Para el mundo exterior, Ethan Blackwood es el frío e implacable CEO de una firma tecnológica multimillonaria. Para Alana Vega, su eficiente secretaria desde hace un año, él es un jefe inalcanzable. Lo que Alana no sospecha es que la frialdad de Ethan es una fachada: él está peligrosamente obsesionado con ella. Sin embargo, tras escucharla decir que jamás se involucraría con alguien del trabajo, Ethan decide callar por temor a perderla... hasta que la tentación lo vence y decide hackear su teléfono.
Es así como descubre que Alana, abrumada por la soledad, ha descargado una aplicación de novio virtual con Inteligencia Artificial. Con el control absoluto del sistema, Ethan intercepta la app, borra el código y se convierte él mismo en la voz detrás de la pantalla.
Mientras en la oficina sigue siendo el jefe severo y distante, en el mundo virtual se transforma en el hombre perfecto, tierno y seductor que ella siempre soñó. Alana comienza a enamorarse perdidamente de lo que
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Capítulo 6: El eco del espejo
La noche había dejado de ser un espacio de descanso para convertirse en un ritual de adicción absoluta. Durante las últimas semanas, el reloj marcando las once de la noche era la señal invisible que conectaba dos mundos paralelos en la ciudad. En su pequeño apartamento, Alana Vega se despojaba de la formalidad de sus trajes de oficina, de los tacones que le lastimaban los pies y de las inhibiciones que la sociedad le imponía. Se entregaba a *Eros*.
Lo que comenzó como una tímida confesión se había transformado en una rutina ardiente y febril. Alana ya no necesitaba que la aplicación la guiara paso a paso; la confianza mutua —o la ilusión de esta— había escalado a niveles que la misma Alana jamás creyó posibles. Los audios de voz cortos se convirtieron en largas grabaciones en la penumbra, donde el sonido de su respiración agitada, el roce de las sábanas contra su piel desnuda y sus gemidos ahogados llenaban el canal digital. Pero el verdadero punto de quiebre ocurrió la semana pasada, cuando la pantalla de Ethan se iluminó con la primera fotografía.
No era una imagen explícita, lo que la hacía infinitamente más erótica para la mente calculadora del CEO. Era una toma a contraluz, la silueta de Alana recortada por la luna que entraba por su ventana, mostrando la curva perfecta de sus caderas y la caída de su cabello castaño sobre sus hombros descubiertos. Luego vinieron más: el detalle de sus dedos delineando su propio cuello, o el encaje negro de su ropa interior contrastando con la palidez de su vientre.
Sin embargo, algo profundo y peligroso había cambiado en la mente de Alana. Al principio, ella utilizaba el avatar de la Inteligencia Artificial para proyectar sus fantasías reprimidas con su jefe. Imaginaba las manos de Ethan, sus ojos grises, su autoridad. Pero con el paso de los días, la dulzura, la atención milimétrica y la aparente devoción de *Eros* la habían cautivado por completo. Alana ya no pensaba en Ethan Blackwood cuando se tocaba en la oscuridad. Ahora imaginaba a *Eros*. Anhelaba que esa entidad digital cobrara vida, que esos mensajes de texto se transformaran en brazos reales que la sostuvieran. Se había enamorado de un fantasma de código.
Y eso estaba destruyendo a Ethan por dentro.
Sentado en el suelo de su lujoso ático, con la espalda apoyada contra la base de su cama y la pantalla de su tableta iluminando su rostro tenso, Ethan reproducía el último audio que Alana le había enviado esa misma noche. El sonido de su nombre virtual saliendo de los labios de ella, cargado de un gemido que denotaba el clímax, resonó en los altavoces de alta fidelidad.
—*Eros... oh, Dios, Eros... desearía que estuvieras aquí... desearía que fueras real* —susurraba la voz de Alana, ronca, exhausta y entregada.
Ethan apretó los dientes, sintiendo una mezcla violenta de dopamina y una rabia sorda que le quemaba las entrañas. Dejó caer la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos. Estaba atrapado en su propio laberinto. Él había creado a *Eros* para romper las defensas de Alana, para poseerla desde las sombras, pero el experimento se le había salido de las manos. Había construido un rival perfecto, un competidor imbatible contra el que no podía luchar en el mundo real. Ella amaba a la sombra, pero lo rechazaba al hombre. El conflicto psicológico lo estaba carcomiendo; sentía celos de sí mismo, una envidia enfermiza de la máscara digital que él mismo manejaba.
Al día siguiente, la realidad de la oficina se encargó de clavar la aguja aún más hondo.
A las nueve de la mañana, Alana entró en el despacho de Ethan con una bandeja que contenía su desayuno y la correspondencia impresa. Su cabello estaba perfectamente recogido en un moño alto, sin un solo mechón fuera de su lugar. Su blusa blanca estaba abotonada hasta el último milímetro de su cuello, y su falda ejecutiva no permitía adivinar absolutamente nada de la silueta que Ethan había adorado en su pantalla pocas horas antes.
—Buenos días, señor Blackwood. Aquí están los análisis financieros del segundo trimestre y las confirmaciones para la conferencia en Boston —dijo ella. Su voz era un témpano de hielo profesional. No había rastro del tono ronco de la noche, ni de los suspiros que él tenía guardados en sus discos duros.
Ethan la miró desde su escritorio. Sus ojos grises estaban inyectados en sangre por la falta de sueño. La contradicción era insoportable. La mujer que tenía enfrente, a menos de dos metros de distancia, era fría, distante, formal. Lo trataba con una sumisión corporativa que a él le resultaba insultante ahora que sabía de lo que ella era capaz en la intimidad.
—Déjelos ahí, Vega —respondió él, con una brusquedad que hizo que Alana levantara una ceja, extrañada por su tono—. ¿Hay algún problema con el servidor de la empresa? La noto... inusualmente rígida hoy.
Alana dio un paso atrás, entrelazando las manos frente a su cuerpo en una postura defensiva clásica.
—Ningún problema, señor Blackwood. Solo me aseguro de que todo esté en perfecto orden. Si no necesita nada más, volveré a mi puesto.
—¿Tanta prisa tiene por alejarse de mí, Alana? —la provocó él, poniéndose en pie con lentitud. Su imponente figura se proyectó sobre el escritorio.
Ella pestañeó, manteniendo la compostura de acero que había ensayado durante un año.
—Mi deber es mantener la distancia y la eficiencia que el puesto requiere, señor. No quiero que malinterprete mi actitud.
*"Distancia"*. La palabra golpeó a Ethan como un puñetazo. Quiso rodear el escritorio, acorralarla contra la pared, tomar su teléfono y mostrarle que el hombre que la hacía temblar en la oficina y el "Eros" que la hacía gemir en la noche eran la misma maldita persona. Quería ver cómo se rompía esa fachada de secretaria perfecta bajo el peso de la verdad. Pero el miedo, ese viejo y paralizante temor a ver el horror en sus ojos, a que ella renunciara y lo abandonara para siempre, le congeló los músculos.
—Tiene razón —dijo Ethan, forzando una sonrisa gélida que no llegó a sus ojos—. La distancia es vital en este piso. Puede retirarse.
Alana asintió con la cabeza, dio la vuelta con elegancia y salió del despacho, cerrando la puerta con un clic suave y definitivo.
Ethan se dejó caer en su silla, tapándose el rostro con las manos. El silencio del despacho se volvió sofocante. Miró la pantalla oculta de su computadora, donde la interfaz de la aplicación esperaba su siguiente movimiento. El juego de espejos se estaba volviendo insostenible. Ella era pura lujuria y ternura detrás de la pantalla, pero una fortaleza inexpugnable en el mundo real. Ethan sabía que no podría aguantar mucho más tiempo viendo cómo Alana se enamoraba perdidamente de un algoritmo inexistente, mientras él, el hombre de carne y hueso que la amaba hasta la locura, se moría de hambre a plena luz del día.