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LA JAULA DE ESMERALDA

LA JAULA DE ESMERALDA

Status: En proceso
Genre:Malentendidos / Traiciones y engaños / Reencuentro
Popularitas:923
Nilai: 5
nombre de autor: NATALIA ORTEGA

El huracán le quitó su casa, pero él le quitó su libertad. Esmeralda vive encerrada en una jaula de oro, prisionera del hombre que dice amarla. Entre mentiras, tormentas y secretos, deberá elegir: morir en silencio o destruir todo para ser libre. ¿El amor puede doler tanto como una prisión?


.Confirmo que soy la autora, la autora de esta obra y poseo todos los derechos de autor,

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3,LA CENA CON EL DIABLO.

Bajé las escaleras con las piernas temblando. El vestido rojo se pegaba a mi piel como una segunda jaula.

El comedor era enorme. Una mesa para veinte personas, pero solo había dos platos. Uno en la cabecera. Otro frente a él, al final de la mesa. Tan lejos que tendríamos que gritar para hablar.

Y ahí estaba él.

Emiliano de la Rosa no se levantó cuando entré. Solo alzó la copa de vino y me estudió, desde el cabello hasta los tacones que Marta me obligó a poner. Sus ojos eran dos pozos negros. No había nada ahí. Ni lujuria, ni pena. Solo cálculo frío.

“Siéntate”, ordenó. Su voz llenó el comedor sin esfuerzo.

Me senté en la silla que me correspondía. El mantel blanco, los cubiertos de plata, las velas. Todo era tan perfecto que daba náuseas. Esto no era una cena. Era un interrogatorio con vino.

Un mesero fantasma apareció, sirvió crema de algo que no reconocí y desapareció sin hacer ruido.

“Come”, dijo Emiliano.

“No tengo hambre”, logré susurrar.

Dejó la copa en la mesa. El sonido fue mínimo, pero me hizo saltar.

“Regla número uno de esta casa, Esmeralda”, su tono era suave, casi amable. Eso lo hizo peor. “Tú no hablas si yo no te pregunto. Regla número dos: tú comes cuando yo te digo que comas.”

El aire se me fue. “No soy un perro.”

La comisura de su boca se curvó. No fue una sonrisa. “Los perros son leales. Tú, todavía no demuestras serlo.”

Tomó la cuchara y probó la crema. “Tu madre me debía trescientos mil dólares. Dinero que pidió prestado para pagarle el tratamiento a tu abuela. Un tratamiento que nunca funcionó. ¿Lo sabías?”

El mundo se ladeó. ¿Trescientos mil? Mamá siempre dijo que la deuda era de veinte mil. “Mientes.”

“Yo nunca miento, niña. Yo compro verdades.” Sacó una carpeta de cuero del portafolio junto a su silla. La abrió. Eran pagarés. Todos con la firma temblorosa de mi madre. “Cuando el huracán destruyó su casa, ella vino a mí. Llorando. Suplicando más tiempo. Le ofrecí un trato. Su deuda, borrada. A cambio de su única posesión de valor.”

Me señaló con la cuchara. “Tú.”

La crema se me revolvió en el estómago. “¿Y si me niego? ¿Si prefiero morirme de hambre aquí?”

Por primera vez, Emiliano se levantó. Rodeó la mesa lento, como un depredador. Se detuvo detrás de mi silla. Sentí su mano en el respaldo, tan cerca de mi cabello que contuve la respiración.

“Entonces me encargaré de que tu madre termine en la cárcel”, susurró en mi oído. Su aliento era caliente. “Fraude, evasión, falsificación de documentos. Tengo pruebas de todo. Tiene cincuenta y dos años, Esmeralda. No sobreviviría un mes ahí dentro.”

Las lágrimas me ardieron, pero me las tragué. No le daría el gusto.

“¿Qué... qué quiere de mí?”, pregunté, odiando el temblor de mi voz.

Se inclinó y quedamos cara a cara. Tan cerca que vi el oro en sus ojos.

“Por ahora”, dijo, rozando mi mejilla con el dorso de los dedos. Me estremecí. “Por ahora solo quiero que aprendas a obedecer. Empieza por la cena.”

Empujó mi silla hacia la mesa. Volvió a su lugar como si nada hubiera pasado.

Tomé la cuchara. La crema sabía a ceniza.

“Bien”, dijo Emiliano, satisfecho. “Regla número tres: los domingos, me acompañas a misa. La gente debe ver que la nueva señorita de la Rosa es una niña de bien.”

Casi escupo la crema.

¿Señorita de la Rosa?

Levanté la vista. Él ya me miraba, divertido con mi horror.

“Ah, ¿no te lo dijo Marta?”, sonrió por fin. Y esta vez sí fue una sonrisa. Cruel y hermosa. “No solo te compré, Esmeralda. En una semana, te casas conmigo.”

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