NovelToon NovelToon
Destinos Entre Sombras

Destinos Entre Sombras

Status: En proceso
Genre:Romance / Matrimonio arreglado / Amor-odio
Popularitas:734
Nilai: 5
nombre de autor: Benito Leal

Diane acepta un matrimonio por contrato para proteger el honor de dos familias, pero pronto descubre que el apellido Valcárcel está sostenido por chantajes, desapariciones y secretos nacidos frente al mar. Entre ella y Eduardo surge un sentimiento que ninguno estaba destinado a sentir. Años después, una tumba guarda la última verdad de Santa Lucía.

NovelToon tiene autorización de Benito Leal para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 2 - La última cosecha

Cuando Diane cruzó la puerta principal, la casa olía a cera, humo y miedo.

Nadie habría podido señalar el miedo como se señala una mancha sobre una alfombra. Estaba escondido en el silencio de los criados, en las lámparas encendidas antes de que anocheciera y en el modo en que las puertas del salón permanecían cerradas. Hasta el reloj del vestíbulo parecía medir el tiempo con cautela, como si cada golpe de su péndulo pudiera anunciar una desgracia.

Diane entregó el cuadro todavía húmedo a una doncella y se limpió las manos en un pañuelo. El rojo se resistió a desaparecer de sus dedos. Antes de que pudiera preguntar qué ocurría, la voz de Damaris llegó desde el salón.

—Ve a cambiarte, hija. Tu padre y yo hablaremos contigo durante la cena.

No hubo saludo ni reproche por la tardanza. Aquella omisión inquietó a Diane más que cualquier castigo.

—Pero mandaste a buscarme.

—Quería saber que estabas en casa.

La puerta se abrió apenas lo suficiente para mostrar el rostro sereno de Damaris. Detrás de ella, Diane alcanzó a ver papeles extendidos sobre la mesa y la silueta de su padre frente a la ventana. Ernesto no se volvió.

—Obedece —añadió Damaris con dulzura.

La puerta se cerró de nuevo.

Dentro del salón, Ernesto escuchó alejarse los pasos de su hija. Esperó hasta que el último crujido de la escalera se perdió en el piso superior y entonces apoyó ambas manos sobre el escritorio. La madera le devolvió una frialdad semejante a la de una lápida.

Tenía cuarenta y nueve años, aunque aquella tarde el espejo de la biblioteca le había mostrado el rostro de un hombre mucho mayor. Las canas avanzaban desde sus sienes como escarcha sobre una cosecha tardía. No se había afeitado bien y el cuello de la camisa le apretaba. Por primera vez en tres generaciones, un Díaz estaba a punto de perder la tierra que llevaba su apellido.

Frente a él descansaban las pruebas.

Facturas de transporte. Salarios atrasados. Letras vencidas. Intereses que crecían con la paciencia de la humedad. Cada documento era una boca abierta. Juntas, aquellas bocas podían devorar los campos, los secaderos, la casa y hasta los retratos de sus antepasados.

Ernesto tomó el informe de producción y volvió a leerlo, aunque conocía las cifras de memoria. La cosecha del año anterior había sido pobre. La de aquel verano, peor. Las plantas habían crecido con tallos débiles; muchas hojas se rompían durante el curado y otras llegaban al almacén cubiertas de manchas. Los compradores del norte rechazaron dos cargamentos. Un tercero permanecía en el puerto, retenido por falta de pago.

—Leerlo otra vez no cambiará la suma —dijo Damaris.

Estaba sentada junto a la chimenea con un bordado sobre el regazo. La aguja entraba y salía de la tela sin vacilar, arrastrando un hilo rojo que formaba pétalos diminutos. La serenidad de sus manos irritaba a Ernesto. Parecía bordar durante una visita social, no mientras la vida construida por ambos se deshacía sobre un escritorio.

—Déjame pensar.

—Llevas tres años pensando.

Ernesto levantó la vista.

Damaris cortó el hilo con los dientes y examinó la flor. Había sido hermosa de joven y el tiempo, en lugar de quitarle aquella belleza, la había vuelto más precisa. Su cabello oscuro estaba recogido sin un mechón fuera de lugar; las perlas de sus orejas capturaban el fuego. Incluso dentro de su casa vestía como si el mundo pudiera presentarse en cualquier momento para juzgarla.

—¿Disfrutas recordándomelo? —preguntó él.

—Disfrutaría más si hubieras aceptado vender las tierras del este cuando te lo propuse.

—Esas tierras pertenecieron a mi abuelo.

—Y pronto pertenecerán al banco.

La frase fue dicha sin levantar la voz. Precisamente por eso lo hirió.

Ernesto apartó el informe y tomó una hoja más pequeña. Era el borrador de una solicitud de quiebra. El abogado había dejado en blanco el espacio destinado a la firma, una línea negra y limpia que parecía esperar su nombre con hambre.

—Si firmo esto, podremos conservar la casa durante algunos meses —dijo—. Venderemos la maquinaria, reduciremos al personal y pagaremos una parte de los salarios.

—¿Y después?

—Después encontraremos otra forma de vivir.

Damaris dejó el bordado.

—Tú quizá puedas hacerlo. Los hombres arruinados siempre encuentran una taberna donde contar que fueron víctimas del clima, de los bancos o de socios desleales. A las mujeres nos queda algo distinto: las puertas que dejan de abrirse, las invitaciones que no llegan y las amigas que cruzan la calle para no compartir nuestra vergüenza.

—No estamos hablando de bailes.

—Estamos hablando del apellido de nuestra hija.

El nombre de Diane cayó entre ellos como una copa frágil.

Ernesto miró hacia el techo, como si pudiera verla atravesar su habitación. Diane había cumplido diecisiete años hacía pocas semanas. Todavía corría al jardín cuando llovía y regresaba con las faldas manchadas; todavía creía que él podía resolver cualquier problema. Por las noches, cuando la encontraba dormida sobre un cuaderno, seguía viendo en su rostro a la niña que cabía en uno de sus brazos.

—No la mezcles en esto.

—Ya está mezclada. Todos lo estamos.

—Es mi responsabilidad.

—Entonces compórtate como si lo fuera.

Ernesto tomó la pluma. La punta rozó el tintero, pero su mano no avanzó hacia la línea. Firmar significaba admitir que la obra de su padre y de su abuelo terminaba con él. Recordó la primera vez que había entrado en los secaderos siendo niño, la luz filtrándose entre las tablas y las hojas colgadas como grandes alas oscuras. Su padre le había puesto una mano sobre el hombro y le dijo: «Todo esto será tuyo mientras sepas cuidarlo». Durante años, Ernesto había confundido heredar con merecer.

Un golpe en la puerta interrumpió el silencio.

El mayordomo entró llevando una bandeja de plata. Sobre ella descansaba un sobre grueso, color marfil, sellado con lacre azul.

—Ha llegado un mensajero del puerto, señor.

Ernesto no soltó la pluma.

—Dile que vuelva mañana.

—Ha dicho que debe entregarse hoy. Viene de la residencia de Don Guillermo.

La aguja de Damaris quedó suspendida sobre la tela.

Fue un movimiento mínimo, pero Ernesto lo vio.

Don Guillermo no enviaba cartas a hombres que estaban a punto de perderlo todo. Era propietario de muelles, depósitos aduaneros y una flota capaz de transportar mercancías desde América sin depender de intermediarios. En Santa Lucía se decía que ningún barco descargaba una caja sin que él conociera su contenido, su precio y el nombre del hombre que esperaba enriquecerse con ella.

Ernesto dejó la pluma destinada a la quiebra y tomó el sobre.

El lacre mostraba un navío rodeado por una corona de ramas. Lo rompió con el pulgar. Dentro había una sola hoja, escrita con caligrafía firme.

Leyó en silencio.

—¿Qué quiere? —preguntó Damaris.

Ernesto volvió a empezar, más despacio. Las palabras eran corteses, pero la cortesía de Don Guillermo se parecía a las barandas de hierro: decorativa hasta que alguien intentaba atravesarla.

—Nos invita a cenar mañana en su mansión.

—¿A los dos?

Ernesto alzó los ojos.

—A toda la familia.

Damaris bajó la mirada hacia su bordado. La flor roja estaba casi terminada.

—Entonces iremos.

—No he dicho que aceptaremos.

—Tampoco has firmado la quiebra.

Ernesto apretó la carta.

—Esto no es una invitación social. Guillermo sabe lo que está ocurriendo. Nadie invita a un deudor a su casa por bondad.

—Quizá quiera invertir.

—Quizá quiera comprar la tabacalera cuando esté demasiado débil para defenderse.

Damaris acomodó el bordado sobre sus rodillas.

—Una cena no puede quitarnos lo que ya estamos perdiendo.

Ernesto se acercó a la chimenea y sostuvo la carta frente al fuego. Bastaba con abrir los dedos. El papel se ennegrecería, las palabras se torcerían y Don Guillermo recibiría su respuesta en forma de ceniza. Pero entonces miró la solicitud de quiebra, intacta sobre el escritorio.

Entre el fuego y la firma, la invitación parecía una tercera puerta.

—¿Por qué Diane? —preguntó—. Si quiere hablar de negocios, ¿por qué exige que llevemos a nuestra hija?

Damaris tardó un instante en contestar.

—Quizá desea conocer a la familia con la que piensa asociarse.

Su tono fue perfectamente natural. Aun así, algo se movió detrás de las palabras, una sombra demasiado rápida para adoptar forma.

Ernesto bajó la carta.

—¿Sabías que llegaría?

Por primera vez aquella tarde, la aguja se clavó en el dedo de Damaris. Una gota de sangre apareció junto a la uña. Ella la observó sin sobresalto y presionó el dedo contra el reverso de la tela para no manchar la flor.

—Si lo hubiera sabido, habría ordenado preparar tu mejor traje.

—Eso no responde mi pregunta.

—Responde lo suficiente.

Damaris se levantó. Al pasar junto al escritorio, dobló la solicitud de quiebra y la dejó debajo del informe de producción, como si cubrir el documento pudiera retrasar su efecto.

—Hablaré con Diane —dijo—. No debe presentarse mañana con pintura en las uñas ni con esas ideas infantiles sobre decir siempre lo que piensa.

—No la asustes.

Damaris sonrió. Era la misma sonrisa que ofrecía a los invitados antes de corregir a un criado.

—Al contrario. Voy a prepararla.

Salió del salón llevando el bordado. Ernesto permaneció frente al fuego, solo con la carta y el olor del lacre roto.

A través de la ventana contempló los campos. La noche descendía sobre las hileras de tabaco y borraba poco a poco los límites de la propiedad. En los secaderos, las lámparas encendidas brillaban como ojos febriles. Aquellas tierras habían alimentado a su familia durante décadas; ahora parecían un cuerpo agotado que todavía trabajaba por costumbre.

Ernesto volvió al escritorio y comparó las dos hojas.

En una, el banco le ofrecía una ruina conocida.

En la otra, Don Guillermo le ofrecía una mesa servida y ninguna explicación.

Guardó la invitación en el bolsillo interior de su chaqueta. Después cubrió la solicitud de quiebra con la palma, incapaz de firmarla y demasiado orgulloso para destruirla.

En el piso superior, una puerta se cerró. La voz de Damaris comenzó a hablar con Diane en un tono bajo, maternal y paciente.

Ernesto no alcanzó a distinguir las palabras.

Solo oyó, mucho después, el llanto contenido de su hija detrás de la pared.

1
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play