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Casada con el heredero exmilitar

Casada con el heredero exmilitar

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.

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Capítulo 15

Capítulo 15 — Buscando la humillación

Llegaron juntas a la torre Occidente, cerca de la oficina. En el último piso estaba el Salón Esplendor, uno de los restaurantes más renombrados de la capital.

Apenas entraron, el lujo desmedido de la decoración dejó claro de inmediato la categoría del lugar.

Fernanda lo conocía de sobra: la familia Guerrero solía celebrar allí muchas de sus reuniones, y el restaurante incluso reservaba de forma permanente un privado para doña Leonor. Aun así, fingió que era su primera vez.

—Ame, dicen que aquí se come riquísimo —exclamó, entusiasmada.

Amelia también sonrió.

—Sí. En un rato, a comer sin culpa.

Una mesera se acercó con la sonrisa profesional de siempre.

—Buenas noches. ¿Tienen reserva?

Amelia negó con la cabeza.

—No. Una mesa en el salón principal nos sirve.

Ya había venido antes; sabía que los privados requerían reserva anticipada, pero para el salón general no solía hacer falta.

—Disculpe —dijo la mesera con pesar—, el salón principal está completo en este momento. Habría que esperar.

—¿Más o menos cuánto? —preguntó Amelia.

La mesera revisó su tableta.

—Al menos una hora.

Ya eran pasadas las siete. Otra hora significaba comer a las ocho y media. Amelia temió que Fernanda quedara con hambre y estaba por proponer cambiar de restaurante, cuando la mesera añadió:

—Señorita, justo se acaba de desocupar un privado. Si usted…

—Ese privado lo quiero yo.

Una voz de mujer se coló antes de que la mesera terminara la frase.

Amelia entornó los ojos y se volvió. Dos mujeres de porte llamativo avanzaban hacia ellas sobre sus tacones. La que había hablado llevaba el cabello largo y negro, lacio, un rostro de belleza seductora y un vestido de cuero ceñido que marcaba cada curva. De la mano colgaba un bolso de marca.

La mesera la miró, incómoda.

—Señorita, esta clienta llegó primero.

La mujer echó una ojeada a Amelia y a Fernanda. Bonitas las dos, pero de ropa corriente: asalariadas comunes. Alzó apenas el mentón.

—Pago un veinte por ciento más de propina.

Aquello era, sencillamente, medir quién tenía más dinero.

Al oírlo, a Fernanda le brotó la vena de heredera. Ella no presumía de fortuna a diario, pero lo que más detestaba era que otros presumieran delante de ella. En la capital, nadie era más rico que los Guerrero.

Dio un paso al frente y resopló con desdén.

—Qué gracia, tener dinero. Nosotras llegamos primero.

De cerca, Fernanda abrió un poco los ojos. Desde el principio esa mujer le había resultado familiar, y solo entonces la reconoció: ¿no era Talía Fuentes?

Años atrás, Talía había sido la novia de Adrián. Se conocieron estudiando en el extranjero y empezaron a salir. Pero Talía nunca supo la verdadera identidad de él, y por alguna razón terminaron.

Fernanda no la conocía en persona; la reconoció porque una vez había visto su foto en el celular de Adrián, y luego, por Hugo, se enteró de la relación que hubo entre ellos. Tantos años después, Talía se veía todavía más sensual y deslumbrante que en aquella foto.

Tal vez por aquello de «quien ama al árbol, ama sus ramas», Fernanda nunca le tuvo simpatía. Y verla ahora con ese aire de superioridad se lo puso peor.

Talía le lanzó una mirada despectiva y, sin dignarse a responderle, siguió dirigiéndose a la mesera:

—Yo conozco a su gerente, el señor Vela. Con una llamada consigo el privado igual.

Los ojos de Fernanda destellaron de desprecio. Sacó el celular y envió un mensaje a toda velocidad.

La mesera miró a Amelia, cada vez más apurada.

—Todo restaurante respeta la norma básica de atender por orden de llegada, ¿verdad? —dijo Amelia con una sonrisa suave, sin prisa.

La mesera asintió, más incómoda todavía.

La acompañante de Talía soltó un bufido altanero.

—El orden de llegada es para hacer fila en el salón. Los privados no son para que los usen a su antojo pobretonas como ustedes.

Y encaró a la mesera con arrogancia:

—Nuestra Talía es la heredera de los Fuentes. No tiene tiempo para esperar aquí. Llévenos ya al privado, o vamos a hablar con su superior.

La mesera no era más que una empleada, y lo que más temía era a los clientes que se imponían por poder e influencias. Buscó a la más razonable de las dos, Amelia, y le propuso con cautela:

—Señorita, ¿por qué no voy a ver si hay otro privado a punto de desocuparse? Si aparece, se lo reservo a usted primero.

En realidad, Amelia tampoco quería pelear por ese privado; la capital no se quedaba sin buenos restaurantes. Pero la actitud avasalladora de aquellas dos, sumada a su ánimo ya de por sí bajo, hizo que toda la emoción contenida se le desbordara.

—Ya que la señorita Fuentes conoce al responsable del restaurante —dijo—, que venga él a decidir a quién le corresponde el privado.

—Eso, llámelo —secundó Fernanda, con un brillo travieso en el fondo de los ojos. Vaya que iba buscando la humillación con las dos manos. No era más que la insignificante familia Fuentes.

Talía se echó el cabello hacia atrás, miró a las dos con desdén y marcó un número.

—Señor Vela, soy yo. Estoy en la zona de privados de su restaurante. Venga un momento.

Del otro lado accedieron, al parecer, porque Talía colgó satisfecha.

Su amiga miró a Amelia con aún más soberbia.

—Ya verán. A lo mejor ni al salón principal las dejan entrar.

—Bah —Fernanda puso los ojos en blanco. Se colgó del brazo de Amelia y le susurró—: Ame, prepárate para el espectáculo.

Amelia no entendió a qué se refería, y por dentro se sintió un poco inquieta. Al fin y al cabo, el mundo de los ricos no se regía por reglas.

Unos cinco minutos después llegó, a paso rápido, un hombre de traje con el rostro descompuesto de nervios. Al verlo, la mesera reaccionó como si viera a un salvador.

—Señor Vela, ambas clientas quieren el privado, pero solo nos queda uno.

Talía le sonrió.

—Señor Vela, qué rápido llegó.

No imaginaba que su apellido pesara tanto allí.

Pero el gerente Vela le echó apenas una ojeada indiferente, la rodeó y fue directo a plantarse frente a Amelia y Fernanda.

—¿La señorita Cruz y la señorita Guerrero? —Su tono llevaba, curiosamente, un dejo de respeto.

Amelia asintió, frunciendo levemente el ceño. ¿Cómo sabía el gerente sus apellidos?

—¿Las señoritas desean comer en un privado? —preguntó él.

Amelia respondió con calma:

—Nos da igual dónde comer, pero llegamos primero. La mesera nos ofreció un privado, y estas señoritas, que dicen conocerlo a usted, quieren pasarnos por encima y quedárselo.

El gerente Vela hizo una reverencia, todo disculpas.

—Lo lamento. Hoy tenemos muchos clientes. Enseguida las acomodo.

La amiga de Talía captó entonces el giro. Dio un paso hacia el gerente y alzó la voz:

—Señor Vela, ¿qué significa esto? Lo llamamos para que nos diera ese privado a nosotras.

El gerente le clavó una mirada molesta y se volvió hacia la mesera.

—Lleva a la señorita Fuentes y su acompañante a ese privado.

Al oírlo, Amelia frunció el ceño. Al parecer, el gerente Vela pensaba inclinar la balanza hacia el lado del dinero.

Pero Fernanda seguía con cara de quien tiene la mejor butaca para ver la función. Y es que sabía muy bien que el golpe estaba a punto de devolverse, con creces.

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Soledad Muñoz Vazquez
lo q no entiendo es cómo hay mujeres tan tontas porque hay q serlo para mantener ha un calzonazos así que la culpa no es de él es de la tonta que lo mantiene porque yo ni loca le mando dinero ha un tío que no teni idea de lo q está haciendo
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