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Me Enamoré De Su Dolor

Me Enamoré De Su Dolor

Status: En proceso
Genre:Amor eterno / Romance / Traiciones y engaños
Popularitas:2.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Alejandro Briñones

Denmet es una joven soñadora que estudia gastronomía y lucha por construir un futuro lejos de las dificultades de su pasado. Cuando una oportunidad laboral la lleva a trabajar a la imponente mansión Kivilcim, jamás imagina que aquel empleo cambiará su vida para siempre.
En aquella casa vive Güner Kivilcim, un hombre atractivo, poderoso y profundamente solitario. Desde la muerte de su esposa, Fraize, Güner se ha convertido en un hombre frío y distante. Convencido de que fue traicionado por la mujer que amaba, decidió cerrar su corazón y dedicar toda su existencia al imperio empresarial de su familia.
Pero detrás de la aparente muerte accidental de Fraize se esconde una historia mucho más oscura.
Cuando Denmet llega a la mansión para trabajar en la cocina, su dulzura, sinceridad y carácter comienzan lentamente a derribar las murallas que Güner ha construido alrededor de su corazón.
Lo que ninguno de los dos imagina es que enamorarse será apenas el comienzo...

NovelToon tiene autorización de Alejandro Briñones para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capítulo 2

La primera mañana de Denmet en la mansión Kivilcim continuó siendo mucho más complicada de lo que había imaginado.

Después del encuentro con Güner, permaneció durante varios minutos mirando la puerta por la que él había desaparecido. No podía negar que aquel hombre había conseguido desconcertarla.

—¿Vas a seguir mirando la puerta o piensas trabajar? —preguntó una voz a sus espaldas.

Denmet se sobresaltó.

Una mujer de expresión severa acababa de entrar en la cocina.

—Yo estaba...

—Mirando la puerta.

Denmet sonrió nerviosamente.

—Exactamente.

La mujer dejó varias bolsas sobre la mesa.

—Soy Aysun, la chef principal de esta casa.

—Mucho gusto. Soy Denmet.

—Lo sé.

Denmet comenzó a sospechar que, como había dicho Emre, todos sabían demasiado en aquella mansión.

Aysun se quitó el abrigo y observó a la joven.

—También sé que tuviste una discusión con el señor Güner en cuanto llegaste.

—No fue una discusión.

—Entonces tengo miedo de preguntarte cómo son tus discusiones.

Denmet bajó la mirada.

—Solo dije lo que pensaba.

Aysun soltó un suspiro.

—Ese es el primer error que comete la mayoría de las personas cuando llega a esta casa.

—¿Pensar?

—Decirlo.

Denmet tomó uno de los cuchillos.

—Creo que podré aprender a controlarme.

—Eso espero.

Aysun comenzó a organizar los ingredientes.

—Hoy tenemos invitados para el almuerzo.

—¿Importantes?

—Todos los invitados del señor Kivilcim son importantes.

—Entendido.

—Y él es especialmente exigente con la comida.

Denmet recordó la expresión de Güner.

—Eso sí puedo imaginarlo.

—¿Por qué estudias gastronomía?

La pregunta sorprendió a Denmet.

—Porque me gusta cocinar.

—Esa respuesta es demasiado sencilla.

Denmet permaneció unos segundos en silencio.

Después sonrió.

—Cuando era niña, mi madre trabajaba demasiado. A veces llegaba agotada y apenas tenía fuerzas para cocinar.

Aysun continuó trabajando, pero escuchaba atentamente.

—Yo intentaba preparar algo para ella.

—¿Y sabías cocinar?

—No.

Aysun sonrió.

—Eso explica mucho.

—La primera vez que intenté preparar una sopa casi incendié la cocina.

—¿De verdad?

—Mi madre dijo que había sido la mejor sopa que había probado.

—¿Y lo era?

Denmet comenzó a reír.

—Era horrible.

Las dos mujeres compartieron una sonrisa.

—Entonces —continuó Denmet— comprendí algo.

—¿Qué cosa?

—Que la comida puede hacer feliz a alguien, incluso cuando no es perfecta.

Aysun la observó.

—Eso es una buena razón para cocinar.

Denmet asintió.

—Quiero abrir un restaurante algún día.

—¿Uno grande?

—No necesariamente.

—¿Entonces?

—Uno donde las personas quieran quedarse.

Aquellas palabras hicieron que Aysun guardara silencio durante unos segundos.

—Quizá tengas futuro, señorita Denmet.

—Gracias.

—Pero primero sobrevivamos a este día.

 

El almuerzo comenzó a prepararse desde temprano.

Denmet trabajaba concentrada mientras Aysun daba instrucciones al resto del personal.

A pesar de su nerviosismo, comenzó a sentirse cómoda.

La cocina era el único lugar donde siempre sabía qué hacer.

Podía estar preocupada.

Cansada.

Triste.

Pero al cocinar, todo parecía encontrar un orden.

—Cuidado con eso —dijo Aysun.

—Lo tengo controlado.

—Eso dijiste hace cinco minutos.

—Ahora sí lo tengo controlado.

Aysun levantó una ceja.

Denmet sonrió.

De pronto, la puerta se abrió.

El ambiente cambió inmediatamente.

Güner entró.

Todos guardaron silencio.

Denmet dejó de mover la cuchara.

El hombre caminó lentamente por la cocina.

—¿Está listo el almuerzo?

Aysun respondió.

—Estará listo en veinte minutos.

Güner asintió.

Entonces su mirada se encontró con la de Denmet.

Ella intentó continuar trabajando.

Pero sentía aquellos ojos sobre ella.

—¿Es usted la encargada de vigilar personalmente cada plato? —preguntó finalmente.

Güner no respondió inmediatamente.

—¿Qué estás preparando?

—Una salsa.

—Eso puedo verlo.

—Entonces, ¿por qué pregunta?

Aysun cerró los ojos.

Denmet comprendió que quizá debía dejar de hablar.

Pero Güner se acercó.

—Quiero saber qué contiene.

—Es una salsa de hierbas y vino.

—No me gusta.

Denmet lo miró.

—¿No la ha probado?

—No necesito probarla.

—¿Entonces cómo sabe que no le gusta?

—Porque no me gustan las mezclas dulces.

—No es dulce.

Güner cruzó los brazos.

—¿Estás contradiciéndome?

Denmet respiró profundamente.

—Solo estoy intentando defender mi salsa.

Por primera vez, Aysun parecía divertirle la situación.

Güner observó la olla.

—Dame una cuchara.

Denmet tomó una y se la entregó.

Él probó la salsa.

El silencio fue absoluto.

Denmet esperaba su reacción.

Güner permaneció inmóvil.

Después dejó la cuchara sobre la mesa.

—Demasiado romero.

Denmet abrió los ojos.

—¿Eso es todo?

—¿Esperabas un discurso?

—No.

—Entonces sigue trabajando.

Güner comenzó a alejarse.

Denmet miró la olla.

Probó la salsa.

—No tiene demasiado romero.

Aysun comenzó a reír.

—Señorita Denmet.

—¿Qué?

—¿Acaba de discutir con el hombre más temido de esta casa por una salsa?

Denmet la miró.

—Sí.

—Definitivamente tendrás problemas.

 

Cuando finalmente llegó la hora del almuerzo, los invitados ocuparon el gran comedor.

Denmet permanecía en la cocina.

No tenía por qué estar nerviosa.

Aysun era quien había dirigido el menú.

Pero una pequeña parte de ella esperaba saber qué había pensado Güner.

—No deberías preocuparte —dijo Aysun.

—No estoy preocupada.

—Estás mirando la puerta cada diez segundos.

Denmet sonrió.

—Tengo curiosidad.

—Eso es peligroso.

—¿Por qué?

Aysun no respondió.

En ese momento apareció Nermin.

Su expresión era difícil de interpretar.

—Señorita Denmet.

—¿Sí?

—El señor Güner quiere verla.

Denmet dejó de sonreír.

—¿Ahora?

—Ahora.

Aysun se acercó.

—¿Qué hiciste?

—No lo sé.

—Eso es lo preocupante.

Denmet salió de la cocina.

El camino hacia el comedor parecía mucho más largo que antes.

Cuando llegó, los invitados ya se habían retirado.

Güner estaba solo.

Se encontraba junto a una de las ventanas.

—Señor Kivilcim.

Él se giró.

—La salsa.

Denmet frunció el ceño.

—¿Qué ocurre con ella?

—¿Quién te enseñó a prepararla?

—Mi profesora.

—¿Cómo se llama?

Denmet sonrió ligeramente.

—¿Por qué tanto interés?

—Responde.

—La profesora Elif.

Güner guardó silencio.

—¿La conoce?

—No.

Denmet esperó.

—Entonces, ¿por qué me preguntó?

Güner caminó hacia la mesa.

Tomó un plato que todavía permanecía servido.

—Porque mi esposa preparaba una salsa parecida.

Denmet sintió que algo cambiaba.

Fraize.

El nombre que todos parecían evitar.

—Lo siento —dijo suavemente.

Güner levantó la mirada.

—¿Por qué?

—Por hacerle recordar.

Su expresión volvió a endurecerse.

—No necesito que nadie me recuerde.

Denmet bajó la mirada.

—No era mi intención.

Güner se acercó.

—Entonces evita hablar de cosas que no conoces.

La joven levantó la vista.

—No conozco su historia.

—Exactamente.

—Pero sé reconocer cuando alguien está sufriendo.

Aquellas palabras hicieron que el rostro de Güner cambiara.

Su mirada se volvió fría.

—No vuelvas a decir eso.

Denmet sintió una mezcla de miedo y enojo.

—Solo estaba intentando ser amable.

—No necesito tu amabilidad.

—Entonces no la aceptaré como una obligación.

Güner permaneció en silencio.

—No sabes nada de mí.

—Lo sé.

—Y no quiero que lo sepas.

Denmet lo observó.

—Eso es algo que tendrá que decidir usted.

El hombre frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

—Que vivimos bajo el mismo techo.

—Esta es mi casa.

—Y yo trabajo aquí.

Denmet respiró profundamente.

—No voy a seguirlo ni a preguntarle cosas sobre su vida. Pero tampoco voy a fingir que no existe cuando esté delante de mí.

Güner la observó intensamente.

Denmet no sabía de dónde había sacado aquel valor.

Quizá era orgullo.

Quizá era miedo.

O quizá simplemente no soportaba que alguien tratara de hacerla sentir pequeña.

—Eres muy diferente —dijo Güner.

Ella parpadeó.

—¿Eso es bueno o malo?

—Todavía no lo sé.

Güner pasó junto a ella.

Denmet se giró.

—Señor Kivilcim.

Él se detuvo.

—¿Qué?

—La salsa no tenía demasiado romero.

Por un segundo, Güner pareció sorprendido.

Denmet sonrió.

—Que tenga una buena tarde.

Güner salió del comedor.

Denmet permaneció sola.

Pero algo extraño había ocurrido.

Por primera vez, había conseguido atravesar aquella fría barrera que rodeaba a Güner.

Solo durante un instante.

Solo una pequeña grieta.

Pero había visto lo que escondía detrás.

Dolor.

Un dolor profundo.

Y aunque no sabía nada sobre la muerte de Fraize, ni sobre la historia de aquel hombre, Denmet comenzó a comprender algo.

Güner Kivilcim no era solamente un hombre frío.

Era un hombre que tenía miedo.

Miedo de recordar.

Miedo de sentir.

Y quizá, más que nada...

Miedo de volver a amar.

Sin embargo, mientras Denmet regresaba a la cocina, alguien la observaba desde el extremo del pasillo.

Una mujer vestida de negro.

Elegante.

Hermosa.

Sus ojos estaban llenos de odio.

Selin Kivilcim había llegado a la mansión.

Y después de observar el encuentro entre Denmet y Güner, comprendió inmediatamente que aquella joven podía convertirse en un problema.

—¿Quién eres tú? —murmuró Selin.

Sus labios dibujaron una sonrisa.

Pero no era una sonrisa amable.

—Y más importante aún...

Selin miró hacia el lugar por donde Güner había desaparecido.

—¿Por qué mi primo te ha mirado de esa manera?

Denmet todavía no lo sabía.

Pero aquella mañana no solamente había llamado la atención de Güner.

También había despertado a una mujer que estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por mantenerlo lejos de ella.

Y aquel era apenas el comienzo...

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