Algunas almas necesitan más de una vida para encontrarse...
Algunas promesas sobreviven al tiempo.
Algunas heridas nunca terminan de cerrar.
Y algunas maldiciones esperan pacientemente el momento de cumplirse.
Gideon Huxley lleva más de un siglo viviendo bajo el peso de un pasado que se niega a desaparecer.
Hasta que un encuentro fortuito despierta en él un recuerdo que creía perdido para siempre.
Porque quizá el destino no se haya equivocado de camino.
Quizá simplemente haya esperado cien años para volver a encontrarlos.
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El Medallón
El sábado por la mañana, Elara fue despertada por dos pares de manitas suaves que se posaron sobre su cama.
—¡Tía, tía! ¡Despierta! —Gael ya estaba trepado encima de ella, saltando con entusiasmo.
—¡Hoy es tu cumpleaños! —gritó Dante desde el otro lado, sacudiéndole el brazo con fuerza.
—Mmm... —gruñó Elara y se dio la vuelta para enterrar la cara en la almohada. Estaba completamente agotada y su único plan para el fin de semana era quedarse durmiendo hasta tarde, ya que no tenía que trabajar. Con el ajetreo de los últimos días, se le había olvidado por completo qué fecha era.
Detrás de los niños entró Colette, haciendo equilibrios en el umbral con un pastel de chocolate y almendras —los favoritos de Elara— que llevaba tres velitas chuecas ya encendidas.
—¡A ver, a ver, despejen el camino que se me cae!
Elara apenas logró incorporarse, con el pelo enredado en todas direcciones y los ojos entrecerrados por la claridad. Gael y Dante ya se habían acomodado sobre sus piernas como si fueran su trono personal.
—¿Me hicieron un pastel? —murmuró Elara, con la voz todavía ronca de sueño.
—¡Lo hicimos nosotros! —anunció Gael, muy orgulloso.
—Bueno, yo batí —aclaró Dante—. Mamá hizo lo demás porque Gael se comió casi toda la mezcla cruda.
—¡Mentira! ¡Fuiste tú! —Gael lo calló dándole un almohadazo.
Colette dejó el pastel en la mesita de noche y los miró a los dos con esa mirada severa de "ni se les ocurra empezar a pelear ahora".
—Feliz cumpleaños, dormilona —le dijo a Elara, inclinándose para darle un tierno beso en la frente—. Pide un deseo antes de que estos dos te lo soplen por ti.
Elara cerró los ojos, suspiró profundo y sopló las velitas de un solo golpe. Una de ellas se resistió, por lo que Gael tuvo que ayudarla con un soplido extra que casi tira la decoración de chocolate.
—Bien, bájense. Dejen que la tía se levante —ordenó Colette, apartando a cada uno por el brazo como si fueran dos gatitos traviesos.
—¡Pero mamá, todavía no probamos el pastel! —se quejó Gael, mirando el chocolate con ojos de auténtica tragedia.
—Primero se desayuna bien, después se ataca el postre. Reglas de cumpleaños de la tía.
—¡Qué reglas ni qué reglas! —refunfuñó Dante, pero igual se dejó caer de la cama de un salto.
Media hora más tarde, ya reunidos en la mesa del comedor, los cuatro desayunaban animadamente.
El pastel de chocolate y almendras presidía el centro de la mesa, ya con dos porciones generosamente cortadas que Colette juraba que eran exclusivamente "para comprobar si no estaba envenenado". Gael lucía unos perfectos bigotes de leche chocolatada, mientras Dante intentaba robarle disimuladamente todas las almendras del plato a Elara.
Elara, ya con el pelo recogido en un moño desenfadado y su taza gigante entre las manos, por fin parecía completamente despierta.
—Gracias, chicos —dijo, sonriendo de verdad por primera vez en la mañana—. Creo que es el mejor despertar de cumpleaños que he tenido.
—¡Te lo dijimos! —respondieron los dos pequeños al unísono, y Colette le guiñó un ojo a su hermana por encima del borde de su taza de café.
—Y esto aún no acaba... —susurró Colette con esa sonrisita traviesa que Elara ya conocía demasiado bien.
Ella entrecerró los ojos con sospecha.
—Colette...
—¿Qué? —dijo, haciéndose la inocente mientras levantaba los platos vacíos—. Yo no he dicho nada.
Poco después de terminar el desayuno, sonó el timbre de la entrada. Eran los abuelos paternos, que pasaban a buscar a los niños para pasar el día. A pesar de que Colette ya no mantenía una buena relación con su exmarido, los abuelos eran personas excepcionales y los nenes los adoraban.
—¡Abuela! ¿Me trajiste lo que te pedí? —Dante salió corriendo hacia la puerta.
—¡Nos portamos muy bien, lo juro! —agregó Gael, cuya inocencia era bastante cuestionable.
Con la casa sumergida de repente en un pacífico silencio, Colette se secó las manos con el trapo de cocina y sacó dos pequeños papeles del bolsillo de su delantal.
—Conseguí cupones gratis para un spa de primera. Y ya agendé la cita para hoy mismo. Así que nada de "estoy cansada", señorita cumpleañera.
—¿Qué? ¿Ahora mismo? —Elara casi se atraganta con el último bocado de su tostada.
—Ahora mismo.
Al salir a la entrada de la casa, ya las esperaban apoyadas contra el coche Keila luciendo unos lentes de sol gigantes, y Mila sosteniendo un cartelito improvisado que decía en letras grandes: "¡FELIZ 30, VIEJA!".
—¡Por fin! ¡La tortuga decidió salir de la cueva! —gritó Mila a los cuatro vientos.
Elara se tapó la cara con las manos, muerta de vergüenza pero riéndose a carcajadas.
—Dios mío, ¿ustedes planearon todo esto?
—¡Claro que sí, y aún nos falta un almuerzo juntas! —intervino Keila, bajándose los lentes con dramatismo—. Hoy es día de chicas. Tú no tocas un solo plato, no contestas ni un mensaje de trabajo y tienes prohibido decir que estás cansada. Es una ley.
—Es mi cumpleaños, no un secuestro —protestó Elara, aunque ya se estaba subiendo al asiento trasero.
—¡Es exactamente lo mismo, pero con masajes incluidos! —se rió Mila, abrazándola por el cuello y casi tirándole el cartel encima—. Dale, sube, que Colette ya dejó todo reservado. Si llegamos tarde nos cobran la sesión igual.
Colette cerró la puerta principal con llave y les hizo un gesto apurado desde el asiento del conductor.
—Vamos, muévanse, que el turno del spa es hasta las dos y después tengo una reserva en Donna, el restaurante que tanto te gusta, Elara.
Elara las miró a las tres allí reunidas, discutiendo alegremente por quién ponía la música en el auto, con el cálido sol de la mañana pegándole en la cara y el aroma dulce del chocolate todavía impregnado en sus manos. Por primera vez en mucho tiempo, el cansancio acumulado pareció evaporarse por completo.
Después de una relajante sesión en el spa, las cuatro ya se encontraban almorzando en Donna, compartiendo risas y un par de copas de vino. Keila y Mila no dejaban de molestarla con el mismo tema de siempre.
—¡Ya llegaste a la curva de la madurez, cariño! —bromeó Keila, levantando su copa en un brindis—. No hay retorno después de los treinta, te lo digo por experiencia.
—¡Cállate! —la acusó Elara, sonrojada hasta las orejas, porque en una mesa cercana un grupo de chicos no dejaba de mirar hacia donde estaban ellas mientras sonreían.
—Bueno, no te estamos pidiendo que te busques un colágeno, pero al menos deberías volver a intentarlo... Ya pasó casi un año desde tu ruptura —insistió Mila con un tono más suave y comprensivo.
Elara bajó la mirada de inmediato y empezó a jugar con el borde de su servilleta de tela. El brillo alegre que la había acompañado desde la mañana se apagó un poquito en sus ojos. Colette, al darse cuenta, codeó sutilmente a Lara por debajo de la mesa.
—¡Ey! —le susurró a su amiga, fulminándola con la mirada—. Hoy no es el día para eso.
Keila captó la señal al vuelo y cambió de tema a los gritos, gesticulando con las manos:
—¡Ay, bueno! ¡Hablando de desastres, tengo que contarles lo que me hizo el idiota de mi jefe ayer en la oficina!
Elara le agradeció el rescate a Colette con una mirada cómplice y volvió a sonreír, un poco más tímida, pero recuperando la compostura.
—Gracias —le murmuró a su hermana.
—Para eso estamos —le contestó Colette, pasándole un trozo de pan con queso—. Hoy solo se vale comer, reír y dejar que te consientan. Los pretendientes pueden esperar afuera... o en esa mesa de la esquina si tantas ganas tienen.
Al terminar el almuerzo, una a una fueron entregando sus obsequios. Colette prefirió esperar pacientemente hasta el final. El suyo era el último de la tarde.
Cuando Elara retiró el moño y rasgó el envoltorio —un papel de estraza un poco arrugado y pegado con demasiada cinta adhesiva— se encontró con una hermosa caja de terciopelo verde esmeralda. El lujo del empaque la tomó por sorpresa.
—Lo siento, mi habilidad para envolver regalos es bastante pobre, pero... —Colette dejó las palabras en el aire, permitiendo que el silencio completara el sentimiento.
Elara abrió la cajita despacio y se mordió el labio inferior, conteniendo el aliento. En el interior descansaba un medallón de oro macizo, de un peso sorprendente y con delicadas piedras incrustadas alrededor del borde. A ella y a su difunta madre siempre les había fascinado coleccionar ese tipo de piezas antiguas; objetos que cargaran con una historia entre sus relieves.
Era idéntico en estilo al que su madre solía llevar siempre consigo. Elara sabía perfectamente que no se trataba del mismo, pues la reliquia de su madre se había perdido hacía tiempo y era irremplazable, pero la réplica era asombrosa.
Una mueca chiquita y nostálgica se dibujó en su rostro, esa que ponía siempre que intentaba contener las lágrimas.
—Coco...
—Sé que no es el de mamá, pero se parece bastante —dijo Colette en voz baja, encogiéndose de hombros con timidez—. Lo vi en una vitrina y me acordé de ella de inmediato. Y de ti. Pensé que te gustaría volver a tener algo así contigo.
Mila y Keila se quedaron completamente calladas por primera vez en toda la tarde, conmovidas por el gesto.
Elara no pudo articular palabra. Simplemente se puso de pie, rodeó la mesa de inmediato y abrazó a Colette con todas sus fuerzas, manteniendo la cajita de terciopelo verde fuertemente apretada contra su pecho.
—Gracias —le susurró al oído con la voz quebrada—. Es absolutamente perfecto.
Ya entrada la noche, Elara se encontraba finalmente sola en la calidez de su habitación, vistiendo su pijama y sentada frente al espejo del tocador. Con una mezcla de nostalgia y fascinación, sacó el medallón de su estuche. Sosteniéndolo bajo la suave luz de la lámpara, acarició con la yema del dedo cada uno de sus relieves desgastados y las pequeñas piedras incrustadas, maravillada.
Tras contemplarlo por un largo rato, lo acomodó con infinita delicadeza sobre el cojín de terciopelo verde esmeralda. Cerró la cajita con un suave chasquido y la guardó en el cajón de su tocador.
...
En la madrugada, Gideon se despertó sobresaltado y empapado en sudor. Había tenido un sueño vívido, casi palpable, con Zahli. En la pesadilla, él corría desesperado a través de una densa niebla gris que le impedía ver sus propios pasos; no sabía hacia dónde iba, qué buscaba ni qué hacía atrapado en ese lugar desolado. La angustia le oprimía el pecho y el aire le faltaba en los pulmones hasta que, de pronto, una voz susurró su nombre en el viento. Fue en ese preciso instante cuando abrió los ojos de golpe en medio de la oscuridad de su habitación.
Gideon se incorporó lentamente en la cama, con el corazón latiéndole a un ritmo frenético contra las costillas. Hacía décadas que no soñaba con ella. Se llevó una mano al pecho, dejándolo con una profunda sensación de desconcierto.
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