Sofía Miller, la brillante directora creativa de Big Eye Creative, y Sebastián Lombardi, el reservado CEO que lucha por salvar la empresa de su padre, se ven obligados a trabajar juntos. En el proceso, la tensión laboral se transforma en un amor apasionado. Sin embargo, la misma noche en que él le propone matrimonio, un rival provoca un trágico accidente de coche.Al despertar, Sofía recibe un doble impacto: Sebastián está en coma y ella espera un hijo suyo. Un año después, el CEO abre los ojos, pero una amnesia severa ha borrado su último año de recuerdos. Sebastián no reconoce a Sofía y cae en las redes de Daphne, su calculadora exprometida que vuelve para quedarse con su fortuna.Protegida en secreto por el abuelo de su bebé, Sofía regresa a la oficina y a la clínica para dar una batalla silenciosa. ¿Podrá el recuerdo de su amor y el latido de su hija Lucía romper el hielo de su memoria, o se perderá para siempre? Una historia de traición, intriga y reconquista.
NovelToon tiene autorización de SIKEVALEN para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPITULO 9. LA FEROCIDAD DEL PROTECTOR.
Despertar a la mañana siguiente fue como flotar en una nube. Los rayos del sol tropical se filtraban suavemente por los ventanales, iluminando la habitación. Sentí un calor reconfortante a mi espalda y, al moverme, descubrí el brazo musculoso de Sebastián rodeando firmemente mi cintura. Estábamos abrazados en la inmensa cama. Me giré despacio para mirarlo; con el cabello revuelto y la expresión relajada, lucía increíblemente tierno. Al recordar la intensidad y la pasión de la noche que habíamos compartido en esa misma cama, un escalofrío de felicidad recorrió todo mi cuerpo.
Sebastián abrió los ojos lentamente. Al verme, una sonrisa amplia y sincera iluminó su rostro.
—Buenos días, preciosa —susurró con una voz ronca que me aceleró el corazón. Me atrajo más hacia él y me plantó un beso tierno en los labios.
—Buenos días —respondí, escondiendo mi rostro sonrojado en su pecho desnudo.
Lamentablemente, la hermosa burbuja en la que nos encontrábamos no tardó en estallar. Unos golpes fuertes, ruidosos e impacientes resonaron en la puerta principal de la cabaña, rompiendo la paz de la mañana. Nos miramos confundidos. Sebastián frunció el ceño, se colocó un pantalón corto de inmediato y caminó hacia el salón. Yo me puse rápidamente un vestido playero ligero y lo seguí, sintiendo un extraño presentimiento en el estómago.
Al abrir la puerta, mi peor temor se hizo realidad. Era Alan.
Sin embargo, no lucía como el hombre arrogante y seguro de la sala de juntas. Su rostro estaba pálido, sus ojos se movían con rapidez de un lado a otro y se pasaba las manos por el cabello de forma compulsiva. Estaba visiblemente nervioso. Las cosas no estaban encajando en absoluto como él lo había planeado en su retorcida mente.
Su brillante idea de obligarnos a compartir una sola habitación tenía un objetivo claro: pensaba que yo me sentiría completamente intimidada, asustada e incómoda por tener que dormir con mi jefe. En su cabeza, yo terminaría llamándolo a él entre lágrimas para suplicarle que me consiguiera otra habitación, dándole la oportunidad perfecta para presionarme, hacerse el héroe y llevarme a la fuerza a su propio terreno. Pero al ver que yo nunca lo llamé, y al encontrarnos ahora a ambos vestidos a medias dentro de la suite, se dio cuenta de que su plan había fracasado estrepitosamente.
—¿Alan? ¿Qué haces aquí tan temprano? —pregunté, dando un paso atrás por el impacto.
—Vine a ver cómo iba la auditoría de la campaña, Sofía —dijo Alan, forzando una sonrisa tensa que no llegaba a sus ojos. Intentó entrar a la cabaña, pero el cuerpo imponente de Sebastián bloqueó la entrada como una pared de piedra.
—La auditoría va perfectamente, señor Vance —intervino Sebastián con una voz helada que cortaba el aire—. Pero no recuerdo haber agendado ninguna reunión con usted en nuestra cabaña privada a las ocho de la mañana.
Alan tragó saliva, visiblemente intimidado por la estatura y la presencia de Sebastián, pero su orgullo y su desesperación lo hicieron cometer el peor error de su vida. Clavó su mirada en mí, ignorando a mi jefe, y soltó una risa irónica llena de veneno.
—Vaya, veo que están muy cómodos. Pero vamos, Sofía, no me digas que ahora duermes con el jefe por motivos de negocios —soltó Alan, arrastrando las palabras con malicia—. Aunque no me extraña. Tú y yo sabemos perfectamente que extrañas nuestros viejos tiempos. Conociéndote, estoy seguro de que anoche estuviste pensando en mí y en los momentos tan íntimos que aún compartimos en secreto cuando te aburres. Al final, siempre regresas a mis brazos, ¿verdad, preciosa?
Mis ojos se llenaron de lágrimas ante semejante humillación. El cuerpo me tembló de la rabia y la impotencia. Era una mentira asquerosa para hacerme quedar mal y marcar territorio de la forma más baja posible.
Iba a gritarle que se lárgara, pero no tuve tiempo. En un abrir y cerrar de ojos, la furia de Sebastián se desató con una ferocidad salvaje que me dejó sin aliento.
Sebastián avanzó un paso, tomó a Alan por las solapas de su chaqueta con una fuerza descomunal y lo estampó contra la pared de madera del pasillo exterior. El impacto hizo que a Alan se le saliera el aire de los pulmones. Los ojos de Sebastián se habían oscurecido por completo, brillando con una rabia asesina que daba verdadero pánico.
—Escúchame bien, escoria —rugió Sebastián, acercando su rostro al de Alan. Su mandíbula estaba tan tensa que parecía que se iba a romper—. Vuelves a abrir la boca para inventar una sola mentira sobre Sofía, vuelves a usar tu maldita boca para pronunciar su nombre o faltarle el respeto, y te juro por mi vida que no me va a importar perder el contrato de Sailing Dreams con tal de destruirte la cara aquí mismo. Ella es una mujer impecable y una profesional brillante, mil veces superior a un cobarde manipulador como tú.
Alan estaba temblando de terror, con los ojos abiertos de par en par y el rostro completamente rojo, incapaz de soltarse del agarre de acero de mi jefe.
—Sé perfectamente que armaste esta reservación para intentar intimidarla —continuó Sebastián, propinándole un ligero sacudón que hizo crujir la madera—. Pero te salió el tiro por la culata. Ahora, vas a darte la vuelta, vas a desaparecer de nuestra vista y no te vas a volver a acercar a ella a menos de diez metros si aprecias tu maldito puesto en esta empresa. ¿Te quedó claro?
Alan asintió torpemente con la cabeza, con la respiración entrecortada. Sebastián lo soltó con desprecio, provocando que el director de marketing cayera de rodillas al suelo, acomodándose la ropa con las manos temblorosas.
Se levantó como pudo, retrocediendo varios pasos por el pasillo. La humillación y el miedo se transformaron rápidamente en un odio profundo y oscuro en su mirada. Clavó sus ojos en nosotros por última vez, mostrando los dientes con rabia. En ese preciso instante lo supe, conocía a Alan demasiado bien y sabía de lo que era capaz, su orgullo había sido herido por Sebastian y sabia que usaría todo a su alcance para acabar con nosotros, la manera en que nos miró lo confirmó para mi. Se dio la vuelta y huyó a toda prisa por el sendero.
Me quedé estática en la puerta, con el corazón en la garganta. Sebastián respiraba de forma agitada, intentando calmar la adrenalina que corría por sus venas. Se giró hacia mí y, en un segundo, toda la ferocidad de su rostro se desvaneció, siendo reemplazada por una mirada llena de una preocupación y una ternura infinitas. Caminó hacia mí y me envolvió en un abrazo protector, pegándome a su pecho firme.
—¿Estás bien, Sofía? —me preguntó, besando mi coronilla—. Lamento que hayas tenido que escuchar las bajezas de ese imbécil. No voy a permitir que nadie te vuelva a lastimar.
Escondí mi rostro en su cuello, respirando su aroma amaderado. El miedo desapareció por completo, siendo sustituido por una certeza absoluta: estaba irremediablemente enamorada de este hombre, y estaba dispuesta a enfrentar cualquier tormenta a su lado.