Esta historia comienza con una joven estudiante de colegio que jamás imaginó que conocer a un doctor cambiaría su vida para siempre. Entre ellos nace un sentimiento profundo que, poco a poco, se convierte en un amor prohibido, lleno de obstáculos, secretos y decisiones difíciles. Sin embargo, ambos están dispuestos a luchar por aquello que sienten. Cuando la chica atraviesa el momento más doloroso de su vida, su mundo se derrumba: su querida abuelita, la única persona que la crió y estuvo a su lado, fallece después de enfrentar una grave enfermedad. El doctor no pudo salvarla, pero decidió quedarse para acompañarla y apoyarla.
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Capítulo 7: La invitación
Después de tanto pensarlo, finalmente me animé a escribirle a Valeska. Tenía el celular en la mano y la conversación abierta desde hacía varios minutos.
—Bueno, pues… de una —murmuré—. Si le voy a escribir, le escribo y ya.
Entré a WhatsApp y busqué su nombre. Todavía tenía la misma foto de perfil que había visto días atrás: ella con su uniforme del colegio.
Sonreí y comencé a escribir.
Yo: “Hola, hermosa, ¿estás desocupada?”
Mandé el mensaje y dejé el celular sobre la cama.
No alcanzaron a pasar muchos minutos cuando escuché la vibración.
Era ella.
Valeska: “De hecho, estoy haciendo tareas.”
Solté una pequeña risa.
—Siempre ocupada esta pelada.
Le respondí:
Yo: “¿Y qué tarea estás haciendo?”
Valeska: “Matemáticas. Tengo unos ejercicios que no entiendo.”
Pensé un momento y le escribí:
Yo: “Si querés, te ayudo.”
Ella tardó un poquito en responder.
Valeska: “¿Vos sabés de matemáticas?”
Yo: “Algo sé, pues. Mandame una foto del ejercicio y miramos.”
A los pocos segundos llegó una fotografía de su cuaderno.
Miré el ejercicio con cuidado. No era tan complicado, así que comencé a explicarle por mensaje.
Yo: “Primero organizás los números de esta manera. Después hacés la operación de acá y al final revisás el resultado.”
Valeska: “Esperá, voy a hacerlo.”
Me quedé esperando.
Al rato llegó otro mensaje.
Valeska: “¡Me dio! Jajaja.”
Yo: “¿Viste? No era tan berraco.”
Valeska: “Para vos porque sos inteligente.”
—Ah, bueno —dije riéndome—. Tampoco exageremos.
Seguimos hablando mientras ella terminaba sus tareas. Me contó que tenía varias materias pendientes y que trataba de organizarse porque, además del colegio, tenía que trabajar.
Yo ya sabía que su vida no era sencilla.
Estudiaba durante el día, vendía arepitas por las tardes y por las noches trabajaba en la discoteca.
Cuando terminó sus deberes, me escribió:
Valeska: “Listo, ya terminé todo.”
Yo: “Qué bueno. ¿Y ahora qué vas a hacer?”
Valeska: “No sé. Tengo un ratico libre.”
Me quedé mirando la pantalla.
Era mi oportunidad.
Escribí:
Yo: “¿Te gustaría salir un rato?”
Me quedé esperando su respuesta.
Pasaron unos segundos.
Después apareció:
Valeska: “¿Salir?”
Yo: “Sí, pues. Nada complicado. Podemos ir a tomar algo y conversar un rato. Después yo te llevo nuevamente a tu casa.”
Tardó un poquito en responder.
Finalmente llegó el mensaje que estaba esperando.
Valeska: “Bueno, sí acepto.”
Sonreí.
—De una.
Le pregunté a qué hora podía salir y quedamos para esa misma tarde.
Me arreglé con calma y salí de mi habitación. Mi mamá estaba en la sala.
—¿Y usted pa' dónde va? —me preguntó mi cucha.
—Voy a salir un rato, ma.
—¿Con quién?
—Con una muchacha que conozco.
Mi mamá me miró con curiosidad.
—Ah, bueno pues. Pero no se vaya a demorar.
—Tranquila, cucha.
Tomé las llaves del carro y salí.
Mientras manejaba, pensé que hacía apenas un mes no sabía prácticamente nada de Valeska y ahora estábamos a punto de salir a conversar.
Cuando llegué cerca de su casa, le escribí.
Yo: “Ya llegué.”
Unos minutos después la vi salir.
—Hola —me saludó.
—Hola, Valeska. ¿Todo bien?
—Sí, todo bien.
Subió al carro y arrancamos.
Durante el camino hablamos de cosas sencillas. Me contó un poco más del colegio y de las tareas. También hablamos de su trabajo y de las arepitas que vendía.
—Usted sí camella bastante —le dije.
—Toca, pues. Hay que echar pa'lante.
—Eso es verdad.
Pasamos un rato conversando y después, como habíamos acordado, emprendimos el regreso.
Cuando llegamos a su casa, estacioné.
—Gracias por traerme —me dijo.
—Con gusto. Y me alegra que hayas aceptado salir.
—A mí también.
Se despidió y entró a su casa.
Yo esperé hasta verla entrar y luego emprendí el camino de regreso.
Mientras manejaba, pensé en lo curioso que era todo aquello.
Había pasado un mes preguntándome si debía escribirle.
Y ahora, finalmente, había dado el primer paso.
—Quién lo iba a decir, pues —murmuré—. Una simple conversación por WhatsApp y terminamos saliendo.
Sonreí mientras seguía manejando.
Definitivamente, ese día había sido diferente.