Clara Valeska Montalvo lo tenía todo: juventud, dinero y un novio apuesto. Hasta que un viaje a Bali le arrancó las tres cosas de un golpe. Al descubrir a su novio Yago besándose con su mejor amiga Laura, Clara regresó destrozada a la capital, solo para enterarse de que sus padres ya la habían casado —sin su consentimiento y por poderes— con un desconocido: Álvar Mendoza, hijo del alcalde de una remota aldea montañosa.
Furiosa, humillada y sin alternativa, Clara llegó a Tugu Norte arrastrando una maleta de diseñador y un orgullo que no cabía en las calles de tierra. Lo que encontró fue lo opuesto a todo lo que conocía: un esposo que prefería los arrozales al quirófano donde se había formado como ginecólogo-obstetra, una suegra que cocinaba en fogón de leña, y un pueblo donde los chismes viajaban más rápido que la señal del celular.
El rechazo fue mutuo. Clara despreciaba la vida rural; Álvar la consideraba una niña mimada de ciudad. Pero la convivencia forzada tiene sus propias reglas: una reacción alérgica a la tilapia —el plato favorito de él— los acercó por primera vez. Una tormenta de montaña que dejó a Clara perdida y herida obligó a Álvar a salir a buscarla bajo la lluvia. Y cada pequeño gesto —un jugo de mango preparado con torpeza, el primer "cariño" pronunciado a media voz— fue abriendo grietas en la muralla que ambos habían levantado.
Pero el amor que crece entre ellos no será el único campo de batalla. La Doctora Ester, ex novia de Álvar, regresa con un rencor que escala de los celos al incendio y del incendio al secuestro. Yago reaparece convertido en un acosador corporativo dispuesto a destruir todo lo que Clara intente construir. Y en la aldea, viejas deudas de tierra, traiciones familiares y un apuñalamiento que casi le cuesta la vida al padre de Álvar pondrán a prueba si lo que Clara y Álvar sienten es lo bastante fuerte para sobrevivir.
Entre la capital y la aldea, entre el bisturí y la cosecha, entre el vestido de diseñador y el sombrero de paja, Clara descubrirá que la felicidad no se mide por lo que se tiene, sino por a quién se elige volver cada noche.
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Episodio 6
El auto se detuvo en el patio de la casa del alcalde al caer la tarde. El cielo sobre la aldea comenzaba a teñirse de un anaranjado grisáceo, y una brisa fresca mecía los árboles alrededor de la casa.
En cuanto Clara bajó, Doña Susana se acercó de inmediato con el rostro lleno de preocupación.
—Clara, ¿cómo te sientes, hija? ¿Todavía estás mareada? ¿Ya te bajó la comezón?
Sin embargo, antes de que Clara pudiera responder, Álvar se adelantó y entró a la casa. Dejó la bolsa con los medicamentos sobre la mesa del comedor con un golpe bastante sonoro.
—Después de cenar, te tomas otra pastilla —dijo con sequedad, sin voltear.
Aquel tono le bastó a Clara para saber que la actitud de Álvar había vuelto a enfriarse. Incluso más fría que antes. Don Higinio y Doña Susana intercambiaron miradas, claramente preocupados. Doña Susana tomó la mano de Clara con suavidad.
—Báñate primero, para que te sientas mejor. Después cenamos. Te preparé algo que no te haga daño.
Clara asintió despacio. Echó un vistazo buscando a Álvar, pero el hombre ya no estaba a la vista; quién sabe adónde se había ido.
Clara se dirigió al cuarto con paso pesado. En cuanto abrió la puerta, fue directo al baño. Sin pensarlo mucho, comenzó a desvestirse; el cuerpo todavía le resultaba pegajoso e incómodo.
Pero apenas se había quitado la parte de arriba,
—¡Aah! —El grito de Clara rompió el silencio de la casa.
Doña Susana y Don Higinio, que estaban en la cocina, se sobresaltaron al instante.
—¡¿Clara?! ¡¿Qué pasó?! —gritó Doña Susana, asustada.
La puerta del baño se abrió de golpe. Álvar estaba de pie en el umbral, con la cara igual de sorprendida.
—¡¿Qué te pasa?! —Clara gritó histérica mientras se cubría el cuerpo por reflejo—. ¡¿Por qué entras al cuarto sin hacer ruido?!
Álvar reaccionó y cerró rápidamente la puerta del cuarto desde adentro. Se dio la vuelta hacia la puerta y gritó hacia afuera:
—¡Mamá! ¡Papá! ¡No pasa nada!
Afuera, Doña Susana y Don Higinio todavía se oían preocupados, pero finalmente se alejaron.
Clara miró a Álvar con los ojos encendidos.
—¡Si vas a entrar al cuarto de alguien, primero tocas la puerta! ¡Me estaba cambiando!
Álvar no se quedó atrás en enojo.
—¡Este es nuestro cuarto, Clara!
—¡Justamente por eso deberías tener más consideración! —replicó Clara con fiereza—. ¡Todavía no estoy lista para compartir cuarto contigo!
Álvar soltó un suspiro brusco, a punto de estallar.
—¡La que debería haber puesto el seguro del baño o avisado que se estaba cambiando eres tú! ¡No gritar como poseída!
Clara resopló; el rostro se le enrojeció, entre rabia, vergüenza y humillación.
—¡No me eches la culpa a mí! ¡Tú eres el que entró sin avisar!
Álvar la miró con dureza.
—A partir de ahora, acostúmbrate a vivir en casa ajena, Clara. No estás en un departamento de la ciudad donde todo vale.
Aquellas palabras fueron como gasolina arrojada al fuego.
—Y tú también acostúmbrate —replicó Clara con frialdad— a que tu esposa no es una chica de pueblo a la que puedas mangonear a tu antojo.
El silencio cayó entre ambos; el aire del cuarto se sentía caliente pese a que la noche comenzaba a caer.
—Don Higinio, ¿oyó? ¿Hasta cuándo van a seguir peleando? Si siguen así hasta viejos, nunca voy a cargar un nieto —dijo Doña Susana.
—Paciencia, Susana. Son recién casados, todavía están aprendiendo. Nosotros como padres tenemos que aconsejarlos seguido a los dos —respondió Don Higinio, mientras ayudaba a Doña Susana.
—Me voy a bañar —dijo Clara con aspereza, desviando la mirada.
Álvar la miró de reojo.
—El baño de adentro no sirve. La llave está rota. Báñate en el de afuera, mañana lo arreglo.
—¿Qué? —Clara resopló de inmediato, molesta—. ¿En serio?
—En serio —respondió Álvar, inexpresivo.
Sin esperar más respuesta, Clara tomó la toalla y salió del cuarto con paso pesado. Al llegar al baño exterior, sus pasos se hicieron más lentos.
Ya estaba bastante oscuro. La luz del porche alumbraba apenas, mientras el canto de los grillos resonaba desde la huerta trasera. El frío aire de la aldea le penetraba la piel y le erizaba los vellos de los brazos.
Presionó el interruptor de la luz del baño, pero no encendió.
—Dios mío… —murmuró Clara, molesta y a la vez nerviosa.
Al poco rato, Álvar salió tras ella. Se detuvo al ver a Clara plantada frente al baño exterior, aferrada a la toalla.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—La luz no enciende —respondió Clara con sequedad, aunque el tono de su voz había cambiado ligeramente; ya no era tan cortante como antes.
Álvar resopló.
—Un momento.
Entró al baño exterior, quitó la cubierta de la lámpara y la revisó.
—Se fundió el foco.
Clara se quedó a cierta distancia, observando los alrededores en silencio. Álvar salió con el foco viejo en la mano.
—Voy por uno nuevo.
Unos minutos después regresó y colocó el foco nuevo. Una luz amarillenta y tenue finalmente se encendió, iluminando aquel baño sencillo.
—Listo —dijo Álvar.
Clara miró la luz un instante y luego asintió despacio.
—Gracias.
Esa sola palabra salió sin orgullo, casi sin darse cuenta. Álvar volteó, ligeramente sorprendido, pero no hizo ningún comentario. Solo dijo con brevedad:
—Apúrate a bañarte, el aire de la noche está frío.
Luego se marchó, dejando a Clara sola frente al baño. Clara respiró hondo antes de entrar.
La cena se sirvió sencilla sobre la mesa larga de madera. Arroz caliente humeaba, un caldo claro de verduras, tofu y tempeh frito, y otros platillos que no representaban riesgo para Clara. La lámpara del comedor brillaba con su luz tenue, creando un ambiente cálido que contrastaba con la frialdad de la relación entre los dos jóvenes sentados en los extremos de la mesa.
Doña Susana sonrió y comenzó a contar.
—¿Saben? La primera vez que su padre y yo cenamos juntos después de casarnos… los nervios me comían. Su padre hasta agarró la cuchara equivocada —dijo con una risita.
Don Higinio soltó una risa discreta.
—Tu madre era tímida pero detallista. El té dulce siempre le quedaba perfecto.
Doña Susana miró a Clara con ojos chispeantes.
—Ya verán que ustedes también…
—Tiene que entender algo, Doña Susana —interrumpió Clara de golpe. Su cuchara se quedó suspendida en el aire—. Álvar y yo fuimos emparejados por un arreglo. No nos casamos por amor. Nosotros nunca vamos a ser como la historia de usted y Don Higinio.
Aquellas palabras cayeron con todo su peso sobre la mesa.
Doña Susana se quedó callada; la sonrisa se le fue borrando del rostro poco a poco. Su mano, que estaba acomodando un plato, se detuvo y sus dedos se entrelazaron.
Don Higinio suspiró y luego habló con calma.
—Entiendo, Clara. No todos los matrimonios empiezan con amor. A veces… el amor llega después.
Clara bajó la mirada, sin responder.
Álvar, que hasta entonces había permanecido en silencio, por fin levantó la cara. Su mirada era fría; no le gustó que Clara interrumpiera a su madre, y menos con un tono tan tajante.
—Dilo de una manera más respetuosa —ordenó en voz baja pero firme.
Clara volteó a verlo y sonrió de forma tenue y afilada.
—Solo estoy siendo honesta.
El silencio volvió a cubrir la mesa. El sonido de las cucharas al tocar los platos se escuchaba más fuerte de lo habitual.
Doña Susana forzó una sonrisa.
—Come, hija. Se te va a enfriar el arroz.
Retomaron la comida, cada uno sumergido en sus propios pensamientos.
En la misma mesa, bajo el mismo techo, cuatro corazones latían con ritmos distintos.
Aquella primera cena juntos terminó sin risas, pero quedó como señal de que el camino de ambos como marido y mujer apenas comenzaba: con una honestidad amarga y una esperanza todavía difusa.