Después de Ti ,Yo
La historia de una mujer madura, que aprendió a elegirse ,demostrando que ser una mujer de 50 años todavía tiene la oportunidad de ser feliz
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capitulo 11
EL REGRESO DE IVÁN BIANCHI ROSSI
La mañana comenzó con una llamada inesperada.
Analia se encontraba sentada junto a Tamara en la sala de la casa.
La niña todavía estaba triste.
Desde que había descubierto la verdad sobre Nayid, su padre ya no era el mismo hombre en su corazón.
Analia observó a su hija.
—¿Dormiste algo?
Tamara negó con la cabeza.
—No mucho.
—Tienes que descansar.
—Cada vez que cierro los ojos pienso en todo.
Analia sintió un profundo dolor.
—Lo sé, hija.
Tamara miró una fotografía familiar que todavía permanecía sobre la mesa.
—¿Tú crees que papá sabía cuánto daño nos iba a hacer?
Analia no supo qué responder.
En ese momento, su teléfono comenzó a sonar.
Era un número desconocido.
Analia dudó antes de contestar.
—¿Aló?
Durante algunos segundos escuchó silencio.
Luego una voz masculina habló.
—¿Analia?
Ella frunció el ceño.
—Sí. ¿Quién habla?
La voz soltó una pequeña risa.
—Han pasado demasiados años.
Analia se quedó completamente inmóvil.
Aquella voz.
La conocía.
—No puede ser...
—Espero que todavía recuerdes mi voz.
Analia se puso lentamente de pie.
—¿Iván?
Tamara levantó la mirada.
Analia permaneció en silencio.
—Sí —respondió la voz—. Soy yo.
Iván Bianchi Rossi.
Un nombre que Analia no había escuchado durante muchos años.
Pero que inmediatamente despertó recuerdos de toda una vida.
Analia e Iván se habían conocido cuando eran muy pequeños.
Sus padres habían sido grandes amigos.
El padre de Analia y el padre de Iván habían compartido negocios, amistades y una relación de confianza que había unido a ambas familias durante muchos años.
Analia e Iván prácticamente habían crecido juntos.
Jugaban.
Estudiaban.
Pasaban largas tardes junto a sus familias.
Para Analia, Iván había sido como un hermano.
Un amigo.
Alguien que conocía su historia desde antes de que Elías apareciera en su vida.
Pero con los años, Iván se había ido a Italia.
Allí había construido una vida.
Y aunque durante un tiempo mantuvo contacto con Analia, los años y la distancia terminaron separándolos.
Hasta ahora.
—¿Dónde estás? —preguntó Analia.
—En la ciudad.
Analia quedó sorprendida.
—¿Qué?
—Llegué esta mañana.
—¿Por qué no me avisaste?
Iván guardó silencio unos segundos.
—Porque quería asegurarme de encontrarte primero.
Analia sintió una extraña preocupación.
—¿Qué ocurre?
La voz de Iván cambió.
—Me enteré de algunas cosas.
Analia cerró los ojos.
—¿Quién te contó?
—Hay personas que todavía recuerdan muy bien a tu padre, Analia.
Aquellas palabras la dejaron en silencio.
—Mi padre murió hace años.
—Sí.
Iván hizo una pausa.
—Pero las personas poderosas no desaparecen completamente cuando mueren.
Analia sintió un escalofrío.
—¿Qué quieres decir?
—Que tu padre dejó amigos.
Dejó contactos.
Dejó personas que todavía respetan su nombre.
Analia apretó el teléfono.
—Iván...
—Y si alguien está intentando hacerte daño, necesito saber quién es.
Horas después, un automóvil se detuvo frente a la casa de Analia.
Tamara observó por la ventana.
—Mamá, hay alguien afuera.
Analia se acercó.
Durante unos segundos no pudo moverse.
Un hombre bajó del vehículo.
Habían pasado muchos años.
Pero había algo en su mirada que le resultaba familiar.
Iván Bianchi Rossi había regresado.
Cuando Analia abrió la puerta, ambos permanecieron en silencio.
—Hola, Analia.
Ella sintió que los recuerdos regresaban de golpe.
—Iván.
Él sonrió.
—Sigues siendo tú.
Analia intentó sonreír.
Pero las lágrimas comenzaron a caer.
Iván cambió inmediatamente su expresión.
—¿Qué te hicieron?
Analia bajó la mirada.
—Es una historia muy larga.
Iván dio un paso hacia ella.
—Entonces tengo tiempo para escucharla.
Tamara observaba todo desde la sala.
No conocía a aquel hombre.
Pero algo en la forma en que miraba a su madre le transmitía tranquilidad.
—Tamara —dijo Analia—. Él es Iván.
La niña se acercó lentamente.
—¿Quién es?
Iván sonrió.
—Soy un viejo amigo de tu mamá.
Analia lo miró.
—Crecimos juntos.
Tamara levantó las cejas.
—¿Desde pequeños?
—Sí —respondió Iván—. Conocí a tu mamá cuando tenía tu edad.
Por primera vez en muchos días, Tamara sonrió ligeramente.
Iván observó a Analia.
Y comprendió inmediatamente que algo grave estaba ocurriendo.
Más tarde, cuando Tamara se fue a su habitación, Analia finalmente le contó todo.
Elías.
Gissela.
Nayid.
Las empresas.
El dinero.
Raiza.
Isabel.
Las mentiras.
Iván escuchó sin interrumpir.
Cuando Analia terminó, el silencio llenó la sala.
—No sé qué hacer —dijo ella.
Iván la miró.
—Lo primero que tienes que entender es que no estás sola.
Analia cerró los ojos.
—Tengo a mis hijos.
—Y ahora también me tienes a mí.
Analia levantó la mirada.
—Iván...
—No vine desde Italia solamente para recordar los viejos tiempos.
Aquellas palabras hicieron que ella se preocupara.
—¿Entonces por qué viniste?
Iván sacó una pequeña carpeta de su maletín.
La dejó sobre la mesa.
—Porque recibí información sobre algunos movimientos relacionados con la empresa.
Analia lo miró sorprendida.
—¿Cómo sabes eso?
Iván abrió la carpeta.
—Tu padre siempre fue un hombre cuidadoso.
Analia permaneció en silencio.
—Cuando inició sus negocios, dejó protegidas muchas cosas.
Iván sacó algunos documentos.
—Y antes de morir, dejó instrucciones.
Analia sintió que el corazón comenzaba a latir más rápido.
—¿Instrucciones?
Iván asintió.
—Tu padre sabía que el dinero y el poder podían cambiar a las personas.
Analia miró los documentos.
—¿Qué dejó?
Iván respiró profundamente.
—Protección para ti.
En otro lugar, Gissela se encontraba reunida con Isabel y Raiza.
La conversación fue interrumpida por una llamada.
Isabel contestó.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué?
Gissela la observó.
—¿Qué pasó?
Isabel colgó lentamente.
—Iván Bianchi Rossi regresó.
Raiza levantó la mirada.
Por primera vez, su rostro mostró preocupación.
—¿El hijo de Bianchi?
—Sí.
Gissela frunció el ceño.
—¿Quién es?
Raiza permaneció en silencio.
Isabel respondió:
—Su padre fue uno de los mejores amigos del padre de Analia.
Gissela cruzó los brazos.
—¿Y eso qué importa?
Raiza levantó lentamente la mirada.
—Importa demasiado.
Gissela comenzó a sentirse incómoda.
—¿Por qué?
Raiza guardó silencio unos segundos.
—Porque el padre de Analia tenía poder.
Isabel continuó:
—Mucho poder.
Gissela soltó una pequeña risa.
—Pero está muerto.
Raiza miró directamente a Gissela.
—El poder no siempre muere con una persona.
El silencio llenó la habitación.
—Los amigos de su padre todavía existen —continuó Raiza—. Sus socios todavía existen. Y algunas personas todavía le deben favores.
Gissela dejó de sonreír.
Por primera vez comprendió que quizás había subestimado a Analia.
Mientras tanto, Nayid llegó nuevamente a la empresa.
Esta vez estaba decidido.
Entró directamente a la oficina de Alejandro.
—Tenemos que hablar.
Alejandro levantó la mirada.
—No otra vez.
—No me voy a ir hasta que me escuches.
Alejandro se levantó.
—Está bien. Habla.
Nayid se acercó.
—Quiero una parte de las acciones.
—Ya te respondí.
—Pero no entiendes.
—Entiendo perfectamente.
Nayid golpeó el escritorio.
—¡Soy hijo de Elías!
Alejandro lo miró fijamente.
—Y yo soy hijo de Analia.
Nayid se quedó inmóvil.
—¿Qué tiene que ver ella?
—Todo.
Alejandro abrió una carpeta.
—La empresa no se construyó solamente con dinero de mi padre.
Nayid comenzó a leer los documentos.
Su expresión cambió.
—Esto...
—Es la herencia de mi abuelo.
—Pero Elías trabajó en la empresa.
—Sí.
—Entonces también me corresponde algo.
Alejandro negó con la cabeza.
—No puedes exigir lo que nunca te perteneció.
Nayid apretó los papeles.
—Voy a hablar con mi padre.
—Hazlo.
—Y si él quiere darme algo, tú no podrás impedirlo.
Alejandro se acercó.
—Mi padre puede disponer de lo que legalmente le pertenece.
Hizo una pausa.
—Pero no puede regalar la herencia de nuestra madre.
Nayid sintió que la rabia crecía.
—Entonces esto no termina aquí.
Alejandro lo miró.
—Estoy de acuerdo.
Esa misma noche, Araceli se reunió nuevamente con Isabel.
Pero esta vez estaba preparada.
—Tía —dijo con tristeza fingida—. He estado pensando mucho.
Isabel sonrió.
—¿Y?
—Creo que tienes razón.
—¿Sobre qué?
—Mi mamá quizás no nos contó todo.
Isabel tomó su mano.
—Yo solo quiero protegerte.
Araceli bajó la mirada.
—Lo sé.
Pero mientras Isabel hablaba, el teléfono de Araceli grababa la conversación.
Ella necesitaba pruebas.
No solamente sospechas.
Quería descubrir exactamente qué estaban planeando.
—¿Y qué debo hacer? —preguntó Araceli.
Isabel sonrió.
—Primero tendrás que dejar de confiar ciegamente en tu madre.
Araceli levantó lentamente la mirada.
—Está bien.
Isabel creyó haber ganado.
Pero no sabía que Araceli estaba dispuesta a llegar hasta el final.
Porque podían intentar engañarla.
Podían intentar utilizar su dolor.
Pero jamás permitiría que destruyeran a su madre.
Más tarde, Iván estaba sentado frente a Analia.
Sobre la mesa había fotografías antiguas.
Una de ellas mostraba a ambos cuando eran niños.
Analia la observó durante varios segundos.
—Mi papá estaría feliz de verte.
Iván sonrió.
—Tu padre siempre decía que algún día tendría que cuidar de ti.
Analia levantó la mirada.
—¿Cuidar de mí?
—Sí.
Iván permaneció unos segundos en silencio.
—Y aunque él ya no esté, yo no voy a olvidar esa promesa.
Analia sintió que las lágrimas regresaban.
Después de tantos años, volvía a sentir que alguien la conocía.
Que alguien conocía a su familia.
Que alguien conocía la historia de su padre.
—No quiero que pelees por mí —dijo Analia.
Iván la miró.
—Entonces no lo haré por obligación.
Analia levantó los ojos.
—¿Por qué lo harías?
Iván sonrió levemente.
—Porque eres mi amiga.
Hizo una pausa.
—Y porque tu padre fue como un segundo padre para mí.
Analia tomó la mano de Iván.
Por primera vez en mucho tiempo, sintió un poco de tranquilidad.
Pero aquella tranquilidad duró poco.
El teléfono de Iván comenzó a sonar.
Contestó.
Su expresión cambió inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
Analia lo observó preocupada.
—¿Iván?
Él colgó lentamente.
—Tenemos un problema.
—¿Qué pasó?
Iván miró los documentos sobre la mesa.
—Alguien está intentando acceder a los documentos que tu padre dejó protegidos.
Analia sintió un escalofrío.
—¿Quién?
Iván levantó la mirada.
—Todavía no lo sabemos.
Pero estaba seguro de algo.
La guerra contra Analia ya había comenzado.
Y esta vez, no solo estaba en juego una empresa.
Estaba en juego la verdad que su padre había dejado escondida durante años.
Una verdad capaz de cambiar el destino de todos.
Ahora se descubre que Isabel está involucrada en el desvío del dinero y el ataque de la esposa de Alejandro y por eso Iván fue a la casa de Raiza.
Quien fue que atacó a la esposa de Alejandro y llegó a la habitación y ella se aterrorizó 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Quien es Iván y que relación tenían el padre de él y el de Analía 🤔🤔🤔🤔❓❓❓❓❓
Porque Elías y Raiza están tan asustados con la auditoría van a encontrar sus fechorías y estafas.
Isabel prácticamente Ivan te descubrió lo que estás tratando de hacer desprestigiar a Analía no sabes con quiénes te haz metido.
Gissela ahora vas a traicionar a Elías para salvar tu pellejo o por dinero 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Quien estaba manipulando la herencia de Analía y porque 🤔🤔🤔❓❓❓
Que esconde Raiza que Isabel y Gissela quieren saber 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Isabel no le importa su sobrina Araceli ya le sembró una duda lo más probable es que destruyan la confianza que sus hijos tienen en ella que desgraciada pero eso se paga el karma no perdona.
Tamara quiere saber quién es Nayid es mejor decirle la verdad de una vez.
Que querrá la loca de Gisela ahora en la casa de Analía menos mal que está Alejandro allí.
Obvio que Araceli está dolida puesto que para ella su padre era un ejemplo y la decepcionó.
Tamara esa niña de 12 años piensa infantilmente e inocentemente que todo se arreglará.
Aquí no hay arreglo ni tampoco solución lo que hay es un divorcio.
Alejandro que descubrió el abogado de la empresa de quién es 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Ese Alejandro es de armas a tomar no se deja y pensaron que el iba a ceder a cuenta de que 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Que desilusión para su hija que la persona que creía era un hombre sin defecto resultó un ídolo de barro.
Lourdes me gusta esa temática muchas suerte en esta nueva novela.