En un mundo donde demonios y ángeles se enfrentan desde siempre, Kaelen, un poderoso señor demonio, lucha por mantener unida a su familia mientras se enfrenta a prejuicios, secretos y pérdidas.
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Kael lo miró largo rato, con los ojos dorados brillando con emociones que no sabía cómo nombrar.
—¿Y si nos destruimos ? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Y si al final no somos capaces de parar?
—Entonces nos destruimos —dijo Marco con firmeza—. Pero lo hacemos juntos.
Se besaron con desesperación...
Marco lo giró sin romper el beso mientras ambos se desvestían a toda prisa. En un movimiento rápido, Kael revirtió la posición y quedó arriba. Comenzó a embestirlo con lentitud, sabiendo perfectamente que a Marco le gustaba la rudeza y que solía enojarse cuando el ritmo era demasiado suave.Exigiendo más, Marco reaccionó con un giro brusco que dejó a Kael debajo de él. Lo penetró de forma profunda; su gran tamaño hizo que Kael sintiera una intensidad abrumadora por dentro. Con una sonrisa pícara, Marco aceleró el ritmo, volviéndose cada vez más rápido y rozando la suave y blanca piel del ángel.Perdido en el clímax, Marco olvidó por un instante el impacto que causaba en Kael, concentrado únicamente en su propio placer. Sin embargo, al notar la expresión de dolor provocada por su rudeza, la culpa lo hizo reaccionar: lo besó con ternura y suavizó sus movimientos, bajando la intensidad para cuidarlo tanto como podía.
En la mansión, Ricardo estaba en la habitación de Elara, mirándola mientras ella leía un libro antiguo que él le había llevado. Las cintas de seda seguían en sus alas, pero ya no parecían encadenarla tanto. Lo miró por encima de las páginas y sonrió suavemente.
—Gracias por el libro —le dijo—. Es hermoso. Habla de lugares donde todos pueden vivir juntos, sin importar de dónde vengan.
Ricardo se quedó de pie junto a la ventana, mirando hacia afuera.
—Es solo un cuento —dijo con brusquedad—. La realidad no es así.
—¿Estás seguro? —preguntó ella, cerrando el libro despacio—. ¿O es que nunca has visto que sea diferente?
Ricardo se giró para mirarla. Iba a responder, a decirle que la vida era fuego y sangre, que la debilidad se pagaba cara, pero se detuvo al verla así: tranquila, serena, sin miedo a él.
—No sé —admitió, para su propia sorpresa—. Tal vez no lo sé.
—Puedes aprender —le dijo ella con dulzura—. Nadie nace sabéndolo todo. Incluso los demonios pueden aprender a ser suaves.
Ricardo soltó una risa seca, pero no se fue. Se quedó ahí, hablando con ella, escuchándola, y por primera vez en mucho tiempo, no sintió la necesidad de demostrar que era el más fuerte. Solo sintió la necesidad de quedarse.
Pero en otra parte, Malak observaba todo desde las sombras. Había visto a Leonardo en el jardín. Había visto la conversación con Damian. Había visto la tristeza en sus ojos. Y sonreía. Porque sabía que cuando alguien se siente solo y vulnerable, es más fácil que busque una mano que lo guíe. Aunque esa mano venga de la oscuridad.
—Pronto —susurró al viento—. Muy pronto, pequeño ángel, no tendrás que elegir entre nadie. Solo tendrás que elegirme a mí.
Y la sombra se desvaneció, dejando tras de sí solo un rastro de inquietud en el aire, como un aviso de que la tormenta no había pasado. Solo estaba acumulando fuerza.