Renata Sinclair lleva años casada con un hombre que la mira como si fuera un mueble más de su casa. Sin caricias, sin besos, sin palabras dulces… ni siquiera de noche comparten la cama. El rechazo constante ha despertado en ella un fuego que no logra apagar: su cuerpo pide lo que su alma anhela, y la ausencia de afecto se transformó en un deseo incontrolable que la avergüenza y la consume. Desesperada por salvar su matrimonio y sanar esa parte rota de sí misma, acude a una consulta médica privada. Allí conoce al doctor Gabriel Sterling: hombre alto, imponente, mirada de acero y voz que la eriza con cada sílaba. Es autoritario, directo, exigente… y despierta en ella algo que ni su propio cuerpo logra entender. Cuando Renata se atreve a acercarse a su esposo una última vez, buscando recuperar lo que perdieron, recibe la humillación más cruel de su vida. Destrozada, volverá a los brazos —y a la cama— del doctor, sin imaginar que él oculta un secreto: detrás de esa bata blanca.
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Capítulo 11: El Amanecer de lo Inevitable
La luz grisácea del amanecer se filtraba entre las cortinas, dibujando franjas pálidas sobre la piel desnuda de ambos. Renata despertó primero, con la cabeza apoyada sobre el pecho de Gabriel, escuchando el ritmo firme de su corazón. Durante unos instantes se permitió creer que podían quedarse allí, atrapados en esa burbuja perfecta donde solo existían ellos dos. Pero la realidad llegó fría y rápida: el sol había salido, y con él, el mundo que él había tratado de mantener alejado de su puerta.
Gabriel se movió lentamente, abrió los ojos y la miró. Ni rastro de sueño, solo esa claridad helada que parecía formar parte de su verdadera identidad.
—Ya despertó la ciudad —dijo en voz baja, pasándole un dedo por la mejilla—. Y con ella, mis enemigos. A partir de ahora no te soltaré la mano en público, pero debes estar preparada: hablan, juzgan, inventan… y no dudarán en atacarte para llegar a mí.
—No me asustan —respondió ella, apretando su mano—. Me asustaría más perderte.
Él la atrajo contra sí un momento más, como si quisiera grabar su calor en la piel antes de vestirse. Cuando bajaron al vestíbulo, el mayordomo los esperaba con el rostro impasible, pero al verlos entrar juntos, su mirada se detuvo una fracción de segundo en los cabellos revueltos de Renata y en la mano entrelazada de ambos.
—Señor Sterling —dijo con una leve inclinación—. Llegaron varios mensajes urgentes. La junta directiva solicita su presencia de inmediato. Y… el señor Marcelo Varela ha enviado una invitación personal para la cena de esta noche.
Gabriel apretó la mandíbula.
—¿Varela? —repitó con veneno en la voz—. El hombre que anoche la pretendió para sí… ahora nos invita. Sabe. De alguna manera, ya lo sabe.
Renata sintió un escalofrío. Marcelo Varela era uno de los socios más influyentes y despiadados del círculo de Gabriel. Si había descubierto la verdad, no era por casualidad: alguien había filtrado información. Alguien muy cerca.
—¿Podría ser alguien de tu propia gente? —preguntó con cautela.
—Lo más probable —asintió Gabriel con amargura—. En mi mundo, la lealtad se compra y se vende cada mañana. Solo confío en ti. Y apenas en mí mismo.
En ese momento el teléfono sobre la mesa comenzó a sonar con insistencia. Gabriel lo tomó, y al escuchar las primeras palabras, su expresión se transformó en hielo puro.
—¿Qué dijeron? —preguntó Renata al verlo palidecer.
—Mi consultorio —respondió lentamente—. Han ido a registrarlo. Han encontrado documentos que no debían estar allí. Acusan al doctor Gabriel de fraude profesional y encubrimiento de identidad. La noticia estará en todos los medios antes del mediodía.
El golpe cayó como un martillo. Gabriel Sterling, el magnate intocable, quedaba al descubierto con su doble vida expuesta. Pero lo que más temía no era su propia ruina, sino el daño que recibiría ella por estar a su lado.
—Debes irte —dijo de pronto, soltándole la mano como si le quemara—. Antes de que pongan tu nombre junto al mío. Aún hay tiempo. Nadie te ha visto, nadie te relaciona conmigo. Puedes volver a tu vida…
Renata lo interrumpió colocando ambas manos sobre sus hombros, mirándolo directo a los ojos sin parpadear.
—¿Me pides que te abandone justo cuando todo se viene abajo? ¿Crees que me enamoré de tu título o de tu dinero? Gabriel, te elegí a ti. Con tus luces y tus sombras. Y no me voy a ir a ninguna parte.
Por un instante el orgullo se quebró en su rostro y Gabriel cerró los ojos, apoyando la frente contra la suya.
—Eres un peligro para mi paz, ¿lo sabías? —susurró con voz ronca.
—Y tú para mi corazón —le devolvió ella con una media sonrisa—. ¿Vamos? El mundo espera. Y no vamos a llegar tarde.
Gabriel asintió, enderezando la espalda. El hombre que tenía enfrente ya no era el médico tranquilo del consultorio. Era Gabriel Sterling en toda su estatura: imponente, letal, listo para la guerra. Le tomó la mano de nuevo y no la soltó.
—Vamos —dijo—. Que vean. Que hablen. Pero que sepan bien claro: si caigo, caemos juntos. Y si gano… gano contigo.
Salieron juntos al exterior. Los flashes de las cámaras estallaron de inmediato, iluminándolos como un mediodía a pesar de la hora temprana. Preguntas, gritos, micrófonos estirados hacia ellos. Gabriel no se detuvo, no respondió, solo apretó la mano de Renata y avanzó firme hacia su destino, con ella a su lado, erguida y serena, bajo la mirada atónita de todo un imperio que jamás pensó ver a su señor arrodillado ante nadie… salvo ante ella.