En la noche de su cumpleaños número veintitrés, Camila Alcázar descubre que Diego, el hombre al que amó durante tres años, la engaña con la mujer que juró no significar nada para él.
Humillada, furiosa y decidida a elegir por sí misma al menos una vez, Camila le entrega la llave de una suite al desconocido más imponente del antro.
—Dime que estás segura —le exige él.
—Lo estoy. Esta noche te elijo a ti.
Lo que debía ser una sola noche termina convirtiéndose en el encuentro más intenso de su vida.
Pero al despertar, Camila descubre que aquel desconocido es Maximiliano Montalvo: un poderoso empresario de treinta y cinco años, doce mayor que ella… y el padre adoptivo de Ximena, su mejor amiga.
Camila intenta huir y enterrar lo ocurrido. Maximiliano, en cambio, no piensa dejarla escapar.
—Me voy a casar contigo.
—¿Por una noche?
—No. Porque llevo cuatro años sin poder olvidarte.
Cuando dos latidos inesperados aparecen en una pantalla, el matrimonio secreto que debía protegerla empieza a convertirse en algo mucho más peligroso: una relación llena de deseo, celos y sentimientos que ninguno de los dos puede seguir fingiendo.
Ahora Camila tendrá que enfrentarse a un ex dispuesto a destruirla, una familia que quiere vender su futuro y una rival capaz de atentar contra sus hijos.
Pero Maximiliano ya tomó una decisión.
Camila será su esposa, la madre de sus hijos y la única mujer autorizada a incendiar su cama.
Y piensa consentirla hasta que ella deje de tener miedo de pertenecerle.
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Capítulo 7
Capítulo 7
La colonia Nueva Aurora te recibe con el olor a tortilla del molino de la esquina y con los cables cruzando el cielo como telarañas.
Bajé del Metro, caminé las siete cuadras de siempre esquivando baches, y empujé la reja de nuestra casa, que rechina desde antes de que yo naciera. Modesta, dos pisos, la pintura descarapelada en la fachada porque para eso ya no alcanza. Nada que ver con la casa de las Lomas donde crecí, la que perdimos cuando mi papá lo perdió todo. A veces todavía sueño con aquellos techos altos. Después despierto aquí, y está bien. Aquí, por lo menos, se dicen la verdad. Casi siempre.
—Ya llegó la señorita universidad —soltó doña Otilia desde el sillón, sin despegar los ojos de la tele.
Mi abuela. Sentada como reina en el mueble bueno, con su rosario en la mano y su veneno en la lengua.
—Buenas tardes, abuela —dije, y me tragué el tono.
—Buenas tardes serían si trajeras buenas noticias. —Por fin volteó—. Tu madre me contó que dejaste al muchacho Lascano. ¿En qué cabeza cabe, Camila? ¿En qué cabeza?
Me quedé parada con la mochila colgando de un hombro.
—Diego no me convenía, abuela.
—¿Que no te convenía? —Se rió, seca—. Muchacha, los Lascano tienen. Tienen de sobra. Ese muchacho pagó tu universidad completita mientras tu padre andaba llorando sus deudas. Y tú, en vez de amarrarlo, ¿lo sueltas? Con la que está cayendo en esta casa.
En la cocina, mi mamá lavaba trastes en silencio, la espalda tensa. Nico, mi hermano, tirado en el otro sillón con los audífonos puestos y la prepa olvidada, ni levantó la vista.
—Las deudas de esta familia no se arreglan con un noviazgo —dije.
—Se arreglan como se puede. —Doña Otilia se enderezó, y ahí vino lo suyo—. Si tú arreglas las cosas con el muchacho, los Lascano nos echan la mano. Es gente decente, gente con posibles. Una llamada de tu suegro y a tu papá le reestructuran todo. ¿Sabes lo que es eso? Es respirar, Camila. Es que esta familia deje de ahogarse. Y tú lo tiras a la basura por orgullo.
—No es orgullo. —Apreté la correa de la mochila—. Es dignidad.
—¡Dignidad! —Levantó las manos al cielo—. Ay, sí. La dignidad no paga el predial. —Y entonces giró la cabeza hacia la cocina, buscando su blanco favorito—. Y todo esto, Lucía, es tu culpa. Le llenaste la cabeza de ideas a la niña. Igualita a ti. Mírate, fregando trastes mientras la casa se cae. Al menos Ernesto tuvo un hijo hombre que valga la pena. —Estiró la mano hacia Nico, la voz de pronto miel—. Ven, mijito, ¿tienes hambre? A ti sí te consiento.
Vi a mi mamá encoger los hombros sobre el fregadero. No dijo nada. Nunca dice nada. Aguanta, como si mereciera cada palabra.
Se me subió la sangre. Estuve a un segundo de contestarle a doña Otilia todo lo que me callo desde niña. Pero conozco esta casa. Si exploto, quien paga la factura después, cuando yo no esté, es mi mamá.
Así que apreté los dientes, subí a mi cuarto, y cerré la puerta despacio.
Me senté en la cama, con el corazón golpeándome las costillas.
A los pocos minutos tocaron suave. Mi mamá se asomó, con un plato de arroz en las manos y esa sonrisa cansada que le conozco de toda la vida.
—Te traje de comer, mija. No bajaste.
—No tengo hambre, mamá.
—Aunque sea unas cucharadas. —Dejó el plato en el buró y se sentó a mi lado. Bajó la voz, aunque la puerta estaba cerrada—. Cami. Óyeme bien. No le hagas caso a tu abuela.
Levanté la cara.
—Pero las deudas de papá…
—Las deudas de tu papá las paga tu papá. Y yo. Como podamos. —Me tomó la mano entre las suyas, ásperas de tanto trabajo—. Pero tú no. Tú no te sacrifiques por nadie, mija. Ni por esta familia, ni por esa vieja, ni por ningún hombre que te compre a plazos como si fueras un mueble. Yo hice eso. Me casé para "arreglar las cosas". Y mírame. —Le tembló la voz un segundo, nada más un segundo—. No quiero eso para ti. Prométemelo.
Se me llenaron los ojos. No lloré, porque en esta casa una aprende a no llorar. Pero le apreté la mano fuerte.
—Te lo prometo, mamá.
Me acarició la mejilla y se fue, con su sonrisa de siempre y su espalda un poco más derecha que abajo.
Esa noche, ya tarde, me sonó el celular. Ximena.
—Cami, tengo la mejor idea del mundo y no acepto un no —arrancó, sin saludar.
—Xime, son las once.
—Por eso, porque no me aguanté. A ver: te vienes a vivir conmigo. A la residencia de las Lomas. De roomie. —Casi la oí saltar—. Tenemos como mil recámaras vacías, amiga, es un desperdicio. Estás cerquita del trabajo, te ahorras el Metro y esas siete horas de camino que haces, y de paso me haces compañía. Es perfecto. Ya está decidido.
Me senté en la cama. Las Lomas. El rumbo donde crecí, del que nos corrió la quiebra. Volver ahí, aunque fuera de arrimada en casa ajena.
—Xime, no puedo aceptarte eso.
—Claro que puedes. Y el lunes te paso a recoger para tu primer día de prácticas, para que llegues como reina y no sudada del Metro. —No me dio tregua—. Cami, por favor. Deja que te ayude. Para eso son las amigas, ¿no? Di que sí.
Miré alrededor de mi cuarto chiquito. La reja rechinando abajo. La voz de mi abuela, todavía, resonándome en la cabeza: arréglalo con el muchacho, salva a la familia, la dignidad no paga el predial.
Y afuera de estas paredes, un mundo entero donde yo podía empezar de cero. Trabajo propio. Casa lejos de doña Otilia. Mis deudas pagadas por mí, con mi sueldo, sin deberle nada a nadie.
—Está bien —dije—. Sí. Me voy contigo.
—¡AY, SÍ! —El grito casi me revienta el oído—. ¡Vas a ver qué bien la vamos a pasar! Duerme, madrastra, mañana te doy detalles. Te quiero.
Colgó. Y me quedé abrazando la almohada, con una sonrisa rara, ligera, la primera en semanas.
Me acosté. Cerré los ojos.
Y entonces, del fondo, sin permiso, volvió el recuerdo de aquella noche. La habitación de hotel. La piel. Y un detalle que llevaba semanas empujando lejos cada vez que asomaba, porque no tenía cabeza para pensarlo: no hubo nada de protección. Nada. Ni él lo mencionó, ni yo, en medio del tequila y de las manos, me acordé de existir.
Se me heló algo por dentro.
No. Aparté el pensamiento como quien manotea una mosca. Seguro no pasa nada. Fue una vez. Una sola vez. Cosas más raras se salvan. No, no y no. No voy a arruinarme el primer respiro en semanas con eso.
Me di la vuelta. Me tapé hasta la nariz. Mañana, vida nueva.
Lo que no sabía, mientras me quedaba dormida sonriendo con la almohada apretada, era que la residencia de las Lomas a la que me mudaba, la casa de Ximena, era también la casa de él.
La casa del hombre de aquella noche.