Lara creía que su loba interna jamás volvería a aullar. Tras ser rechazada por la codicia del Alfa Roderick, su espíritu quedó roto. Obligada a asistir al Baile de la Luna, la gran gala de segundas oportunidades, Lara viaja solo para esconderse en las sombras. Lo que no imagina es que el hilo del destino ya está escrito.En mitad de la gala, el aire se congela con la llegada del Rey Alfa, el soberano absoluto de todos los licántropos. Al clavar sus ojos en Lara, el lazo de segunda oportunidad estalla. Él la reclama como su Reina definitiva, pero Lara, indómita e independiente, se niega a ser la compañera sumisa que la corte espera, desatando una intensa tensión entre ambos.Mientras el Rey lucha por derribar los muros de su corazón, una amenaza avanza desde el norte. El hermano menor de Roderick, manipulado con mentiras sobre la muerte de su hermano, jura venganza eterna contra el Imperio y contra Lara. ¿Podrá el Rey Alfa proteger a su Reina, o la guerra devorará su imperio?
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CAPITULO 7. PACTOS EN EL DESPACHO.
El silencio que se instaló en el salón de los tapices tras el saludo inicial fue interrumpido por el monarca, quien con un ademán pausado invitó a mis padres a trasladarse al despacho presidencial del ala norte. Yo caminé a su lado, sintiendo la densa vibración de poder que emanaba de los tres líderes veteranos. Al cruzar el umbral de la estancia, nos recibió una imponente habitación revestida de madera de roble oscuro, cuyas estanterías albergaban cientos de pergaminos antiguos y crónicas rúnicas que testimoniaban los dos siglos de orden que el soberano había impuesto en el continente. Mi padre y mi madre se sentaron en los sillones de cuero frente al gran escritorio de piedra pulida, mientras yo me colocaba cerca del ventanal, contemplando cómo las nubes invernales comenzaban a cubrir los pinares lejanos.
El soberano no se acomodó detrás de su escritorio para marcar distancias; prefirió quedarse de pie cerca de la chimenea, desprendiendo una fijeza que delataba su naturaleza protectora.
—Aprecio vuestra presteza en viajar hasta mis tierras —comenzó el monarca con una voz ronca que retumbó en las vigas del techo, modulada con una seriedad absoluta—. Sé que la noticia de la unión ha sido un vuelco drástico para vuestra estirpe unificada y que vuestra principal preocupación es el bienestar de vuestra hija. Quiero aseguraros, ante la memoria de vuestros antepasados, que Lara está bajo el amparo absoluto de mi corona. No he pasado doscientos años gobernando este territorio para permitir que nadie vulnere la seguridad de mi hembra elegida.
Mi padre se inclinó hacia adelante, apoyando sus manos sobre las rodillas, barriendo el espacio con una mirada fija y severa que denotaba la rigidez de su rango Alfa.
—Vuestra protección no está en duda, mi señor —le respondió mi padre con una voz profunda que hizo eco en las paredes de roble—. Lo que nos inquieta son los muros que la rodean. Nuestra hija ha cargado con el desgarro emocional de una traición muy reciente. Su espíritu sigue herido y su loba permanece en un letargo absoluto, apagada en lo más profundo de su orgullo. Ella no ha sido educada bajo las costumbres tradicionales de vuestra corte real, donde se espera la sumisión de una Luna. Lara posee un carácter indómito y aguerrido, y tememos que la opresión de vuestro trono termine por consumir los pocos pedazos que le quedan.
El monarca escuchó las palabras con una quietud pasmosa, sin mostrar la menor señal de disgusto o arrogancia. Al contrario, sus ojos se fijaron en mí por un milisegundo, reflejando una devoción implacable que me caló hasta los huesos.
—La sumisión es una virtud para los débiles, no para los reyes —declaró el soberano con total firmeza, cruzándose de brazos—. Si la Diosa Luna guió los pasos de Lara hasta mi festividad anual, es porque su orgullo es el único pilar capaz de sostener el peso de este imperio. No busco moldear su comportamiento a las exigencias de mis cortesanos, ni me importan las quejas de la vieja guardia. Respetaré su invierno el tiempo que sea necesario. Mi deber es ser el escudo que le permita sanar en mitad de esta penumbra, no el carcelero de sus instintos.
Mi madre, que hasta ese momento había permanecido en silencio, esbozó una sonrisa de lado, reconociendo la honestidad y la madurez en el tono del monarca. Se puso en pie a paso lento, alisando su túnica oscura, y caminó hacia el escritorio.
—Vuestras palabras traen sosiego a nuestro pecho, soberano —admitió mi madre, con esa templanza que la caracterizaba—. Pero debéis saber que la paz es un hilo muy delgado en estos días. Mi hijo Leo se ha quedado al frente del consejo porque los reportes de las fronteras indican que los remanentes de las manadas del norte se están moviendo de forma sospechosa tras la caída de Roderick. Hay un rumor de descontento que podría avanzar hacia el sur. Si vuestra corte tradicionalista percibe a Lara como una debilidad extranjera, los disidentes usarán cualquier fisura para desestabilizar vuestro reino.
El monarca asintió con una parsimonia majestuosa, y una frialdad gélida que helaba la sangre endureció sus facciones de guerrero.
—Que lo intenten —sentenció el líder supremo, y una oleada de su energía protectora barrió el despacho de golpe—. Mis soldados tienen órdenes estrictas de ejecutar a cualquiera que ose alzar la voz contra mi Luna. La alianza entre el Imperio Unificado y mi corona es indestructible desde este preciso segundo.
Me alejé del ventanal y me acerqué a mis padres, sintiendo que la hermosa historia de la segunda oportunidad de la Diosa comenzaba a cobrar una robusta fijeza en mitad de mi melancolía. Sabía que la inmensa diferencia de nuestras costumbres nos obligaría a lidiar con un constante choque de voluntades en la intimidad del palacio, pero al mirar el semblante tranquilo de mi madre y la firmeza de mi padre, comprendí que el exilio de mi soledad había terminado. Nos quedamos en el despacho perfilando los detalles de la seguridad territorial durante el resto de la mañana, unificando las piezas de un tablero donde la tormenta que ya se gestaba en el norte encontraría una muralla infranqueable dispuesta a derramar sangre con tal de defender nuestro mañana.