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A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

A los cuarenta me casé con el compañero de mi hijo

Status: Terminada
Genre:Aventura de una noche / Amor a primera vista / Ella Mayor Que Él / Casada con el millonario / Completas
Popularitas:176
Nilai: 5
nombre de autor: Dupi

El día de su vigésimo aniversario de bodas, Beatriz Nava descubre a su marido con una mujer mucho más joven.
“¿A tu edad, quién te va a querer?”, le dice él antes de echarla de la casa a la que entregó veinte años de su vida.
Herida, furiosa y decidida a demostrar que todavía está viva, Beatriz termina en los brazos de un joven mecánico de veintidós años. Solo pretende olvidarlo todo durante una noche. Pero a la mañana siguiente descubre que Dante Villarreal no es un desconocido: es compañero de universidad de su hijo y heredero de una de las familias más poderosas de México.
Dante no quiere ser un secreto ni una aventura pasajera. La desea en su cama, pero también a su lado, frente a su familia y ante el mundo entero.
Mientras su exmarido intenta recuperar el control, la sociedad la juzga y la familia Villarreal trata de separarlos, Beatriz tendrá que decidir si se atreve a empezar de nuevo con un hombre dieciocho años menor que ella.
Porque a los cuarenta una mujer no deja de desear. Y cuando por fin aprende a elegir su propio placer, nadie vuelve a decidir por ella.

NovelToon tiene autorización de Dupi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 8

—¿Qué? —repetí, todavía con el corazón en la garganta.

—Nada. —Dante retiró la mano y se sirvió de comer como si no acabara de decir lo que dijo—. Cómete los camarones antes de que se enfríen.

Y entonces hizo algo que se me quedó grabado sin que yo supiera por qué.

Tomó un camarón y lo empezó a pelar. Pero no como pela uno cualquiera, a tirones, dejándose media cáscara. Lo peló limpio, la cabeza, las patitas, la vena, un movimiento fino de los dedos, preciso, casi elegante. Puso el camarón desnudo en mi plato. Y luego otro. Y otro.

—¿Dónde aprendiste a pelar camarones así? —pregunté.

Se quedó un segundo con el siguiente entre los dedos.

—Por ahí —dijo—. Come.

"Por ahí." Otra vez ese muchacho con más fondo del que enseñaba. Pero tenía enfrente una montañita de camarones pelados por una mano que no me pedía nada a cambio, y hacía tanto que nadie me servía a mí, que me los comí y me callé.

Me acordé, sin querer, de las cenas de mi matrimonio. De cómo yo servía a Rodrigo primero, siempre, le partía la carne, le rellenaba el vaso, y él comía sin levantar la vista del periódico o del celular, sin un gracias, como si fuera lo que le tocaba por derecho. Veinte años de servir. Y ahora un muchacho de veintidós me pelaba los camarones y me miraba comer con una atención que me daba pudor.

Qué injusta es la vida con los tiempos, pensé. Que una aprenda a los cuarenta lo que debió saber a los veinte: que dejarse cuidar no es debilidad.

De regreso, caminando por la banqueta helada, lo oímos.

Un maullido. Débil, ronco, roto.

Venía de junto a un contenedor de basura. Dante se agachó, apartó una caja mojada, y ahí estaba: una gatita tricolor del tamaño de mi mano, temblando, con los ojos apenas abiertos, todavía sin destetar.

—Alguien la tiró —dije, y sentí que se me llenaba el pecho de algo caliente y furioso a la vez.

—Se va a morir de frío aquí. —Dante ya se estaba abriendo la chamarra para meterla adentro.

—Me la llevo —dije.

—Nos la llevamos. —Me miró—. En mi depto tengo espacio, tengo de todo. La criamos entre los dos. Tú vives enfrente, la vemos los dos.

No le discutí. Esa noche, la gatita durmió en una caja con una toalla, junto al calentador, y entre los dos, muertos de risa por lo torpes que éramos, le dimos leche tibia con una jeringa sin aguja.

—Le tenemos que poner nombre —dijo Dante.

—Mañana —dije yo, muerta de sueño—. Mañana.

Pero el mañana llegó con otra cosa.

Me despertó el teléfono. Era Sebastián. Y estaba llorando.

—Amá… —Se le quebraba la voz—. No te divorcies de mi papá, por favor. Por favor, amá.

Diecisiete años. Mi hijo. En la prepa, interno, que solo venía los fines de semana, y me hablaba llorando a las ocho de la mañana como cuando era chiquito y le daba miedo la oscuridad.

—Voy para allá —le dije—. Espérame.

Fui a la casa de Los Tulipanes. Mi casa, hasta hacía unos días. Toqué el timbre como una visita.

Los encontré a los tres en la mesa comiendo sopas instantáneas de vaso. Rodrigo, doña Herminia y Sebastián. Nadie cocinaba en esa casa. Nadie había cocinado en esa casa en veinte años más que yo.

—Beatriz, mija, qué bueno que viniste —arrancó doña Herminia con su voz de miel—. Siéntate, hija, hablemos como gente.

Rodrigo ni levantó la vista del vaso. Puro papel de víctima.

Miré la mesa. Los vasos de sopa instantánea, el desorden, el olor a comida barata calentada en el microondas. En veinte años esa casa nunca había olido así. Yo cocinaba. Yo mantenía todo en su sitio. Bastó que me fuera unos días para que se cayera el teatro de la familia perfecta y quedara lo que de verdad era: tres personas que no sabían ni hervir agua sin mí.

"Sin ti, esta casa se muere."

Puede ser. Pero ya no era mi problema que se muriera.

—Amá. —Sebastián se me colgó del brazo—. Prometo estudiar. Prometo portarme bien. Ya no voy a reprobar. Pero no te divorcies. ¿Sí? ¿Sí, amá?

Y ahí estuvo mi flaqueza. Porque una puede tener el acero por dentro que quiera, pero cuando tu hijo te mira con los ojos hinchados y te dice "prometo portarme bien", el acero se te ablanda por una costura.

—Lo voy a pensar —dije. Y me odié por decirlo.

—Amá, tengo hambre de tus alitas —dijo Sebastián, aprovechando—. Las de la salsa de Coca. Hace un montón que no las haces.

Fui a la cocina. Una última vez, me dije. Nada más una.

Doña Herminia me siguió, pegada como sombra.

—Mira, mija, entre marido y mujer la lengua y los dientes se muerden, así es esto, hay que aguantar…

—Doña Herminia —le corté, sin subir la voz, bajándola más bien, que es como me sale la rabia—, salga de mi cocina.

—Pero…

—Por favor. —Y le cerré la puerta.

Serví las alitas. Las puse en la mesa. Y antes de sentarme dije, clarito, para que a nadie le quedara duda:

—Es la última vez que cocino en esta casa.

Rodrigo por fin habló.

—Beatriz, perdóname. —Ahora sí me miraba—. Me equivoqué. Dame otra oportunidad.

Lo miré. Veinte años de conocerle cada gesto. Y no le creí ni una sílaba.

—¿Perdón? —dije, y solté una risa seca—. A menos que te arrodilles como en las telenovelas, no te creo nada.

Lo dije por decir. Por sarcasmo. Nunca imaginé lo que iba a pasar.

Rodrigo empujó la silla. Se puso de rodillas en el piso de la sala, delante de su madre, delante de su hijo, y me agarró de la pierna del pantalón.

—Beatriz, perdóname. No me dejes.

—¡Un hombre no se arrodilla! —gritó doña Herminia, escandalizada—. ¡Rodrigo, párate, por Dios!

Sebastián me tomó la mano, temblando.

—Amá…

Y yo me quedé ahí, de pie, con mi hijo agarrándome de una mano y mi marido de rodillas agarrándome de la otra pierna, y sentí que las defensas se me tambaleaban como una barda vieja.

Pero no era amor. Era teatro. Y una parte de mí, la de acero, lo sabía.

—Lo voy a considerar —dije.

No dije "me quedo". Dije "lo voy a considerar", que no es lo mismo, aunque ellos quisieran oír lo mismo.

Salí de esa casa como se sale de un sueño raro, sin saber bien si estaba despierta.

Iba en el camión —porque para qué gasto en taxi si el camión me deja a tres cuadras— cuando me escribió Dante.

"¿Cómo le ponemos a la gata? Yo digo Nube. Es toda blanca con manchas, parece nubarrón de tormenta. Ven, ya despertó, te extraña."

Me sonreí sola en el asiento, como una tonta.

En el camino de regreso miré por la ventana del camión las luces de la ciudad pasar, y me pregunté qué me estaba pasando. Que un mensaje de un muchacho por una gata me alegrara el día más que veinte años de matrimonio. Que prefiriera cruzar un pasillo a volver a mi propia soledad. Que una parte de mí, la que no le confesaba ni a Lucero, ya buscara pretextos para tocar esa puerta.

"Estás jugando con fuego, Beatriz. Y a tu edad, quemarse duele más."

Me bajé, crucé el pasillo, y en lugar de meterme a mi departamento toqué el de enfrente.

La gatita ya estaba mejor. Más despierta, más chillona, buscando calor. La cargué y se me acurrucó en el pecho como si me conociera de siempre.

—Nube —probé—. Sí. Nube le queda.

—Te lo dije. —Dante estaba recargado en el marco de la cocina, mirándome con esa cara suya—. La gata está bien bonita.

—Sí que lo está.

—Y tú, igual de bonita.

No le contesté. Me senté en su sillón con Nube dormida entre los brazos, el pelo tibio subiendo y bajando con su respiración diminuta, y por primera vez en mucho tiempo sentí algo parecido a la paz.

—Lo voy a pensar —murmuré, más para mí que para él.

Y ni yo misma supe si hablaba de la gata que acababa de adoptar… o del divorcio que no me atrevía a soltar.

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