a un detalle mínimo. La respiración contenida. Los hombros que se habían endurecido un instante. Una reacción espontánea que no encajaba con su actitud gélida.
Alden frunció el ceño.
Eso no era algo que pudiera ensayarse a la perfección.
Se incorporó. Sus dedos recorrieron el cabello aún ligeramente húmedo.
Si es actuación... entonces es demasiado buena. Y si no lo es...
Su pensamiento se detuvo ahí. No lo llevó más lejos. No le gustaban las posibilidades que no podía controlar.
Los ojos se le entornaron apenas. Recalculando.
El mismo rostro. Pero la forma en que ella lo miraba... era distinta. Ya no era alguien que pedía. Era alguien que... elegía.
Alden se puso de pie y caminó hacia la ventana. Apartó la cortina un poco. La luz exterior se filtró tenue, reflejándose en unos ojos que estaban lejos de la calma.
No le gustaba esto.
Aquel cambio no debería importarle. Pero la realidad era que seguía pensando en él.
La comisura de su boca se tensó.
—Deja de perseguirme... y de pronto soy yo el que presta atención.
Soltó una risa queda, sin humor alguno.
—Astuta. —Guardó silencio un instante—. ¿O... de verdad cambiaste?
Pero la palabra no sonó a acusación. Se parecía más a una admisión.
Regresó a la cama y jaló la sábana con un tirón brusco. Cerró los ojos otra vez, aunque esta vez no para dormir de verdad.
Su mente seguía activa. Seguía girando alrededor de la misma persona.
Y sin darse cuenta, lo que había cambiado no era solo Belvina.
Sino también... su atención.
-
Esa mañana, la mesa del desayuno ya estaba dispuesta con esmero. Alden se hallaba sentado. Tranquilo. Como si no esperara a nadie.
Unos pasos se oyeron desde la puerta.
Alden levantó la vista. Y en ese instante, sus ojos se entornaron un poco.
Belvina.
La mujer entró con paso firme. Serena. Sin titubeo. Pero había algo diferente. Muy diferente.
Normalmente, Belvina aparecía impecable. Glamurosa. Llamativa. Como si cada detalle estuviera diseñado para capturar miradas.
Hoy, en cambio, lucía más sencilla. Y justamente por eso, más atractiva.
Alden la recorrió con la vista sin pensarlo. Unos segundos más de lo debido.
Casi no parece la misma persona.
Belvina no devolvió la mirada. No esbozó ninguna sonrisa. Tampoco saludó. Pasó junto a la mesa y tomó asiento en la silla de enfrente, al otro lado de Alden. Igual que la noche anterior.
Distancia deliberada. Decisión consciente.
Los sirvientes intercambiaron miradas discretas. Algo había cambiado. Y todos podían percibirlo.
Belvina se acomodó con naturalidad. Como si esa posición fuera lo más normal del mundo.
Mientras tanto, frente a ella, Alden seguía observándola. Con más atención que antes.
Belvina recorrió los platillos con los ojos. Pan caliente. Huevos. Fruta fresca. Una bebida cuyo nombre ni siquiera reconocía como Dina.
Se contuvo. Se contuvo mucho. Pero el interés apareció de todos modos. Breve. Fugaz. Pero real.
Tomó un pan. Untó algo encima con un gesto que imitó de la memoria de Belvina. Sin la exageración de la Belvina original.
Primer mordisco, y de nuevo esa sensación. Demasiado delicioso. Casi perdió la compostura.
No, no. No voy a arruinar este cuerpo precioso.
Controló la expresión y luchó por mantenerse serena. Sus ojos se alteraron un momento. Luego regresaron a la calma.
Pero para Alden, no pasó desapercibido.
El hombre permanecía sentado frente a ella. Vigilando. Aquel detalle mínimo quedó registrado con nitidez. Igual que la noche anterior. Los mismos detalles ínfimos volvían a asomar.
Alden depositó su taza con suavidad. Ahora estaba seguro. Aquello no era un simple cambio de actitud. Había algo que... no encajaba.
Y eso resultaba intrigante. Muy intrigante.
Se levantó. Sus pasos fueron tranquilos al acercarse al lado de Belvina.
Los sirvientes agacharon la cabeza al instante. La atmósfera cambió. Más tensa.
—Mañana por la noche —pronunció.
Belvina no volteó.
—¿Qué?
—Vienes conmigo.
No hubo explicación adicional. El tono bastaba para dejarlo claro: no era una invitación.