Valeria pensó que su vida se había terminado el día que su padre la obligó a casarse por negocios. El acuerdo familiar era absoluto: debía unirse a Ismael, el heredero de 24 años de la hacienda vecina, un hombre frío al que apenas conocía. Lo que Valeria no imagina es que Ismael odia esa tradición tanto como ella y esconde un secreto: ha construido una empresa millonaria en la ciudad y planea vender las tierras familiares para liberarlos a ambos.
Obligados a mudarse a la gran ciudad para mantener las apariencias, tendrán que convivir bajo el mismo techo compartiendo sábanas, mentiras y roces eléctricos. Pero cuando el juego de actuar como la pareja perfecta empieza a derretirse bajo el calor de las aguas termales de la costa y el asfalto urbano, las frías reglas de su sociedad financiera saltan por los aires. ¿Podrán conseguir la libertad sin perder el corazón en el intento? Una historia de amor forzado, secretos y superación.
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CAPITULO 1. EL PRECIO DE UN VIÑEDO
Desde el mismo momento en que nací, mi destino ya estaba marcado y por más que me opusiera no había marcha atrás. Tuve la mala fortuna de llegar al seno de una familia acomodada siendo mujer. En mi hogar, las reglas son claras pero crueles: si eres hombre tienes derecho a casarte por amor o elegir a quien quieras para compartir tu vida, pero si eres mujer te conviertes automáticamente en el medio de negocio para mi padre. Si encima eres la menor de cinco hermanos, y todos ellos son varones, imagina la situación. Es un contrato obligatorio, un "sí o sí" que te aplasta el pecho cada mañana.
Aunque he de decir que Aarón, mi hermano pequeño, es el único que no está de acuerdo con esta tiranía. Ha discutido un montón de veces con mi padre defendiéndome, pero lo único que ha conseguido es que lo castiguen enviándolo a los peores trabajos de la finca, bajo el sol abrasador o limpiando los establos hasta la madrugada. Incluso la otra noche, Aarón entró a mi habitación a escondidas y me propuso escapar. Me prometió que él me ayudaría a salir del pueblo, que robaría algo de dinero para mí. Pero yo no puedo aceptar eso. Mi padre es un hombre violento y despiadado cuando lo desobedecen; sería capaz de darle una paliza a Aarón hasta matarlo si descubre que me ayudó. Además, si escapase, ¿a dónde iría? No tengo pasaporte, por lo que no podría salir del país, y sin dinero ni contactos enseguida me encontrarían. He decidido asumir el destino que mi padre me impuso el mismo día que nací, cuando el médico le anunció que su última hija era una niña.
Mi padre es el dueño de una gran finca dedicada a la viña y es el mayor exportador de vinos del país. En esta región existe la maldita costumbre de unir los negocios y expandir las tierras mediante el casamiento de los hijos. Toda mi familia se ha construido así, como un tablero de ajedrez. Mi hermano mayor es el heredero directo de la finca, ya está casado y tiene dos hijos que aseguran la tercera generación. Mi segundo hermano también está casado y será el heredero del negocio de su suegro, ya que este solo tuvo una hija y acordó con mi padre la unión para devorar la competencia. Mi tercer hermano se salvó un poco, es profesor y vive en la ciudad, lejos del olor a uva fermentada. Mi cuarto hermano, Aarón, todavía está soltero, pero sé que su turno llegará. Y yo, pues tendré que casarme en cuanto cumpla los dieciocho años.
Eso será exactamente en dos meses.
Me van a entregar al hijo mayor de un hacendado que está a solo dos campos de distancia de nuestra propiedad. Es la alianza perfecta para expandir los viñedos. Él será quien herede la hacienda de su padre. Lo único que sé de él es que se llama Ismael y tiene veinticuatro años. Por lo que me contó Aarón un día que regresó de los linderos, Ismael tampoco quiere casarse. Pero al ser el hijo único de su familia, debe asegurar el legado con descendencia. Al igual que a mí, no le queda otro remedio que doblar la cabeza y asumir su destino. Somos dos extraños atrapados en la ambición de dos viejos ricos.
Anoche, durante la cena, la realidad me golpeó en la cara. El comedor principal olía a carne asada y al vino de la reserva privada de mi padre. El tintineo de los cubiertos contra la porcelana era el único sonido hasta que mi padre carraspeó, limpiándose los labios con una servilleta de lino.
—Los papeles de la dote están listos —anunció con esa voz ronca que no admite réplicas—. La boda se celebrará el mismo día que cumplas los dieciocho. No quiero retrasos. Don Alfonso y yo cerraremos el trato de las tierras esa misma semana.
Aarón dejó caer el tenedor sobre el plato con un golpe seco que hizo vibrar las copas de cristal. Su rostro estaba rojo de pura rabia.
—¿De verdad vas a vender a tu propia hija por unos metros más de tierra? —escupió Aarón, levantándose de la silla—. ¡Es una locura! Ni siquiera se conocen.
—¡Cállate y siéntate! —rugió mi padre, dando un puñetazo que hizo temblar la mesa—. Tu hermana hará lo que le corresponde por esta familia. Y como vuelvas a levantarme la voz, te juro que pasarás el próximo mes durmiendo en las caballerizas y perdiendo cada céntimo de tu sueldo.
Debajo de la mesa, busqué desesperadamente la mano de Aarón. Se la apreté con fuerza, suplicándole con la mirada que se callara. No quería que sufriera por mi culpa. Aarón apretó los dientes, me miró con una mezcla de dolor e impotencia, y se sentó en silencio, clavando la vista en su plato. Mi madre, como siempre, bajó la cabeza y siguió comiendo, pretendiendo que no pasaba nada.
Desde hace unos días, mi madre empezó con los preparativos oficiales. En este pueblo es la familia de la novia quien se encarga de organizar todo el banquete, la iglesia y los adornos; la familia del novio solo paga la parte económica que le corresponde y no hace más, desentendiéndose del trabajo sucio. Mi habitación se ha convertido en un cuartel general que detesto. Esta mañana entraron dos costureras locales arrastrando pesados rollos de encaje, seda blanca y catálogos enormes con fotos de flores y banquetes.
Mi madre se mueve de un lado a otro entusiasmada, hablando de los invitados y de lo hermoso que será el altar. Mientras tanto, yo permanezco de pie en el centro del cuarto, con los brazos extendidos, sintiéndome como un maniquí sin vida, un pelele al que llevan de un lado a otro sin pedirle opinión. Una de las costureras me dio un fuerte pinchazo en la espalda con un alfiler al ajustar la tela del corpiño.
—Lo siento, niña, muévete un poco a la derecha —pidió de mala gana.
Ni siquiera me quejé. El dolor físico de ese alfiler clavándose en mi piel era una minucia comparado con el dolor sordo que sentía en el pecho. Estaban cosiendo la ropa con la que enterrarían mi libertad en solo sesenta días. No tengo ganas de mirar vestidos, ni de elegir flores, ni de simular una sonrisa que no siento. Miro por la ventana de mi habitación hacia los viñedos que se extienden hasta el horizonte y solo puedo preguntarme cómo será mi vida al lado de un hombre al que no conozco, atada a un matrimonio muerto antes de nacer.