Elena Vargas lo entregó todo por su familia.
Construyó un imperio desde cero, sacrificó sus sueños por su esposo y creyó que el amor podía superar cualquier obstáculo. Pero una noche descubre la verdad más cruel: Rodrigo, el hombre con quien compartió su vida, nunca la amó. Junto a su amante, ha pasado años robándole su empresa, manipulando a su hijo y convirtiéndola en la mujer desechable que ambos planean abandonar cuando ya no les sirva.
Humillada, traicionada y destrozada, Elena pierde la vida en un trágico accidente.
Pero el destino le concede un milagro imposible.
Despierta diez años en el pasado, justo antes de que todo se derrumbe.
Esta vez no cometerá los mismos errores.
No pedirá explicaciones. No suplicará amor. No volverá a confiar.
Mientras Rodrigo y su amante creen seguir manipulando a la esposa perfecta, Ele
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**Capítulo 21 Elena y Camila**
Elena no durmió esa noche. A las siete de la mañana ya tenía el teléfono en la mano. Marcó el número de Camila antes de arrepentirse.
—Necesito verte —dijo sin saludar—. Sin abogados. Sin Rodrigo. Solo nosotras.
Camila tardó en contestar. Elena casi podía escuchar cómo calculaba.
—Está bien —respondió por fin—. En el café de siempre. En una hora.
Elena llegó primero. Se sentó en una mesa del fondo. Tenía las manos frías y el estómago revuelto. Cuando Camila entró, las dos se miraron un segundo. Sin sonrisas falsas. Sin máscaras.
Camila se sentó frente a ella. Pidió un café y esperó.
Elena fue directa.
—¿Por qué me dejaste fuera? —preguntó—. Entregaste todo a la fiscalía. Pero no me mencionaste ni una sola vez.
Camila la miró largo rato. No parecía arrepentida. Tampoco agresiva. Solo cansada.
—Porque Rodrigo nos usó a las dos —dijo por fin—. Y solo una de nosotras lo vio a tiempo.
Elena apretó los labios. Tenía la mandíbula tensa.
—Explícate.
Camila soltó una risa corta y amarga.
—¿Querés que te explique? Bien. Llevo años odiándote, Elena. No por lo que sos. Por lo que él me decía que eras. “Elena nunca se queja. Elena siempre trabaja. Elena es fuerte.” Me convertiste en el estándar imposible que nunca pude alcanzar. Cada vez que me comparaba con vos, yo perdía.
Elena sintió un nudo en el estómago. No esperaba eso.
Camila continuó. Tenía la voz baja pero firme.
—Él me usaba para sentir que tenía poder. Y me usaba a mí para recordarte a vos lo que no eras. La esposa perfecta. La madre abnegada. La burra de carga. Y yo… yo me tragué todo porque creía que algún día me elegiría a mí.
Se quedó callada un momento. Miró su café sin tocarlo.
—Cuando vi que todo se venía abajo —siguió—, decidí salvarme. Entregué todo. Pero no te metí a vos. Porque al final… las dos fuimos víctimas de la misma mierda. Solo que vos despertaste antes.
Elena tenía la garganta cerrada. No sabía qué sentir. Rabia. Lástima. Nada.
—¿Me estás pidiendo que entienda? —preguntó.
Camila negó con la cabeza.
—Te estoy diciendo la verdad. Vos me preguntaste por qué te dejé fuera. Esa es la razón.
Se hizo un silencio pesado. Camila se levantó y tomó su bolso.
—Rodrigo va a caer —dijo antes de irse—. Y yo voy a intentar salir viva de esto. Vos hacé lo mismo.
Se fue sin mirar atrás.
Elena se quedó sentada sola en la mesa. Tenía la frase clavada en el pecho como una astilla.
“Solo una de nosotras lo vio a tiempo.”
Su teléfono vibró. Era Mateo.
**“¿Dónde estás?”**
Respondió con dedos temblorosos.
**“Volviendo a casa.”**
Pero mientras pagaba la cuenta, no podía sacarse las palabras de Camila de la cabeza. Por primera vez, veía a la otra mujer no como una villana. Sino como otra víctima rota.
Y eso complicaba todo.
Cuando salió del café, vio un auto oscuro estacionado al otro lado de la calle. Alguien la observaba.
Elena sintió un escalofrío.
La guerra todavía no había terminado.
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Elena llegó a casa pasadas las once de la noche. La audiencia había sido brutal. Rodrigo había intentado todo: acusaciones, mentiras, lágrimas falsas. Ella salió con la cabeza alta, pero por dentro estaba hecha mierda. El maquillaje corrido, los hombros tensos, la garganta seca.
Cuando bajó del auto, vio a Luciano esperándola en la puerta. Tenía dos vasos de café en la mano y cara de no haber dormido en días.
Ella se detuvo a unos metros.
—No tengo energía para ningún juego hoy —dijo sin rodeos.
Luciano no se movió.
—No vine a jugar —respondió.
Elena dudó un segundo. Luego abrió la puerta y le hizo un gesto con la cabeza para que entrara.
Se sentaron en la cocina. El café se enfrió entre ellos mientras hablaban de la audiencia, de los movimientos de Rodrigo, de lo que venía. Pero poco a poco la conversación cambió. Ya no hablaban de estrategias. Hablaban de ellos.
A las dos de la mañana, Elena tenía la cabeza apoyada en una mano. Estaba agotada.
Luciano la miró largo rato.
—¿Por qué seguís peleando sola? —preguntó.
—Porque siempre lo hice así —respondió ella.
Él se inclinó un poco hacia adelante.
—No tenés que hacerlo sola.
Elena levantó la vista. Tenía los ojos cansados, pero algo en su mirada cambió. Se quedaron mirándose. El silencio se estiró.
Y entonces él la besó.
Fue suave al principio. Casi una pregunta. Elena se quedó quieta un segundo. Luego lo besó de vuelta. Con más fuerza. Con todo lo que había estado guardando.
Se separaron. Elena tenía la frente apoyada contra la de él. Respiraba agitada.
—Esto complica todo —murmuró.
—Sí —dijo Luciano. No discutió.
—No sé si puedo manejar esto ahora.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué sonreís?
—Porque me besaste de vuelta.
Elena no tuvo respuesta para eso. Solo cerró los ojos y se quedó ahí, con la frente contra la de él.
Su teléfono vibró sobre la mesa. Un mensaje de Samuel.
**“Rodrigo acaba de amenazar con revelar algo sobre Mateo. Mañana a primera hora tenemos que hablar.”**
Elena abrió los ojos. La realidad volvía a golpear.
Luciano lo vio en su cara.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Ella se separó un poco. Tenía la mandíbula tensa.
—Rodrigo no va a parar —dijo.
Luciano le tomó la mano.
—Entonces nosotros tampoco.
Elena miró sus manos entrelazadas. Tenía el pecho apretado y un nudo en la garganta.
No sabía si esto era un error. Pero por primera vez en mucho tiempo, no se sentía sola.
Y eso la asustaba más que cualquier amenaza de Rodrigo.
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Ojalá que encuentren a Adriana Ferreti y entre las dos hundan a ese engendro.
Un duro golpe para ese muchacho de 17 años que apenas está empezando la vida y tener que enfrentar eso.
Me imagino que Luciano tiene amigos mafiosos y no quiere deberles nada así que los utilizará por el amor que siente por Elena.
Luciano está babeando por Elena y ella ya le está gustando Luciano que hasta lo besó.